La odisea de un día de playa en familia

La odisea de un día de playa en familia

Comparto con vosotros cómo vivimos un día de buen tiempo en la arena con toda la intendencia necesaria

Paula Fernández Solórzano
PAULA FERNÁNDEZ SOLÓRZANOSantander

En Cantabria no vamos a la playa cuando queremos, ¡vamos cuando podemos! Tiene que salir el sol, que no haga viento, librar ese día y cuando se alineen todos los astros podemos comenzar con la operación excursión a la playa.

En casa somos bastante playeros, no desaprovechamos ni un rayo de sol y enseguida nos ponemos manos a la obra pensando en playa.

Qué tiempos aquellos, cuando solo éramos dos, en los que un simple pareo doble toallero y los bañadores puestos eran nuestros únicos acompañantes.

Nada que ver con hoy en día, con niños, con una niña, no quiero imaginarme si tuviese más de uno. Para ir a la playa hay que elaborar un plan logístico de medios y otro de evacuación en caso de emergencia, como una improvisada tormenta, por ejemplo.

Recuerdo como antaño observaba a las familias arrastrando todo tipo de enseres por la playa, cargados hasta los topes, con sus sombrillas, neveras, sillas... ¿Yo eso? ¡En la vida! ¡Qué ilusa!

Hoy todo es distinto.

Elaboramos la comida, atrás quedaron esos bocatas rápidos y una pieza de fruta que guardabas en la misma mochila del pareo. Ahora preparo tuppers, uno para la comida, otro con la fruta cortadita, merienda, piscolabis para por si acaso, agua, refrescos, más agua... Todo ello en una nevera, colocadito. Sí, llevamos nevera.

Preparamos las bolsas, una para las toallas, los bikinis, los bañadores, chanclas, las cremas (una para la cara, otra para el cuerpo, otra para la niña, otra de spray, otra para el antes, otra para el después, otra para por si acaso), otra bolsa para los juguetes playeros, cubos, rastrillos, palas, caballitos de mar, figuritas y manguitos. Y una última bolsa, esta suele ir dentro de la de las toallas, con ropa, por si hace frío, por si pega demasiado el sol no tostarte, por si se moja, por si se mancha, por si acaso.

La sombrilla se ha vuelto imprescindible, incluso cuando hace malo me sirve de paravientos. Antes renegábamos de ella, de chavalucos nos encantaba tostarnos vuelta y vuelta, ahora apenas asoman las piernas fura de la sobrilla, con la cantidad de problemas en la piel que nos puede dar el sol directo cualquier precaución es buena. Lo dice una a la que ya han quitado tres melanomas. Otra cosa es mantener a India más de dos minutos bajo la sombrilla.

Y la silla, esa que miraba con pudor y me parecía de señoras, pero que descubrí cuando me quedé embarazada y se ha convertido en mi mejor amiga de la playa. Soy una señora.

De momento nos estamos apañando y nuestras excursiones a la playa sólo tienen un paseo coche-arena, otra cosa es cuando sumamos alguna tabla de surf y ya hay que dar dos viajes.

Eso sí, este despliegue de medios nos sirve tanto para un ratito como si asentamos posiciones ya no nos mueven hasta el anochecer.

Y una vez en la playa, olvídense de las largas siestas en tu toallitita sin arena y estirada en silencio escuchando las olas de fondo. Ahora el sonido de los padres gritando a los niños que se alejen de la orilla, o el ven a echarte crema que se convierte en una odisea intentando atrapar a tu hijo, toallas que asoman debajo de la arena, e hijos disfrazados de croquetas.

Las lecturas de libros en calma se han transformado en construcciones de castillos con grandes fuertes combatientes de mareas. Ahora somos piratas, jugamos a las palas y saltamos las olas y oye, pese al desastre que pueda parecer no lo cambio por nada.

¡Nos gusta la playa y ahora con niña, más!

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¡Hasta la próxima semana!

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