Amaia, la triunfita indultada

Con la cantante se está alcanzando un nivel de transversalidad en la música que, hace unos años (no tantos), habría sido inimaginable en este país

Amaia, la triunfita indultada
Sara Morales
SARA MORALES

Amaia en festivales de cariz independiente. Amaia en portadas de revistas de música alternativa. Amaia colándose en el corazón de gentes que se negaron al influjo del talent show. Amaia ocupando tiempos y espacios de gurús, hasta ahora, intransigentes con la generación triunfito. Amaia la conquistadora. La que vino de las repudiadas tierras del reality pero enamoró a los más snobs. La cantante que se alzó con el oro en una noche de audiencias regeneradas, ganando algo mucho más preciado que los premios de la televisiva academia: el respeto de un público que, al principio, no las tenía todas consigo.

Puede que fuera su desparpajo, su naturalidad y ese no casarse con nadie -aunque ya se le atribuyen romances con líderes de bandas molonas- lo que cayó simpático a este exigente respetable que, cuando precisa -aunque no sabe muy por qué-, saca la dura vara de medir. Puede que cuando su voz comenzó a sonar en composiciones de cosecha propia, esta se acercara más a los patrones indie que a los mainstream, y eso gustara. Incluso puede que su personalidad sea tan arrolladora y rebelde que, al salir de la casa-escuela, rompiera en dos los contratos negociados por el programa y las discográficas amigas negándose al exclusivo destino que se le había diseñado.

Lo que está claro es que con Amaia, al margen de la propia Amaia, se está alcanzando un nivel de transversalidad en la música que, hace unos años (no tantos), habría sido inimaginable en este país. Una apertura de mente que viene estupendo a muchos, pero que desconcierta a otros tantos porque, a través de su figura, se ha comenzado a sopesar que no todo lo que sale de esas clases con cámaras es morralla, que puede que haya talento tras alguno de sus alumnos, que se debe conceder el beneficio de la duda (ahora sí).

Sin embargo, esta repentina amplitud de miras quizá llegue demasiado tarde teniendo en cuenta la cantidad de candidatos que han salido de esas aulas a lo largo de todas las ediciones de OT, sin que nadie del circuito anti-comercial se detuviera un instante en ellos. A lo mejor es que esta reconsideración ha llegado en el momento en que tenía que hacerlo: el año (y la edición) en que el vilipendiado programa regresaba con las orejas gachas al ente público y, cómo no, tocaba recibirlo con alegría.

Que Amaia transitara por las tierras underground antes de ingresar en la fábrica de estrellas y estrellados, ha ayudado a la digestión de los que aborrecen a Bisbales, Bustamantes y Chenoas y ahora aplauden desgañitados a la de Pamplona. Su pasado se ha convertido en la llave que abre su presente alcanzando interés en quienes antes (no mucho antes) jamás le habrían prestado atención. Esperemos que no sean estos mismos los que vayan a ahogar su futuro, si es que este debiera hacer aguas alguna vez.