Peor que la muerte

Unas mujeres lloran ante los destrozos provocados por un bombardeo en Leningrado.
Unas mujeres lloran ante los destrozos provocados por un bombardeo en Leningrado. / Archivo DM
  • Hubo casos de generosidad extrema pero durante los 872 días que duró el sitio también se practicó el canibalismo y la desesperación dio pie a muchas atrocidades

  • En el asedio de Leningrado, de cuyo inicio se cumplen 75 años, fallecieron 1,2 millones de civiles, casi todos víctimas del hambre y el frío

Leningrado (actual San Petersburgo). Diciembre de 1941. En el mercado negro, un piano se cambia por unos mendrugos de pan. Los termómetros han descendido hasta los 40 grados bajo cero y las autoridades soviéticas han fijado nuevos límites en la cartilla de racionamiento: a una cantidad insignificante de grasa y carne cuya procedencia conviene no averiguar se suman 300 gramos de un pan verdoso -hecho con una mezcla de harina y serrín- para los obreros, que se reducen a 250 para los empleados administrativos y 125 para los niños y el resto de la población adulta. No hay agua corriente, electricidad ni calefacción; insectos, pájaros, ratas y gusanos forman parte de la dieta; la cola del papel pintado se usa para dar sustancia a los caldos y la brillantina sustituye en la sartén al aceite o la mantequilla. La ciudad lleva tres meses sufriendo el asedio del Ejército alemán y las fuerzas de la población han llegado al límite. Y eso que no pueden ni imaginar que aún les quedan casi 800 días de sufrimiento hasta que las tropas soviéticas rompan el cerco.

El día 8 se cumplirán 75 años del inicio del sitio de Leningrado, uno de los episodios bélicos más terribles de un siglo que los tuvo en abundancia. La historiografía soviética hablaba de unos 600.000 muertos entre la población civil. La documentación que salió a la luz tras la caída de la URSS obliga a elevar esa cifra hasta aproximadamente 1,2 millones. En su gran mayoría, perecieron de hambre y frío. Pero quizá fue aún peor para quienes resistieron porque en muchos casos la lucha por la supervivencia les hizo perder todo resto de humanidad.

El Ejército alemán entró en la URSS el 22 de junio de 1941, menos de dos años después del pacto de no agresión entre ambos países firmado por sus ministros de Exteriores, Ribbentrop y Mólotov. Las primeras bombas cayeron sobre la vieja capital de los zares el 1 de septiembre, los ataques se intensificaron de inmediato y el cerco se cerró el domingo día 8. Durante unos días, los combates fueron durísimos y una serie de decisiones desastrosas de los jefes militares soviéticos facilitaron que los alemanes llegaran a las puertas mismas de la ciudad, donde se concentraba una parte fundamental de la industria del país, sobre todo la dedicada a producir armamento. Fue entonces cuando Hitler decidió que de Leningrado no quedara ni el recuerdo.

Ahora se sabe que los mandos de la Wehrmacht tenían la orden de no aceptar siquiera la capitulación. La ciudad debía desaparecer y con ella, todos sus habitantes. Así que el Ejército alemán cortó carreteras, vías férreas y pasos marítimos, bombardeó los almacenes Badáyev, donde se guardaba una gran cantidad de harina, legumbres, azúcar y conservas, y se instaló a esperar que el hambre, el frío y las enfermedades hicieran su labor.

La desesperación

Un año más tarde, el 'general Invierno' contribuyó decisivamente al desastre alemán durante la retirada de Stalingrado, pero en las últimas semanas de 1941 y el arranque de 1942 se puso de su parte y atacó con furia la ciudad que también había sido la cuna de la Revolución bolchevique. El sistema central de calefacción quedó fuera de servicio y las cañerías se congelaron, de manera que los sitiados se vieron obligados a llevar siempre puesta toda la ropa que podían para no perecer de frío. Algunos grupos de habitantes de la ciudad entraron en las bibliotecas y se llevaron los libros para hacer fuego con ellos y calentar sus casas. Parece un milagro pero hubo establecimientos en los que los bibliotecarios lograron preservar buena parte de sus volúmenes, que de esa forma ofrecieron consuelo y entretenimiento a una población que corría el riesgo de enloquecer.

En las calles solo se veían pequeños grupos de personas que trataban de conseguir algo de comida en el mercado negro. Cuando todo se acabó, cuando ya ni siquiera era posible cazar una rata o un topo para llevarlos al puchero -los animales domésticos ya habían servido para calmar el hambre semanas antes-, muchos acudieron a los lugares donde habían existido tiendas o depósitos de víveres y se llevaron la tierra, con la esperanza de que en ella hubiese algún resto de grasa o migas endurecidas con las que hacer un caldo. En el solar donde se levantaba el almacén Badáyev, el azúcar se había hecho caramelo con las llamas ocasionadas por el bombardeo. Al día siguiente, las autoridades acotaron la zona y lo requisaron para venderlo. En el puerto, tras un bombardeo, algunos buzos buscaban entre los barcos hundidos para rescatar sacos de harina enmohecida por la humedad y animales muertos con cuyos restos fabricar una masa que tuviera algo de alimento.

La desesperación abrió la puerta por la que se colaron todos los demonios. El historiador británico Michael Jones ('El sitio de Leningrado, 1941-1944'), que ha investigado en los archivos de la NKVD -la policía política que sustituyó a la Checa-, ha desvelado que 1.400 personas fueron arrestadas bajo la acusación de canibalismo o de traficar con carne humana y al menos 300 fueron ejecutadas. Durante mucho tiempo corrieron rumores de que muchos niños desaparecían sin dejar rastro y que había grupos de hombres que recorrían la ciudad buscando víctimas fáciles con las que mejorar su dieta. Puede que fuera una exageración, pero hay testimonios que hablan de grandes calderos en cuyo interior, al levantar la tapa, asomaban brazos humanos.

También se sabe con certeza que en muchos hogares, cuando alguien se encontraba próximo a la muerte, dejaban de alimentarlo. De esa forma, los demás disponían de una ración mayor. Hubo familias con niños pequeños que tuvieron que optar por dejar morir a uno, siempre el más débil, para que los otros pudieran aguantar. Todos sabían que si los padres morían de hambre por haber renunciado a su comida para dársela a los hijos, estos no durarían mucho una vez quedaran solos. Así que el fallecimiento de un menor podía servir para prolongar la vida de los demás. Derribadas todas las resistencias morales y la repugnancia física, no se trataba solo de que hubiese una boca menos que alimentar.

Sacrificio supremo

Lo que pasó en Leningrado no fue distinto de lo que había sucedido en Ucrania durante la gran hambruna de 1932 y 1933: a los cadáveres se les cortaban las nalgas y, en el caso de las mujeres, los pechos. Era lo único que aún tenía algún resto de grasa aprovechable. Y no faltaban cadáveres de los que abastecerse: se estima que en enero de 1942 morían cada día alrededor de 7.000 personas. Muchos se desplomaban en la calle, víctimas de una debilidad extrema, y quedaban allí mismo, porque no existía la posibilidad de retirar tantos cadáveres. Cuando la muerte se producía en casa, a menudo la familia envolvía el cuerpo en una sábana, con las piernas y el cuello atados con un cordel, y lo bajaba a la acera. Era el único entierro que se podía hacer, como narra Natalia Strogánova ('Escritos de mujeres desde el sitio de Leningrado', de Cynthia Simmons y Nina Perlina). Los traficantes de carne humana debían darse prisa antes de que los muertos se congelaran y no pudieran trocearlos.

Se sabe que también hubo muchos casos de heroísmo, como los de padres que se amputaban a sí mismos un miembro para poder alimentar así a la prole. Esos actos de sacrificio supremo fueron usados por la propaganda soviética tras la victoria de los aliados, cuando la urbe recibió el título de Ciudad Heroica y se impartieron instrucciones precisas para evitar que se difundieran los aspectos menos nobles de lo sucedido durante el asedio.

Recuperación de diarios de los sitiados

La recuperación de diarios de los sitiados y testimonios de los supervivientes permite ahora hablar de esos héroes, de quienes sobrevivieron sin traicionarse a sí mismos, pero también de quienes tuvieron comportamientos poco dignos aunque lejos del canibalismo. Fueron muchos, por ejemplo, quienes ocultaron el fallecimiento de algún familiar para quedarse con sus cartillas de racionamiento y disponer así de mejores raciones. También abundaron los robos: ancianos que vieron cómo les arrebataban el trozo de pan que acababan de entregarles en la panadería; mujeres a las que golpeaban para quitarles unos leños con los que hacer una hoguera; pisos asaltados porque se sospechaba que en su interior había una despensa que aún no estaba vacía.

Y las había, en efecto. Las tenían quienes fueron tan previsores como para hacer acopio de alimentos durante el verano, cuando pese a la información sesgada que recibían intuyeron que los alemanes llegarían con rapidez hasta la ciudad. Tampoco pasaron hambre algunos trabajadores de panificadoras o envasadoras de alimentos, que se las arreglaban para burlar la vigilancia de los funcionarios municipales y llevarse a sus casas bolsas con comida. Aunque las mejores despensas las tenían altos dirigentes a quienes ni en los peores días del asedio les faltaron no ya grandes cantidades de alimentos básicos sino tampoco pequeños vicios como chocolate y licor. Mientras, la Policía política trabajaba a destajo para detener, incluso en los peores días de aquel terrible invierno, a quienes consideraban una amenaza para el régimen, con frecuencia basándose solo en denuncias anónimas y sin pruebas, como explica con detalle el historiador y periodista Brian Moynahan ('Leningrado. Asedio y sinfonía').

Guerra de engaños

Los estrategas soviéticos pensaron también en el enemigo. Cuando el viento era favorable, emitían a través de los altavoces instalados en las calles grabaciones en las que la ciudad parecía no sufrir por el asedio, con los ruidos de tranvía, los automóviles, las sirenas de las fábricas e incluso música. Se trataba de dar a entender que Leningrado no solo resistía sino que estaba tan viva como siempre. Sin embargo, los alemanes contaban con buena información porque habían conseguido introducir en algunos barrios a espías que daban debida cuenta de la hambruna. Por eso, cuando el viento soplaba en el otro sentido, situaban en la línea misma del frente pucheros con aromáticos caldos, cuyo olor era percibido en la periferia de la ciudad por una población famélica.

Paradójicamente, la situación de Leningrado mejoró a medida que morían sus habitantes. La apertura del Camino de la Vida, una ruta abierta sobre el hielo a través del lago Ladoga, permitió por un lado evacuar a numerosos residentes y por otro introducir algunas provisiones. Aunque los más radicales consideraban traidores a quienes decidían escapar de la ciudad, se estima que lo intentaron más de 600.000 personas, de las cuales cerca de la mitad perecieron durante el viaje, debido a los bombardeos o a roturas del hielo. Mediado el asedio, entre los muertos y los evacuados, la capital que los zares habían decidido convertir en la más bella del mundo había perdido más del 50% de la población, lo que hizo posible aumentar las raciones. El hambre continuó pero la mortalidad se redujo de forma sustancial.

La llegada del verano y luego un invierno mucho más benigno que el anterior mejoró también la situación en los hospitales. Durante meses, el personal sanitario se había visto obligado a meter dos enfermos en cada cama para que se dieran calor, mientras los medicamentos se congelaban en los armarios. En los quirófanos, los médicos trabajaban con el abrigo, las botas y el sombrero puestos, saltándose cualquier medida profiláctica, para combatir el frío. La tasa de mortalidad perinatal, que se había disparado durante los primeros meses del asedio, fue descendiendo a medida que pasaban los meses. Los recién nacidos, que en muchos casos presentaban signos de raquitismo, ganaron peso y centímetros en la parte final del asedio.

El sitio fue levantado 872 días después de aquel fatídico 8 de septiembre. Una sucesión de ataques del Ejército soviético quebró la resistencia de una muy mermada Wehrmacht. Había pasado casi un año desde el fin de la batalla de Stalingrado, la mayor carnicería de la guerra en territorio de la URSS.

Stalin no se apresuró

Stalin, que siempre receló de los aires de libertad que incluso en los peores tiempos de las purgas se respiraban en Leningrado, no se apresuró demasiado en acudir en su auxilio. Había otros objetivos prioritarios. La ciudad fue liberada al comienzo del año en el que los aliados inclinaron la balanza de la guerra a su favor. Cuando apenas habían transcurrido cuatro días desde el inicio del asedio, Liubov Vasílevna Shapórina, organizadora del teatro de marionetas y testigo excepcional de la Gran Purga de mediados de los treinta, escribió en su diario: "Durante veintitrés años todos hemos estado en el corredor de la muerte, en teoría, pero ahora ha llegado la era de la apoteosis final". Nunca hubo profecía tan certera.