Carmen Ferrer, en un acto de la bodega de su propiedad.
Carmen Ferrer, en un acto de la bodega de su propiedad.

Catalana y santanderina

  • Carmen Ferrer llegó a la ciudad en 1941 tras casarse con Enrique Hevia

  • Vecina de la calle de Hernán Cortés, hija de los fundadores de Freixenet y cabeza de una de las ramas propietarias de la firma, llevó una vida discreta

Carmen Ferrer Sala vivía en el número 15 de la calle de Hernán Cortés, frente a la tienda de plásticos del Club de Regatas.Llevaba una vida muy normal, de madre de familia, sin estridencias. Tomaba el café en las cercanas cafeterías Aliva y Azar.Era simpática, agradable, muy educada. Catalana de pura cepa, siempre con el acento catalán de su niñez y juventud. Para todos, doña Carmen, pero muy pocos sabían que era una de las copropietarias de las bodegas Freixenet repartidas por el mundo. Ha fallecido en Santander a los 96 años y hasta hace poco mantenía una activa vida empresarial, pues su rama familiar Ferrer Hevia, controla el 29% de las bodegas fundadas en 1914.

La hoy internacional Freixenet, fue fundada por los padres de Carmen, Pere Ferrer Bosch y Dolors Sala Vivé. Él era apodado como ‘el Freixenet’, por haber nacido en la finca La Freixeneda, una propiedad que pertenece a la familia Ferrer desde hace 18 generaciones y data del siglo XIII. Por entonces producía vino y aguardiente que exportaba a parte de Europa. Pere Ferrer aportó la fuerza empresarial y Dolors Sala la sensibilidad para conseguir grandes cavas. Tuvieron cuatro hijos Dolores, Pilar, Carmen yJosé, el pequeño. Cuando murió el padre, la viuda y las tres hijas veinteañeras (el chico era muy pequeño), se hicieron cargo de la bodega y con su trabajo llegó a ser una de las mas importantes empresas españolas.

Carmen y su hermana Pilar se casaron con santanderinos. Dolores permaneció soltera y falleció en 2013. Pilar murió en enero pasado, a los 98 años. Vive su hermano José, presidente de honor de la compañía. Pilar se casó con un descendiente de indianos nacido en Santander, José Luis Bonet Ruiz. Su hijo, José Luis Bonet Ferrer es presidente de Freixenet y pasa largas temporadas en su casa de Santander. Aquí, en un verano de juventud, conoció a la que sería su esposa, Pilar Pastor.

Carmen, cuyos funerales se oficiaron ayer en la santanderina iglesia de Santa Lucía era viuda del santanderino Enrique Hevia. Padres de Enrique Hevia Ferrer, vicepresidente y director financiero de Freixenet, casado con María José Hojas, de la conocida familia de fotógrafos. Así que la relación de ‘los Freixenet’ con Santander es muy estrecha y por varias vías familiares.

La relación de Carmen Ferrer con Santander se inició en 1941 cuando se casó con Enrique Hevia García, hijo de Enrique Hevia Orube, propietario de una fábrica de licores en Peñacastillo, entre los que destacaban la ginebra y una crema de anís denominada ‘La campana’, con un lema comercial muy de la época: ‘Siempre imitada, pero nunca igualada’. Hevia Orube distribuía Freixenet por media España. En uno de los viajes a Sant Sadurní d’Anoia a las bodegas de Ferrer se llevó a su hijo Enrique. Allí conoció a Carmen y se casaron. Durante su viaje de bodas se quemó Santander. Se instalaron en la Ciudad Jardín y ya de edad avanzada se trasladaron al centro. En otro viaje a las bodegas Freixenet, Hevia Orube acudió con un joven de origen catalán, nacido en Valderredible, José Luis Bonet. En Sant Sadurní conoció a Pilar Ferrer. Se casaron y se instalaron en Cataluña. Cada verano acudieron a Santander con sus hijos.

Hevia García, ya casado con Carmen Ferrer se hizo cargo del negocio familiar de licores y de la distribución de todo el grupo Freixenet, desde su oficina en el número 17 de la calle de Hernán Cortés, en el edificio de su propiedad. Porque Hevia, fallecido hace una década, era nieto del naviero don Francisco García, que tenía línea regular con América. En su flota destacó el ‘Rita Garcia’. Fue García, y luego sus descendientes, propietarios de tres edificios en Hernán Cortés (15, 17 y 19), donde vivieron y tuvieron sus oficinas. De aquel naviero aún perdura la placa en la esquina del número 15 de la calle, que anuncia ‘Servicios de carga general a todos los puertos del mundo con la línea Holland-América y pasaje rápido con Cuba y América del Sur’.

Con esta familia santanderina emparentó Carmen Fererr, una de las herederas de las cavas Freixenet, hace setenta y cinco años.«Siempre muy discreta, de gran posición económica, siempre pasando desapercibida», cuentan quienes la conocieron. Nunca apareció en revistas, salvo en las económicas en compañía de familiares con motivo de los acontecimientos de Freixenet por España y el mundo. Su afición fue la música y su distracción frecuente asistir a recitales y el Festival Internacional de Santander. Y paseos con su hija Agustina, viuda de Juan Suárez (de la recordada firma de tejidos Novo y Suárez). Dos de la hijas de la fallecida siguen viviendo en sendos pisos de los números 17 y 19 de Hernán Cortés-Plaza de Pombo, que aún permanecen en la familia «así que son parte de este barrio, en el que siempre han sido muy apreciados», dicen los vecinos. Carmen Ferrer fue viajera incansable, conocía todas las bodegas del grupo repartidas por el mundo incluidas las de Australia, siempre pendiente de la marcha de la empresa y asistiendo a los consejos de administración en los que participó hasta hace dos años.

Con el fallecimiento de Carmen se rompe otro de los eslabones de la segunda generación de la empresa que fundaron sus padres.Los nietos del primer Ferrer están hoy al frente de la firma, de la que la ahora fallecida formaba parte del denominado ‘consejo de sabios’, de aquellos jóvenes (Pilar, Carmen, Dolores y José) que sucedieron a los primeros ‘Freixenet’ y han alcanzado casi el siglo de vida. José, el único hermano vivo de Carmen estuvo ayer en el funeral de su hermana. Le citó expresamente Enrique Hevia Ferrer cuando habló en público de su madre, de la que recordó que con 19 años se quedó sin padre, en los convulsos días de la Guerra Civil; que en 1941 llegó a Santander, que tuvo otros dos hijos que perdió, y que hace diez días estuvieron juntos sin que nadie atisbara el fallecimiento repentino en su casa el miércoles.