Invasión pacífica en Logroño

Invasión pacífica en Logroño

Más de 2.000 aficionados racinguistas recorren la capital riojana en una marea inédita en la ciudad desde Primera

MARCOS MENOCAL LOGROÑO.

«Todo correcto. Da gusto, la gente de Santander fenomenal». La frase del conductor del coche de la Policía Nacional que cerraba la comitiva de más de 2.000 aficionados racinguistas que paralizó Logroño fue el punto final a cualquier temor. Delante, entremezcladas, bufandas verdiblancas y rojiblancas caminaban de la mano rumbo a Las Gaunas. Paz. 'La fuente de Cacho' despertó de la siesta a los despistados que en la sobremesa del domingo dormitaban ajenos al partido de fútbol y a la 'invasión' de forasteros que tomó la ciudad. En la Plaza del Espolón, donde días antes se habían citado los seguidores del Racing para llegar juntos al estadio, también acudieron varios colegas del Logroñés, pero para sumar. Para hacer piña y convertir el día de ayer en una cita inolvidable. A una hora del comienzo de la 'batalla' no importaba el color de la camiseta. Si alguien infundió dudas, todo fue un mal sueño. Humo.

«¿Qué queréis, chicos?», sugería un camarero en plena calle Laurel -la populosa zona de vinos logroñesa- a un grupo inacabable de racinguistas que seguían su ronda. Eran las 11.00 horas y el bullicio urbano previsto madrugaba más de la cuenta. Un par de autobuses abría sus puertas en una plaza cercana y desembarcaba otra remesa de verdiblancos. Coches particulares exhibían sus colores a través de sus ventanas con respeto pero sin temor. «¿Cuántos son?», se preguntaba un vecino que, en chandal y con el periódico bajo el brazo, disfrutaba de su habitual paseo de los domingos. Y la Calle Mayor, y la de los Arcos, los Soportales, la Gran Vía... Logroño amaneció ayer verdiblanco. Como aquel lugar en el que nieva por la noche y al despertar todo es distinto. «No he visto nada igual desde los tiempos de Primera», aseguraba el extrañado señor del periódico. Un pincho de champiñones, uno de morcilla de esos y otro de aquellos», se apuraba Julio, el capitán de una expedición de Colindres, Laredo y Castro Urdiales que «no se pierde ningún viaje».

Recuerdos

Un póster de Quique Setién y otro de Salenko decoraban la pared de uno de los centros de peregrinaje gastronómico. Y como ese cientos. «¡Santander la Marinera, es la que más quiero yo!»... la banda sonora la puso también la afición racinguista. Los vecinos extrañados, aunque sabían que podía ocurrir algo igual, se agolpaban en las ventanas para no perderse el espectáculo. Ni una sola queja. «Ojalá fuera así todas las semanas», murmuraba mientras metía prisa a su compañero para que sacara los «torreznos, nuestra especialidad». Aperitivo aderezado con un buen vino, como no podía ser de otra manera en La Rioja, y muchas ganas de pasarlo bien. El buen ambiente hizo olvidar los relojes y a medida que se avecinaba la tarde, los hinchas locales se fueron acercando a la zona de influencia foránea. Nadie se quedó mudo, quizás por la noche un poco afónico, pero a esas horas no era tiempo de pesar más allá.

La policía fue también acudiendo a la cita. 15.45 horas. Plaza del Espolón. Tres furgones de la Nacional; no menos de 25 agentes se desplegaron por la zona. Su presencia, pese a intimar, terminó siendo testimonial. Unos se pusieron delante para guiar a la muchedumbre; otros, entre la gente; y el resto, detrás para cerrar un fila que abarcaba varias calles a la vez. El tráfico cerrado facilitó que el pasacalles durase 20 minutos. «Nunca vimos algo así», relataba uno de los encargados del mantenimiento de Las Gaunas. Desde ayer, el Racing forma parte de la historia de la ciudad.

En el fútbol el único anestesiante que funciona son los goles del contrario y el primero del Logroñés silenció a más de media grada. Fue automático. Tan solo el poder curativo del descanso extrajo del letargo a los más de 2.000 verdiblancos, que en la segunda parte sí que se sacaron de encima el frío a base de ánimos.

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