EL MINISTRO MáS EFíMERO

Si rápido y sorprendente fue el nombramiento de Màxim Huerta, más rápido si cabe fue su cese, en la primera crisis que le estalló a Pedro Sánchez en las manos

EL MINISTRO MáS EFíMERO
DIEGO CARCEDO

Màxim Huerta no tuvo tiempo para adquirir conciencia precisa de que era ministro, nada menos de lo que más nos une, la Cultura. Si rápido y sorprendente fue su nombramiento, más rápido si cabe fue su cese -dimisión espontánea o inducida, poco importa-, en la primera crisis que le estalló a Pedro Sánchez en las manos. No tuvo tiempo para hacer nada que perpetúe su recuerdo, ninguna Ley, Decreto, Resolución: apenas despedir a la Selección de Fútbol estrechando la mano de Lopetegui sin intuir que los dos caerían el mismo día.

Pero Màxim Huerta pasará a la Historia, eso sí, como el ministro más efímero de la democracia. No es un título para enorgullecerse. Aunque también hay que decir que no le acompañó la suerte en ningún momento ni circunstancia del poder que usufructuó. Lo inesperado de su elección para integrar el Gabinete de Pedro Sánchez no le proporcionó los cien días de gracia habituales en los medios, de los que profesionalmente forma parte. Arrancó con la contradicción de ser ministro de Deportes sin gustarle el deporte, y concluyó como ministro de Cultura estigmatizado por hacer trampas con la Renta. Fue sin duda una mala pasada la que le proporcionó la vida saltando de la gloria al paro sin haberse enterado.

Personalmente hay que reconocer que lo que le ha ocurrido a Màxim Huerta pasa del éxito al escarnio a que el poder condena. Es bastante probable que su falta la haya subsanado legalmente recurriendo la sanción, perdiendo el recurso y pagando la deuda y la multa. Pero políticamente es evidente que el escándalo era insostenible para un Ejecutivo recién nacido de la lacra de la corrupción, que incluye el fraude fiscal. Su permanencia en el cargo habría supuesto un golpe mortal para los argumentos con que se constituyó el Gobierno.

Su dimisión fue rápida y estuvo bien argumentada. No dejó margen para la duda. Reconoció el error que supondría atrincherarse. Pedro Sánchez hubiese cavado su tumba política intentando mantenerle en el cargo. Afrontar una baja en el Gabinete una semana después de su constitución es políticamente grave. Pero el haberlo asumido de manera poco menos que instantánea es un buen anticipo de que, aunque ya lo tuviésemos olvidado, en política las promesas deben hacerse para cumplirlas. Y el poder necesita más que nunca muestras de ejemplaridad.

Al ya exministro Huerta, inteligente y buena persona según opinan cuantos le tratan, seguro que le quedará un sabor amargo de esta peripecia que ha vivido. Pero tiene recursos personales para superarlo. Tendrá futuro, hay que desearle y pronosticarle, en sus actividades profesionales cuando se reponga de este sueño de tan brusco despertar. El cumplimiento de su deber como contribuyente ha sido censurable pero su actitud ante la sociedad, cuando menos como insólita, dimitiendo resulta elogiable.

 

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