Nos vamos de romería

Se sigue acudiendo en masa a los lugares de devoción, aunque se haya perdido el encanto de compartir el viaje de ida y vuelta a pie

Una mujer cocina una rica marmita en Laredo./
Una mujer cocina una rica marmita en Laredo.
Gabriel Argumosa
GABRIEL ARGUMOSASantander

Comer al aire libre ha tenido siempre  su encanto y gran número de adeptos. Los nórdicos y, más concretamente, los anglosajones han practicado el picnic desde el siglo XIX. Palabra que nosotros también usamos con mucha frecuencia. A pesar de haberse recomendado el uso de expresiones equivalentes en español, la palabra picnic, como merienda o comida campestre, ha sido aceptada por los hispanohablantes de forma generalizada. 

Podemos imaginar que, en el norte de Europa, dada la escasez de horas de sol, el solo hecho de poder disfrutar de un día en el campo es toda una fiesta

Pero en los países soleados también el comer al aire libre ha tenido y tiene gran cantidad de partidarios. Y la causa quizás haya que buscarla, entre otras, en que el sol agudiza el ingenio al estimularse la glándula pineal, sensible al sol, y la hormona melatonina

 En nuestro país, el comer al aire libre, aparte de hacerlo en las terrazas de los locales de hostelería, se practicó mucho en aquellos merenderos que proliferaron en la postguerra y que aún se siguen frecuentando. Y es costumbre hacerlo también en las romerías que se celebran en torno a algún santuario en el día de su fiesta mayor. 

Ya escribió José María Pereda en 'Tipos y Paisaje's: «La Montaña tiene casi tantas romerías como festividades». En dicha obra de 1871, refiriéndose a la fiesta del Carmen de Revilla, se muestra «asombrado por su tipismo y enorme concurrencia».

Afirmando que la fiesta dejaba vacía la ciudad de Santander y que todos, menos los enfermos e imposibilitados, visitaban ese día el famoso santuario.

Actualmente se sigue acudiendo en masa a los lugares de devoción, aunque se haya perdido el encanto de compartir el viaje de ida y vuelta a pie. Pero si se conserva la tradición de comer en el lugar, eso sí, con grandes cambios. 

Por una parte, se comparten preparaciones multitudinarias y nada personales y, por otra, es la paella la elaboración más frecuente, aunque no sea un plato de nuestra región. 

Afortunadamente, en los últimos tiempos, se nota un resurgimiento de preparaciones más nuestras, como las ollas ferroviarias e incluso las marmitas

Recuerdo que en los años sesenta y setenta del pasado siglo, en la zona central de Cantabria (por poner ejemplos vividos, en las festividades de la Virgen de Valencia, en Vioño;San Cipriano, en Cohicillos, o la Virgen del Monte, en Mogro), tal como afirmaba Pereda bastantes años antes, en los pueblos quedaban los impedidos y los que se ofrecían a «arreglar las vacas de todos», pues conviene recordar la cantidad de obreros mixtos que había en aquellos años. 

 No quiero, ni puedo, dejar de hacer un homenaje a aquellas amas de casa que se levantaban con el alba, el día de la romería, para cocinar los platos típicos que se llevaban por aquel entonces para comer en la pradera: tortilla de patatas, filetes empanados, la tan cántabra periñaca y, de postre, leche frita. Degustado en familia, con la música de Bosio y Martín, 'Los Piteros de Reocín', de fondo.

Todo en la fiambrera de hojalata o de aluminio, sin más adelantos, aunque, por poner dos ejemplos, ya se habían inventado el táper en 1948 o el papel de 'plata' en 1947.

 

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