video

/ Fotos: María Gil Lastra | Vídeo: Héctor Díaz

Peregrinos de autovía

  • Entre acantilados y tráfico intenso, la segunda etapa de la ruta es también una de las más cortas; apenas trece kilómetros con privilegiadas vistas

Construir el muelle y el embarcadero de Arenillas costó 148 ducados. Era el año 1594 y ya entonces, Islares estaba en el dibujo de las rutas jacobeas. Poco tenían que ver los peregrinos de entonces, ataviados con su capa y su bordón, con los multicolores caminantes equipados con todos los accesorios posibles que se cruzan ahora por las vías marcadas. Sin embargo, el camino sigue siendo el mismo.

La segunda etapa de la ruta que nos lleva a Santo Toribio es una de las más cortas. Apenas 12 kilómetros entre la calma y la vida acelerada. Una representada por los acantilados por los que discurre el camino, cortados a cuchillo en la roca caliza. La otra dibujada por el trazado de la A-8, por la que el tráfico es incesante y rompe la postal idílica; los camiones mueven la economía pero no el romanticismo bucólico. Puestos a elegir, almas de transportista errantes aparte, nos quedamos con la vista del mar, omnipresente durante todo el recorrido.

Dejaremos Castro Urdiales y veremos cómo durante varios kilómetros, el Cantábrico se pondrá chulo como un pavo real, luciendo toda su gama de azules. Detenerse y asomarse al precipicio no da miedo y es una opción casi obligatoria, si no marcada por la norma peregrina, sí por la norma personal de exprimir momentos.

Desconocemos si será una gestión de los responsables de Turismo, buscando esos 280 días luminosos al año, pero el clima se está portando y el sol nos acompaña, de nuevo, en un día casi de anuncio promocional.

En un recodo encontramos una «escultura» bíblica; un Jesucristo construido con piedras que sería difícil distinguir de un hito señalizador de no ser por la corona de espinas y unos versículos escritos sobre tabla. Bendecidos en colores pastel, continuamos.

Aquí, entre pueblo y pueblo, de Allendelagua a Cerdigo, la vida se rige por su propio ritmo. Un vecino corta la carretera con su todo terreno, afanado en recoger cebollas con otro entregado hortelano de la zona. No tiene prisa por ceder el paso. No tiene prisa, en general. Escondidas entre las curvas del camino se suceden las parcelas cuidadas, que ya quisiera para sí cualquier azotea gentrificada de la capital.

En el pasado, esta fue una zona vinícola. El entorno de Castro Urdiales era propicio para la fabricación de chacolí que, aparte de consumirse se enviaba a los emigrados en Méjico y Cuba. Al peregrino también le sorprenderán los huecos circulares repartidos por el bosque, sin aparente uso. Son los caleros, construcciones de piedra que en su día sirvieron para fabricar cal aprovechando la roca calizade la zona.

Entre las plantaciones, aparece otra, pero de almas; un cementerio pequeñito que da paso a un bosque de hayas y charcos de barro. Cuando salgamos por el túnel de ramas, habremos llegado a Islares y tendremos la sensación de haber avanzado varias décadas.

Ahora estamos en el pueblo turístico, con un damero de autocaravanas dibujado en su conocido camping. A unos 300 metros encontraremos los restos del hospital de peregrinos de la Vera Cruz, que en el siglo XVI daba asilo a los caminantes pobres o enfermos, cuando el camino era, por encima de todo, una cuestión de fe. El extinto hospedaje se encuentra junto a la ermita de San Roque. Más lejos está la iglesia de San Martín de Tours y un guiño histórico; el monasterio de Santo Toribio de Liébana, antes de convertirse en centro de peregrinación de toda Europa, fue en su origen un oratorio dedicado a San Martín de Turieno, o lo que es lo mismo; el monje francés San Martín de Tours. Casualidades monásticas.

Con vistas al mar

Dejando atrás la historia, volvemos de nuevo al presente. A los peregrinos, dice la norma no escrita, no les gusta caminar por asfalto, pero lo cierto es que en esta etapa no hay muchas más opciones. El arcén será la vía por la que avanzar. Poco margen para encontrarse a uno mismo con los coches circulando a pocos metros. Nos detenemos en La Cuca, un local cuyo protagonista es el surf. Entre las tablas que decoran las paredes y con un conocido programa de televisión lleno de tronistas pero sin vocación monárquica de fondo, hablamos con Magdalena. Ella nos cuenta que el albergue de Islares está cerrado y lo lamenta. Los vecinos se sienten «decepcionados». «Los peregrinos podían llegar a las cinco de la tarde. Se sentaban, tomaban algo y ya cenaban antes de dormir aquí», dice. Vienen sobre todo ingleses y franceses que, ahora, pasan de largo. «Para la hostelería está bien que esté abierto». El motivo del cierre lo desconoce aunque «es una pena», insiste y tan sólo menciona que depende del Ayuntamiento del vecino Castro Urdiales.

Abandonamos, con cierto esfuerzo, la soleada terraza y nos acodamos, sin prisa, en el mirador sobre la playa de Arenillas. Un surfista desarrolla su paciencia sentado sobre la tabla a falta de olas que merezcan la pena. Varias parejas pasean con sus perros. Todos ajenos al ruidoso discurrir de los camiones. También nosotros caminamos ajenos, o lo intentamos, eligiendo mirar al mar mientras avanzamos hacia el final de la etapa.

El albergue de Guriezo está en El Pontarrón, asomado a la Ría de Oriñón. Con la caída del sol, Clint Eastwood podría asomarse a decir lindezas lacrimógenas a Meryl Streep, pero la vivienda que nos encontramos es más propia de un filme turbio de Álex de la Iglesia. La casa en la que se encuentra la instalación municipal tiene dos plantas, terraza, aparcamiento para bicicletas y hasta cenador al aire libre. Pero está cerrado, sin aviso alguno de contacto, aunque la información oficial indica que las llaves deben pedirse en el bar cercano. Con las cortinas a medio echar que permiten asomarse a un interior poco acogedor, el peregrino se encontrará ante la necesidad de buscarse acomodo en otro lugar o armarse de paciencia y continuar la ruta hasta Liendo. Pero, como dijo Alexis de Tocqueville: «La vida es para asumirla con valentía». Si la tienen, duerman aquí. Nosotros seguimos caminando.