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El verde eclipsa al rojo a orillas del Ebro

El Fondo Norte de Anduva estuvo prácticamente lleno por la presencia de aficionados racinguistas. /Daniel Pedriza
El Fondo Norte de Anduva estuvo prácticamente lleno por la presencia de aficionados racinguistas. / Daniel Pedriza

Un millar de cántabros siguió al Racing a Anduva en una fiesta que tuvo su previa en la quedada y corteo

Aser Falagán
ASER FALAGÁNMiranda de Ebro

Solo un día antes la previsión amenazaba frío para el 21 de enero del año de nuestro señor de 2018. Nada que amilane a cerca de un millar de chicarrones del norte (y chicarronas, que eran unas cuantas) herederos de los que desafiaron a la nieve hace tres años. Pero nada más lejos. Un tiempo amable ayudó a que el desplazamiento fuera más festivo. «Si esto ya es casi verano», bromeaba alguno a las puertas del Bar Madrid, donde a partir de mediodía comenzaron allegar aficionados cántabros y alguno que otro rojillo en un encuentro de esos que llaman de hermandad entre aficiones.

Las banderas del Racing, Mirandés y su grada de animación colgaban juntas en medio de la calle mientras el mismo Bar Madrid venía tickets para una pequeña alubiada justo antes de que a la una de la tarde comenzara a sonar la música en el tenderete improvisado en la apacible mañana mirandesa. Tanto que incluso alguno se animó a última hora. Porque si las optimistas previsiones de asistencia se habían rebajado durante la semana, al final sí se llegó al millar, con el fondo cántabro' casi lleno y unos cuantos aficionados salpicados por el estadio.

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«Si hoy no ganamos lo tenemos muy jodido», comentaban a no demasiados junto al Parque Antonio Machado algunos de los primeros impenitentes. La masa social que arrastra el Racing a otras ciudades en Segunda B es digna de una tesis de sociología. Por mucho que haya cierto hartazgo por los dos fracasos consecutivos y las malas sensaciones que transmite el equipo. Pero al final el desencanto hace mella y los 1.150 (la grada sur de Anduva completa) fueron alguno menos. Aun así, unos mil. Suficientes para hacerse notar en cualquier parte. Pero más aún en una ciudad de 36.000 habitantes. Y aproximadamente un 10% de ellos socios del club. Para igualar el ratio el Racing debería acercarse a su récord histórico.

Antes de que los primeros autobuses aparcaran en los alrededores de Anduva el goteo ya había sido constante. El casco viejo y la zona céntricas se llenaban de bufandas verdiblancas. El dueño vitoriano del Restaurante Lasal, lleno de cántabros y algún aborigen, se ufanaba de su amistad con Pablo Alfaro. Rival de la tarde, pero siempre mito verdiblanco.

A poco menos de cuatro horas para las cinco, para la Hora H, prácticamente todas las peñas habían llegado ya a Miranda. Y vaya si las recibieron. «Bienvenidos esa gente que habéis venido de Santander a disfrutar un gran partidos. Espero que paséis un día agradable; bienvenidos y a disfrutar». Acto seguido el himno del Mirandés escoltaba a los aficionados de Concanos, Ojáncanos, Racinguistas Online, El Cachopo, Nubero, San José 1913, Núkleo Asón , Ramales y Peña Zalo mientras que los que llegaban en coches particulares se repartían por la ciudad con llegada más tardía y escalonada.

Para compensar sonó la canción que David Bustamante dedicó al Racing. Un buen intento de hacer un guiño a los verdiblancos, pero con la mala fortuna de elegir la que menos gusta a la afición. «No, esa no», protestaba alguno de Juventudes. Verbalizaba lo que muchos más pensaban. Una Juventudes que por cierto habían viajado en coches particulares, cansado de la experiencia de hace dos semanas en Guecho, cuando les tuvieron más de una hora parados. Y tampoco era plan de echar la mañana en la autovía viendo el tráfico pasar.

Ambiente de romería

Más entregada se mostró la afición a los acordes de 'Viento del norte', aunque también tuvo sus peros: «Esa que la cante Revilla', se oía bromear, pero unos cuantos se lanzaron a corearla. Bien ambiente y bromas. Incluso con los medios, también en ese pequeño foco para seguir la marea verde. «Oye, que habéis sacado a mi padre con la cámara y mi madre no sabe que hemos venido». Poco después tocaba hacerse fotos con los aficionados del Mirandés, que ni renunciaron de su lugar habitual de quedada ni dejaron de participar en un encuentro tan amable como se esperaba en el que ni siquiera se vio el más mínimo despliegue policial. No hacía falta.

«Hoy ganamos fijo», decían algunos en la terraza del Bar Deportivo, el otro que había colaborado en la organización de la quedada mutua. No faltaban miradas condescendientes y alguna sonrisa sardónica. Lo habitual cuando la confianza se ha mellado y los cortes hacen sangre. «Lo que tenga que ser, será», decían unos seguidores rojillos antes de despedirse. «O lo que diga Cervero», acotaba su colega. Buen rollito.

Menos claro lo tenía José Manuel García Lomana, un clásico de la Peña Riotuerto; un colaborador de José Antonio Abascal en La Cavada que combina su orgullo meracho y afición bolística con el racinguismo... y el carné de abonado del Mirandés. «No sé quién quiero que gane -comentaba-. Quizá un empate». «El Racing lo necesita más», acotaba su pareja.

También tenía el corazón dividido Pepe Solé, cántabro de Hazas de Cesto y con algún negocio en Santander, pero exfutbolista del Mirandés y vicepresidente rojillo en la época gloriosa de al Copa, cuando eliminó precisamente al Racing (entre otros) en los que también eran los tiempos felices verdiblancos. En aquella calma que, invirtiendo el tópico, precedió a la tempestad.

A las 14.30, hora de máxima efervescencia, del 'apuré' de la hostelería mirandesa, el verde ya se había extendido al Parque Antonio Machado. Incluso la muchachada meditaba hacerse unos litros en el kiosko, pero eran muy pocos y abortaron el plan. La fiesta estaba a 400 metros. Y Lasal, sin Pablo Alfaro, pero repleta de cántabros. Los que preparaban la procesión hacia Anduva aún seguían allí. El resto se había marchado ya hacia el estadio, donde había más cola de al esperada para sacar los últimos billetes.

No estuvieron para ver cómo al final de la fiesta se despedía a los hinchas al son de una «agradecida y emocionada» Lina Morgan que solamente podía decir: «Gracias por venir».

Mientras, el equipo hacía guardia en el hotel Ciudad de Miranda. Cerca del bullicio matinal, acaso porque en Miranda de Ebro, como en un Santander llevado al extremo, todo está cerca. Ya con Franco Acosta y esperando a Borja Lázaro, que no pasó por la concentración y llegó directamente al estadio. Como los muchos (más de los que se esperaba) que optaron por sacar sus entradas ya en la taquilla de Anduva para completar ese aproximado millar de verdiblancos (770 habían sacado su entrada en Santander).

Corteo

Aquellos, los últimos de la lista, estaban a la expectativa mientras la marabunta verdiblanca recorría las calles de Miranda de Ebro en corteo; ese ya tradicional pasacalles que el racinguismo ha convertido en su particular haka y llevaba aparcado unas cuantas semanas. Igual de festivo que el resto de la jornada. Algo más vigilado. Con esa voluntad de impresionar e incluso erizar un poco el vello al adversario que tiene cualquier alarde. Con las peñas de la Gradona a la batuta, como es habitual entre los más fieles.

Así llegó la marea verdiblanca a Anduva, a ocupar un fondo norte bullicioso, como lo era una grada de animación mirandesa ayer en inferioridad, y que estalló ya en alegría al cuarto de hora con el gol de César Díaz. Había comenzado a refrescar, pero no mucho. Y todo, absolutamente todo, se conjuró para que la fiesta cántabra fuera completa.

Porque al final el Racing se la jugaba. Y los suyos lo sabían. Y el racinguismo está cansado de sufrir, aunque no se deja vencer por el agotamiento, de modo que alegrías como las de ayer le alimentan y animan a hacer balance; a planear otra excursión, a recordar aquellos tiempos en los que el Racing era un equipo de Primera (porque un clásico sigue siendo) en el que jugaba Pablo Alfaro. Y aspirar a emular más temprano que tarde aquellos tiempos.

Así que el racinguismo se fue contento. Ya a la fresca, pero satisfecho. Por la excursión dominguera, que permitió aparcar por algunos momentos los plumíferos (los espirituosos también habían ayudado) y por el botín, que no es poco. Y, en muchos de ellos, con el íntimo deseo de que el Mirandés también ascienda. Así lo dejaron claro ambas aficiones, ambas gradas, al despedirse. Todo muy diferente a hace tres años. Aquella vez la hinchada quería aupar al Racing a la permanencia. No pudo. Quién sabe; tal vez en esta vez la historia termine bien. O tenga segunda parte.

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