Entre cumbres y leyendas

  • Estamos a punto de llegar a nuestra meta, pero antes nos enfrentamos a una dura etapa acompañados de niebla, lluvia y truenos

Hay un solitario olivo en el valle de Liébana. Un árbol centenario que se levanta orgulloso al costado de una iglesia. Con sus delgadas hojas mirando a lo alto y dejándose mecer por el sol impenitente que cuando brilla aquí, lo hace con furia. Cuenta la leyenda que este olivo fue un regalo del conde Alfonso a su mujer, doña Justa.

Él como buen cántabro, tenía su estirpe y origen representado en el tejo, pero su reciente esposa, llegada desde el sur, se encontró entre las montañas desprovista de símbolo alguno. Ambos árboles se plantaron junto a Santa María de Lebeña, tejieron sus raíces bajo el templo, uno representando el cristianismo y el otro la religión pagana de origen celta, y acunaron la iglesia desde la tierra. Mil años después, ahí siguen. Pero el tejo cayó, dirán algunos. Sí, así fue. En 2007, una tormenta derribó el histórico ejemplar, pero un experto en estas lides, Ignacio Abella, se llevó una ramita aún viva y la cultivó con mimo durante diez años. En marzo de este mismo año volvieron a plantarlo en su lugar original. Es el mismo árbol; genéticamente no hay diferencia alguna, y si el tiempo quiere, volverá a crecer con idéntica fuerza y presencia para que otras voces vuelvan a repetir su leyenda.

La iglesia de Lebeña forma parte de la décima etapa del recorrido, la segunda del Camino Lebaniego. Una ruta que comienza en Cades, al ritmo sincopado del martillo que golpea en la ferrería. Como sonaba hace tres siglos, cuando el agua del Nansa daba la fuerza necesaria para avivar el fuego y, de paso, mover los dos molinos harineros que daban servicio a la comarca. Visitarla es descubrir la dificultad de procesos que ahora parecen tan sencillos. Es, además, un ejemplo de recuperación de un enclave y de difusión de la etnografía de forma amena. El mismo río Nansa podremos verlo desde lo alto, desde el mirador de Palombera, cuando comencemos el trayecto que nos llevará hasta Sobrelapeña. El día, nublado, pondrá la banda sonora de truenos y lluvia incensante y multiplicará la gama de verdes que se suceden a nuestro alrededor.

Los peregrinos, con su atavío impermeable, caminan con la cabeza gacha y el paso ligero; si la lluvia arrecia, llegar al siguiente albergue se antoja la mejor opción. Javier nos saludará al pasar. «¡Ultreya!», dice. Ante nuestra cara de sorpresa nos explica que esa era la fórmula que se utilizaba hace cinco siglos, en el camino jacobeo. Una palabra derivada del latín que significaba «¡Vamos más allá!» y para la que la respuesta era «Et suseia», esto es: «Y vamos más arriba». Vocabulario al alcance de los expertos, como Javier, que ha hecho «todos los caminos de peregrinación de España».

En Lafuente veremos, cerrada, eso sí, la iglesia de Santa Juliana, una pequeña construcción románica del siglo XII que el tiempo ha dejado pegada a la calzada.

Una constante de esta etapa serán los pequeños pueblos, cual racimos de casas de piedra, que se suceden entre montañas. La mayoría de la viviendas están vacías y, en muchos casos, abandonadas. Burió es un ejemplo de ello.

Por los vanos de las puertas podemos asomarnos al interior de las cuadras sin animales cuajadas de telarañas. El bebedero está lleno de agua fresca y los renacuajos nadan en el fondo. Alguien ha colocado dos jardineras con flores en los extremos. Resulta curioso ver los hogares que aún tienen inquilinos: las fachadas están pintadas de vivos colores. Azul, amarillo, fucsia...como si quisieran decir: aquí estamos y resistimos. Resistir es también lo que tendremos que hacer para adentrarnos en una zona más montañosa que nos llevará al siguiente punto: Cicera.

Algunos de los compañeros de viaje que hemos ido encontrando, deciden quedarse aquí y hay quienes lo hacen muy a su pesar. Mª Ángeles estira la pierna izquierda sobre un taburete y se aplica una crema que le ayude a bajar la hinchazón. No está contenta. «Esto no es un camino, es una emboscada», afirma categórica. Está haciendo el Camino Lebaniego -o intentándolo- con su marido y otra pareja de amigos, todos catalanes. Critica la falta de señalización y la dificultad del trazado, no apta para principiantes. El día anterior, siguiendo la senda fluvial del Nansa, no encontraron la dirección correcta y se encontraron solos en un punto de no retorno entre rocas resbaladizas. «No se puede vender esto como un camino; es un camino pero de cabras», insiste. Saliendo del bosque de robles y haya, descenderemos al lugar con el que iniciamos este relato.

Hay un pequeño cementerio como de cuento de Oscar Wilde, frente al atrio de la iglesia. Pardueles, Santoveña o Borbolla son algunos de los apellidos repetidos en las lápidas, unas 60, juntas sobre la tierra, sin nichos ni panteones y con algunas flores silvestres trepando por las cruces de forja. Una voz sale de dentro de la iglesia. Esperamos pacientes frente a la puerta. Cuando se abre, Mª Luisa nos recibe y comienza a narrar la historia de un lugar que siente como propio, como una fábula casi familiar. Los mozárabes, cristianos que vivían entre musulmanes, levantaron esta iglesia sufragada por los condes de Liébana, pero no se hizo «pensando en el pueblo, sino porque quería que su iglesia fuera la más importante». Por primera vez se utilizó el pilar compuesto; «¡Lo inventaron ellos!», destaca con entusiasmo la guía. También el arco de herradura fue una novedad. Todo era notable en la pequeña iglesia, pero había un inconveniente mayúsculo: no había santo al que rezar. Por ello, Don Alfonso intentó llevarse las reliquias de Santo Toribio, pero los monjes no estaban por la labor de permitirlo y los 50 hombres con los que el conde apareció en el monasterio, no fueron bastantes para hacerse con el sacro botín. Así pues, la solución «que recuerda a Los Pilares de la Tierra», continúa Mª Luisa, fue tallar una figura propia, una Santa María. Y hasta hoy.

El misticismo se termina cuando toca continuar hasta Cabañes. Nos quedan 2,5 kilómetros con tal pendiente que tardaremos más de dos horas en completar. Las vistas son espectaculares, si bien es cierto que poco más se puede hacer en

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