Un puerto para 300 lanchas

Las traineras de Castro Urdiales invernando en Chinchapapa. /JESÚS GARAY
Las traineras de Castro Urdiales invernando en Chinchapapa. / JESÚS GARAY

La dársena es el lugar idóneo de resguardo para estas pequeñas embarcaciones que podían varar en las zonas arenosas

JAVIER GARAYCastro Urdiales

Dice el padre Henao en sus 'Averiguaciones de las Antigüedades de Cantabria' sobre el puerto de Castro que las calles y edificios son muy buenos. Algunas casas ostentan grandeza de Palacios, otras antigüedades venerables, más de castillos que de casas. Muchas son solares de calificada nobleza. En la plaza de la Villa se descuella una alta, fuerte y autorizada torre. Tiene por tradición que el marqués de Santillana, Diego Hurtado de Mendoza, la fabricó para Solórzano, que siendo vecino de Santander y del linaje de los de la Calleja, favoreció contra su patria al marqués, a quien dio entrada en ella para que tomase posesión. Pero los demás vecinos y otros montañeses que de diversas partes vinieron en favor de la Villa echaron de ella al marqués y quemaron las casas de Gonzalo de Solórzano como refiere López García de Salazar. En pago pues de las casas que le quemaron en Santander a Gonzalo de Solórzano, se conserva por fama que el marqués de Santillana le levantó en Castro la torre dicha, la cual, por sucesiones, ha venido a parar en los apellidos de Mioño.

Antes de que se fabricasen los muelles para el abrigo de los vasos, se pagaba un tanto a los dueños de la torre por el amarrar los barcos a unas peñas llamadas ymeas, que son de ella. Pretendieron, se continuase este reconocimiento, más fueron vencidas por carta ejecutoria y así la villa gozó como propio el anclaje. Es importante señalar la solidaridad manifestada por las gentes de Castro con los vecinos de la villa de Santander en 1466, cuando acudieron por mar en su ayuda contra el intento de Diego Hurtado de Mendoza II marqués de Santillana de tomar posesión del señorío de la Villa que había logrado por concesión de Enrique IV.

Cuando el padre Henao llega a Castro, ya están los muelles hechos. El cay -muelle norte- y el contra cay -muelle sur- dan por supuesto abrigo a las naves, que en pleamar se mantienen amarradas. Pero que si hay grandes resacas como fue seguro, estos navíos corrían serio peligro en bajamar. Ya realizados los muelles, se ve por las protestas de los Solórzano, que las ymeas, aunque siguen gestando algún servicio, han dejado de tener esa impronta centenaria, pero no la parte abierta a la mar, donde sí se puede amarrar a las peñas o motilones de Santa Ana. La dársena que queda al hacer los cayos no es el lugar idóneo de resguardo, ni de las armadas, ni de las naves de comercio. Si que se amarran de forma permanente pequeñas lanchas que se pueden varar en las zonas arenosas y quizá alguna fusta o pinaza. Pero en invierno, la flota besuguera debe de quedar fuera por muchos motivos, está más segura afuera, amarrada a los mogotes porque la resaca que entra en la dársena, al arrastrar en bajamar los fondos contra el suelo rocoso, se hacen rumbos horribles en los fondos de las naves. Luego hay otra circunstancia que hay que contemplar, y es que lo mismo hasta hace poco, que en los tiempos de que estamos hablando -siglo XVI-, teníamos en Castro una considerable flota comercial ballenera y pesquera. La pesquera se hacía como casi siempre al alba, porque resulta que los sistemas de pesca así lo aconsejaban, y la flota besuguera no podía quedar en el puerto, porque a la hora de salir a la mar, podía estar la marea baja y las lanchas varadas. No quedaba más remedio que sacarlas fuera, como aún se sigue haciendo.

En la actualidad, ciertas resacas destrozan pequeñas embarcaciones en la dársena, y eso que el rompeolas ha matado más del setenta por ciento de las mares de fondo, que entran a la bahía. «A la fortaleza del sitio -sigue narrando el padre Henao-, corresponde la de los ánimos en sus naturales, inclinados desde los tiernos años a las armas, y a la Marinería, saliendo valientes en aquellas y diestro en ésta, y así con justa razón es reputado el Puerto de Castro por una de las mejores Escuelas de Marinería, de cuantas hay en las costas de España. Apenas se ha visto armada, en que no hayan sobresalido sus hijos, prestísimos en ofrecerse de suyo, y en acudir a cualquier llamamiento.

Las continuas levas han principalmente causado tanta disminución en la vecindad, y en las navegaciones, habiendo antiguamente en este Puerto trescientos vasos de navegar, entre grandes y pequeños con que frecuentaban los demás de España, Canarias, Francia, Inglaterra; y cada año iban a la pesquería de Terranova en compañía de guipuzcoanos y vizcaínos, y se hallaban los Reyes con prontos navíos para las ocasiones de guerra por mar, costeándoles el tiempo, que se valían de ellos, y licenciándoles la vuelta, acabadas la facciones y suele embravecer tanto en este paraje el mar, que muchas veces rompe los muelles, con ser en bastantemente fuertes y gruesos, y afirman los naturales desta villa haber en visto crecido el mar de manera que sobrepujó la altura de esta referida península y la altura de las murallas del castillo, y llevando parte de las almenas, que de más de ser en grandemente altas, está situado en lo más eminente desta dicha punta de tierra; habiendo tanta altura de allí a la mar que casi el mirarle desvanece la vista.

Y así hace semejante prodigio admiración, y no siendo tan afirmado así por los hombres de más importancia y crédito en el gobierno desta villa, y haberlo visto escrito, fuera muy difícil de creer, cubriendo así mismo toda la villa, arruinando gran parte de ella. Dicen duró tan temeroso suceso un día a su centro, dejando así la villa como lo demás descubierto y lleno de grandes pescados y con ser aquel lugar adonde tan acostumbrados están a verlos, se admiran la grandeza y forma de muchos de ellos que, embarazados, no se supieron recoger con las aguas y así lo hallaban en las calles y casas desta referida villa».

 

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