«Siempre elegí quedarme quieta. Supongo que fue por eso por lo que conseguí sobrevivir»

La activista rumana Amelia Tiganus visitó el miércoles Santander para contar su durísima experiencia como prostituta. /María
La activista rumana Amelia Tiganus visitó el miércoles Santander para contar su durísima experiencia como prostituta. / María

«Yo sufrí una violación múltiple con 13 años, cuando regresaba a casa del colegio. Fue tan brutal que apenas recuerdo nada», declara la exprostituta y activista rumana Amelia Tiganus

NACHO GONZÁLEZ UCELAY Santander

«Yo sufrí una violación múltiple con 13 años de edad, cuando regresaba a casa del colegio. Pero no fue lo peor que me pasó, pues apenas recuerdo lo ocurrido. Fue un hecho tan brutal y tan traumático que apenas recuerdo nada. Lo peor llegó después de aquello, cuando la sociedad me estigmatizó, me abandonó y me dejó en una posición muy vulnerable».

Víctima de la trata y la prostitución, «del Estado proxeneta», dice, Amelia Tiganus (Rumanía, 1984) arranca así el demoledor relato que se ha traído de su propio infierno para denunciar lo que cree que es «un problema social de difícil solución que se ha profundizado con el neoliberalismo» y que, hoy por hoy, «está afectando a millones de mujeres de todo el mundo».

Con él, 'La revuelta de las putas', un texto escalofriante en el que revela sin ninguna distracción la experiencia vivida, más bien sufrida, en cuarenta prostíbulos españoles, se acercó el miércoles a Santander procedente de la vecina San Sebastián, donde hoy vive como mujer y no como mercancía.

«Después de esa violación sólo tenía dos opciones; o suicidarme o asimilar que era puta»

«Después de aquella violación, venían a mi colegio a presionarme, y yo tenía que dejarme violar para no recibir una paliza», dice Amelia. «Y frente a todas esas violaciones, yo tenía únicamente dos opciones; o suicidarme o acabar asimilando que era una puta».

Decantándose por esta última («No me suicidé gracias a mi hermana pequeña, mi gran hito afectivo») la chica acabó atravesando el umbral de un mundo que a los 17 años le plantó delante de su tormento. «Conocí a un chico que me dijo que en un par de años iba a conseguir el dinero suficiente para retirarme. Me ponía de ejemplo a esas chicas que iban bien vestidas y que conducían coches caros...». Un gancho. «Porque, al final, el privilegio de unas pocas prostitutas es el yugo de todas las demás».

Aquel chico, continúa Amelia, «me explicó que iba a presentarme a un señor español muy majo que iba a ayudarme a cumplir mi sueño, porque a mí ya me habían convencido entre todos de que mi sueño era ejercer de prostituta en España, un país donde la demanda de sexo es muy alta, no está cuestionada y en algunos casos se observa como un mal menor».

«Los clubes de alterne son como campos de concentración; hacíamos fila para todo»

Aquel señor español tan majo «me compró por trescientos euros después de mirarme de arriba a abajo, dando por válida la mercancía, y me dijo que me iba a ayudar pero que, a cambio, yo tendría que devolverle todo el dinero que iba a invertir en mí y que, después, tendríamos que repartir las ganancias al cincuenta por ciento».

«Mi vida se cayó a trozos»

Pero cuando Amelia llegó a España y pisó su primer club de alterne «no encontré ese glamour, ese lujo, ese 'pretty woman' que me dijeron. Lo único que encontré fue a un montón de chicas de mi ciudad, Galati. Mi vida se cayó a trozos».

Allí, lo primero que aprendió fue «que tenía que ponerme en una fila, y que si respetaba la fila todo iba a ir bien... Aunque no supiera dónde me llevaba esa fila... Porque hacíamos fila para coger preservativos, hacíamos fila para entrar en el bar, hacíamos fila para cobrar el dinero que nos daban después de ser torturadas sexualmente durante 12 horas, hacíamos fila para comer y hacíamos fila para dormir, hacinadas, en la misma habitación en la que durante horas y horas los puteros habían hecho posible que la repetición del acto sexual se convirtiera en un castigo».

Para Amelia, los prostíbulos eran «auténticos campos de concentración». «Imagine por un momento cómo sería su vida si no puede comer cuando quiere ni dormir cuando quiere ni vestir como quiere... Eso te acaba anulando como persona, te acaba robando la identidad. Y lo único que puedes hacer es intentar sobrevivir».

Sobrevivir en condiciones económicas muy precarias, por otro lado, «porque después de entregar el 50% de nuestras ganancias teníamos que pagar la deuda que habíamos contraído, la ropa que nos hacían poner, la droga que nos hacían consumir o las multas con las que nos sancionaban a las chicas cada dos por tres por contestarle mal a algún cliente o por quedarnos a descansar en esa habitación que estábamos pagando a precio de oro».

«Me estaban estafando»

Atrapada, Amelia se zafó en cuanto tuvo la más mínima oportunidad. «Me di cuenta de que me estaban estafando, así que decidí escaparme de aquel prostíbulo la noche en que el dueño recibió la llamada de un policía corrupto avisándole de que iba a haber una redada».

«Siempre hice lo posible porque vieran en mis ojos la viva imagen del miedo y el terror»

Entonces, la chica pasó a la acción apelando a la ayuda de sus clientes. «A veces me preguntan por qué no acudí a la policía o a la embajada... ¿Para qué? Las prostitutas no participamos del tejido social», asegura. Con esa idea y la ayuda de uno de esos clientes, «puteros», dice ella sin disimular su resentimiento, Amelia salió de ese club de alterne para entrar en otro, y luego en otro, y luego en otro más.

«Me pasé cinco años de mi vida dando vueltas y más vueltas por más de cuarenta puticlubs de este país siendo explotada sexualmente durante tres semanas al mes. Y la otra no paraba porque tuviera la regla. No sé si alguien ha llegado a creerse eso. Paraba porque nos movían de prostíbulo en prostíbulo porque en este mundo todos son colegas y se pasan la mercancía entre ellos para que siempre haya chicas nuevas y el putero no se aburra de ver siempre el mismo culo; para que haya diversidad y prueben un poquito de la africana, de la rumana, de la brasileña...».

Durante ese éxodo sobrecogedor, «he puesto en riesgo mi propia vida enfrentándome a algunos puteros que encuentran en la prostitución el lugar en el que se entrenan en la violencia sexual para después ejercerla con sus mujeres porque no están dispuestos a vivir una vida sexoafectiva plena, solo quieren penetrar los cuerpos de las mujeres», asegura con rabia Amelia Tiganus, a la que le cuesta mucho hablar de las prácticas a las que fue sometida. «He sido humillada, vejada y torturada y, ante eso, sólo pude hacer lo posible porque vieran en mis ojos la viva imagen del miedo y el terror, y decidir en cuestión de segundos si debía pelear o quedarme quieta. Y siempre elegí quedarme quieta. Supongo que fue por eso por lo que conseguí sobrevivir».