La Marsellesa de la alegría

La afición francesa, en la semifinal contra Alemania. /
La afición francesa, en la semifinal contra Alemania.

Los éxitos de la selección francesa son un himno a la vida en un país ávido de fiesta y despreocupaciones

FERNANDO ITURRIBARRÍAParís

Francia disputará a Portugal más que un trofeo de fútbol. Se juega también la alegría de vivir. La Eurocopa ha cicatrizado heridas y recompuesto la unidad nacional. Aunque tal vez el fenómeno sea efímero, el sueño de una noche de verano. Lo cierto es que el país del gallo vuelve a sacar pecho enorgullecido por los éxitos de una selección con la que se identifica.

Hay ganas de fiesta en un pueblo martirizado por el terrorismo yihadista, vapuleado por la crisis, alterado por las huelgas y sacudido por las inclemencias meteorológicas. En todavía estado de emergencia, la gente ha perdido el miedo a salir a la calle a disfrutar de los placeres de la vida cotidiana, tan banales y extraordinarios como el festejo colectivo en comunión sentimental de una victoria deportiva.

El día de gloria ha llegado, pregona La Marsellesa, que ha dejado de ser entonada únicamente entre minutos de silencio. Los jugadores ya la cantan, convencidos de que es también un himno a la alegría. Es una de las señas de identidad del bloque reconstruido por Didier Deschamps a partir de las ruinas heredadas: divorcio con la afición, guerras internas de clanes, escándalos sexuales, acusaciones de racismo al seleccionador y hasta motines, como el vergonzante del Mundial sudafricano.

«Tengo que dar las gracias a Didier por haberme devuelto las ganas de amar a la selección francesa», le dijo Lilian Thuram a su capitán en la selección campeona mundial y europea tras la victoria sobre Alemania. Con ese mensaje personal por televisión, el futbolista reconvertido en abanderado de la lucha contra la segregación racial ejerció también de portavoz improvisado del sentir popular.

«Yo creo que este equipo es querido porque da ganas de ser querido. Claro que es perfeccionable, pero ese es su encanto. Uno se puede identificar con él. Demuestra ganas, suscita emoción», le respondió el seleccionador. «No tenemos la pretensión ni el poder para solucionar todos los problemas de los franceses. Tenemos el poder de procurar emociones», filosofó el estratega en la reconquista del corazón nacional.

Hugo Lloris, el capitán, reconoció «el orgullo de sentir esta alegría compartida». «Tras los difíciles momentos vividos, los franceses necesitan realmente evadirse con esta competición. El deporte tiene la fuerza de unir y es lo que estamos haciendo juntos», analizó el reflexivo guardameta del Tottenham.

Un rayo de luz

Jérôme Fourquet, director de estudios de opinión en la firma IFOP, percibe en la euforia 'Bleu' un rayo de luz «en medio de muchas malas noticias: los atentados de 2015, los conflictos sociales, los problemas económicos». «Esto parece poner un bálsamo en los problemas de un país abatido en los últimos meses», observa esperanzado en el final del 'annus horribilis'.

El fenómeno es tentador para la explotación política. «Esta Eurocopa comenzó con inundaciones, un conflicto social, una amenaza terrorista que todavía está ahí. Pero frente a los obstáculos y los desafíos, los franceses demuestran su capacidad para resistir y de recuperación», valoró Manuel Valls. El primer ministro se felicitó por el éxito de organización en «un año complicado para los franceses» y recordó: «Hace solo unas semanas nos decían que todo estaba fuera de control y que era necesario eliminar las zonas de aficionados e incluso posponer la Eurocopa».

Valls es aficionado al fútbol, seguidor del Barça y pariente del compositor de su himno. Le gusta jugar a seleccionador, como a millones de compatriotas. La diferencia es que a veces ejerce. Se opuso a la convocatoria de Karim Benzema por el vídeo sexual de Valbuena. La selección se quedó coja de oriundos norteafricanos. Solo está el franco-marroquí Adil Rami, llamado a última hora para suplir al lesionado Raphaël Varane.

Cuando la selección liderada por 'Zizou', hijo de argelinos, se proclamó campeona del mundo en 1998, surgió el espejismo de una Francia multiétnica 'black-blanc-beur'. Negra, blanca y árabe. Ahora el espejo deformante del balón refleja una imagen bicolor en blanco y negro.

En las barriadas con fuerte población de ascendencia magrebí, en los alrededores del Stade de France sin ir más lejos, se echa en falta a jugadores que se les parezcan. Como Hatem Ben Arfa, perla del proyecto de Unai Emery en el París Saint-Germain. El hincha 'beur' anima al equipo 'black-blanc' por defecto. Mucho defecto.