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Donald Trump.
Donald Trump. / Afp

Un 'showman' en el Despacho Oval

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  • Donald Trump asciende al poder tras presentarse como adalid de la lucha contra la globalización que ha diezmado la clase media de EE UU

  • La ola populista que ha catapultado al magnate reconvertido en político ha pesado más que las furibundas diatribas del millonario contra amplios sectores de la sociedad

La telerrealidad llega al Despacho Oval. Donald Trump, una de las mayores celebridades de nuestra era, ha logrado catapultarse desde la televisión hasta la Casa Blanca tras una campaña en la que su presencia -gratuita en la mayoría de los casos- en los medios de comunicación ha sido apabullante. Ningún otro candidato en la historia ha logrado concitar tanta atención como este magnate reconvertido en político que ha hecho de su dominio del poder de la imagen el mayor activo de su campaña. Hay pocos sectores sociales a los que no haya insultado. Mujeres, periodistas, latinos, musulmanes… No ha dejado títere con cabeza. Casi cualquiera de sus salidas de tono habría bastado para sepultar a cualquier otro aspirante. Pero a él no han hecho sino depararle mayor publicidad. Y ello le ha bastado para erigirse en el próximo inquilino del 1600 de Pennsylvania Avenue. Podría decirse que la realidad supera a la ficción, de no ser porque ésta ya vaticinó tamaño escenario, para mayor gloria de los creadores de 'Los Simpson'.

El propio Trump lo dejó claro cuando afirmó en un acto de campaña en Iowa que podría plantarse en la Quinta Avenida de Nueva York, disparar a la gente y no perder votos. Su candidatura ha reventado cualquier cálculo político creíble. El mismo país en el que un divorcio era hace décadas anatema para cualquiera que aspirase a alcanzar la cúspide del poder ejecutivo, se ha entregado ahora a este lenguaraz y procaz político que otrora simpatizase con los demócratas y que ha rendido por la fuerza al Partido Republicano. Las acusaciones de misoginia e incluso de abusos sexuales no fueron suficientes para cercenar sus posibilidades. Tampoco la animadversión de los ‘poderes establecidos’, desde Wall Street hasta los capitostes del 'Gran Old Party' que se negaron a votarle y que incluso dieron el paso que en otra situación hubiese representado la mayor blasfemia que pudiese asaltar sus mentes, apoyar a Hillary Clinton, la demonizada postulante de los demócratas.

¿Pudo ser Barack Obama quien gestó la tempestad al burlarse de él en la cena con los corresponsales en Washington celebrada en 2011? Así lo presentó la revista 'The National Review' en un artículo que tornaba sus miras a las burlas de que el mandatario hizo objeto al multimillonario aquel día en el que pudo cambiar el curso de la historia. Cierto o no, lo que está claro es que la humillación infligida pesó hasta ahora en la conciencia de un hombre que creció imbuido por la idea de que tenía que ser un depredador de que le hizo objeto su padre, Fred.

Demasiado grande para caer

Fred Trump moldeó a fuego el carácter del segundo de sus hijos. Fred Jr. era el mayor, pero Donald era el predilecto. Era éste el que abrazaba con deleite los valores por los que se regía la familia Trump, legados en primer lugar por su abuelo Friedrich. Nacido en Alemania, Friedrich estaba destinado a seguir el negocio vitivinícola, pero se rebeló y marchó a Manhattan con la idea de hacerse rico. Hizo fortuna atendiendo a las necesidades de quienes ansiaban lo mismo durante la fiebre del oro. Fred, en cambio, se consagró a la construcción, levantando un imperio en Queens. Los medios no importaban, el único patrón por el que se regía eran los billetes. Y Donald se propuso superarle, aunque cambiando el anodino barrio por la deslumbrante isla de Manhattan.

Trump amasó miles de millones levantando edificios, con la descomunal Torre Trump como principal emblema de su imperio. Su máxima era hacer todo a lo grande, aunque para ello hubiera que bordear los límites legales e incluso traspasarlos en más de una ocasión con la connivencia del poder político. Pero en los noventa estuvo a punto de despeñarse. Si no hubiese sido porque su apellido se había convertido en una marca demasiado poderosa, probablemente así habría sido. Pero Trump era demasiado grande para dejarlo caer. Y los bancos, a los que debía miles de millones, optaron por mantenerle a flote. Tal vez ya no poseyese el control absoluto de muchos de los edificios que un día le perteneciesen, pero su apellido permanecía en ellos.

A lo que nunca renunció fue a cortejar a las mujeres más despampanantes. A Ivana le sucedió Marla Maples, y a éste Melania Trump. Pero Trump no tenia bastante. Para él ese concepto ni siquiera existía. Se hizo con las riendas de Miss Universo no porque fuese un buen negocio, sino porque así podía entrar en el camerino de las aspirantes al trono de la belleza planetaria como si del salón de su casa se tratase. Jamás tuvo conciencia de traspasar ninguna línea, porque ni siquiera se le pasó por la cabeza que ésta existiese. Un aserto que quedó constatado durante la campaña cuando salió a la luz un vídeo grabado en 2005 en el que el empresario se jactaba de poder hacer cualquier cosa que se le anotase con las féminas. "Cuando eres una celebridad te dejan hacer lo que quieras, puedes hacer lo que quieras (…). Agarrarlas por el coño. Puedes hacer de todo", proclamaba con orgullo en la grabación que durante un tiempo pareció que le cerraría definitivamente las puertas de la Casa Blanca. Los soeces comentarios provocaron la desbandada de destacados líderes republicanos, temerosos de que una eventual derrota de Trump les arrastrase con él.

Contra todo y pese a todos

Trump ya les había atacado en los meses precedentes. Quienes tacharon su candidatura de mero espectáculo destinado a alimentar su ego asistieron atónitos a su ascenso en las encuestas. La propuesta de levantar un muro en la frontera con México para evitar la entrada de quienes definió como "violadores y criminales" le convirtió en la estrella de la campaña. Su lema, 'América primero', era un canto al aislacionismo y un ataque a la globalización que ha diezmado la clase media americana. Quien posee miles de millones se convirtió de pronto en el favorito de quienes sientes que sus vidas están condenadas a la miseria como resultado de las transformaciones económicas, demográficas y sociales producidas a lo largo de las últimas décadas. Trump era su campeón y cada vez que arremetía contra los tratados de libre comercio o contra las concesiones de asilo a refugiados conectaba con ese sentimiento.

Millones de personas pasaron años conviviendo con su imagen en televisión, viéndole tomar decisiones en su programa 'The Apprentice'. Su presencia fue tan constante o más que la del mismísimo presidente. Y cuando el próximo 20 de enero pose la mano derecha sobre la Biblia para jurar el cargo ante el presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, se habrá cobrado venganza por las bromas de Obama. Trump podrá proclamar con orgullo entonces que el niño al que su padre educó para que fuese un depredador es ya el depredador en jefe de la nación más poderosa del planeta.