La fiesta eleva a la Virgen del Mar

Daniel Pedriza

Tres mil personas honran a su patrona y triplican la afluencia del año anterior que fue laborable | La jornada sirvió para conmemorar el 40 aniversario como patrona de Santander, y los 25 años desde la creación de la Hermandad que vela por la ermita y la imagen

Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

En la campa de la Virgen del Mar, el hilo musical es más bien una cuerda. Todo suena con un exceso de intención: la prueba de los micrófonos con los que se oficiará la misa y la música de los heladeros que llegan para coger sitio; el reguetón de la cafetería y los generadores de los puestos que empiezan a garrapiñar almendras. Son las diez de la mañana y el aparcamiento ya está lleno; los prados de alrededor se abren para acoger a los coches, que ocupan los montículos como animales estabulados. La luz presagia lluvia, pero entre paraguas y sillas portátiles, los fieles que acuden a la ermita empujan algo más que una silla donde sentarse. «Vengo a pedir salud, lo demás es secundario». Pepa del Amo avanza lentamente por el puente que une la isla con el recinto. «Vengo desde hace unos doce años, porque murió el hermano de una amiga y decidimos acompañarla», dice. A su lado está Carmen Burrull, que es de Zaragoza, y cuando lo dice le suena el deje maño como de lejos. ¿Ha cambiado la Virgen del Pilar por la Virgen del Mar? «Eso sigue siendo un empate», y se ríe con ganas porque hay que hablar de devoción, de fe, de algo que supera días festivos o laborables: «Yo nunca rezo, pero hoy sí». Y como si se le hinchara el pecho al decirlo, coge aire para avanza hacia las sillas vacías que la Hermandad de la Virgen del Mar ha dispuesto frente a la ermita. «Venimos una hora antes porque hoy es festivo y va a venir mucha más gente», vaticinan mientras se alejan. Y así va a ser.

Lo confirmará después Protección Civil que consultado por este periódico, cifró en 3.000 personas la asistencia a la fiesta, el triple que en la convocatoria anterior en las que el sol estaba asegurado, pero era jornada laboral (en 2018, hubo algo más de un millar de personas). «Hay que promocionar aún más esta fiesta», dice Isabel Gómez, vecina de El Alisal, y asidua a la celebración: «Cada año tiene más entidad». Y este año, ha sido así: «Nunca se sabe si vamos a acertar o no, pero por si acaso hemos preparado más raciones», dice María Luz Soria, una de las voluntarias que forma parte de la Hermandad de la Virgen del Mar. Se les diferencia por su atuendo blanco y azul, y por la premura que ponen en las tareas para que salga bien todo el programa de actos que ha culminado este lunes, con la procesión, la misa y la clásica degustación de las 'patatas a la campurriana'. También la Hermandad estaba de aniversario, ya que conmemoraba los 25 años desde su creación; un colectivo formado por la «mayoría de los vecinos de San Román» y que se encarga de la Virgen, el mantenimiento de la ermita y su culto.

Pulseras y rosarios

María Luz se encargaba de vender souvenires: «Pulseras, rosarios, recuerdos...». Nació en San Román hace 89 años y viene desde que tiene «un mes de vida». Se rompió la cadera hace un año y ahora no puede hacer la procesión: «Pero aquí estoy, con mi virgen», decía mientras echaba una mirada a la campa, cada vez más llenas las sillas, el prado con jóvenes tumbados, otros cuatro dándose un baño valiente, y en el bar, los chorizos asados y ensartados en largas dagas como si fueran banderillas, daban el aroma festivo a lo que estaba por venir. Porque todos los preparativos eran eso, una puesta a punto para recibir la procesión, con sus fieles sosteniendo a la Virgen, en alto los grandes remos de madera, y tules en tonos azules y blancos como redes de pescadores enredados entre las barandillas del puente. «¡Ya vienen'», empezaron a decir. Y ese hilo musical, que en las fiestas patronales más que un hilo es una cuerda, bajó todos sus volúmenes hasta el punto de que era la marea y el escurrirse de las olas lo que acompañaba a esa otra marea azul, la que portaba la talla de madera, con la representación política, con su arco de flores frescas, blancas y azules, en su bamboleante ascenso desde la iglesia de San Román de donde había salido hasta la ermita en lo alto de la isla, donde el obispo de la capital iba a oficiar la misa y a dar la eucaristía mientras las voces cantaban a la «reina de Santander» y la Banda Municipal ponía las notas.

No muy lejos de allí, una joven vestida con el traje típico regional, se hace fotos con el mar de fondo. ¿Estás nerviosa? Verónica Bada sonríe ante la pregunta. Tiene 18 años y sabe lo que va a pedir: «Que me ayude a aprobar los exámenes». Eso, y salud, añade alguien de su familia que la acompaña con el móvil en la mano. Inmortalizan el momento porque está a punto de debutar en la fiesta de la patrona, dentro de la actuación del Coro Ronda La Encina. «Empecé en la Escuela de Folklore de Santander y enseguida me ficharon», dice. Toca la pandereta y es la más joven de una formación vocal, que asegura con su fichaje la permanencia de una tradición que tiene en su voz el sonido de Santander la marinera, y en su traje regional la estética de la tradición a salvo.

Es el momento de la ofrenda floral, y después de que el obispo de Santander, Manuel Sánchez Monge, haga un llamamiento para la colecta con el fin de «restaurar el presbiterio de la ermita», dio paso a la ofrenda floral, un agradecimiento por los logros deportivos. Los primeros fueron el Racing de Santander, recién ascendido a Segunda División; después, tres jugadores del Bathco, y por último, el Club Deportivo San Román. Tras una multitudinaria eucaristía, la procesión se llevó a la Virgen alrededor del templo, y mientras tanto, el sonido festivo volvió a hacerse notar; la mezcla del reguetón con el ritmo de ese mercado pirata, recordando la leyenda de la imagen que robaron; los puestos de artesanía con parches y banderas negras en las que se venden peluches que ladran a pilas, pizzas y empanadas. «Esto no engorda», dice un corsario sonriente; «no engorda si no lo comes», le responde una mujer. El humor ya es parte de la fiesta. Arriba, las patatas forman una cola enorme, y al fin, cuando terminan de picar las campanas, el sol reluce por primera vez con hambre. A lo largo de la jornada se sucedieron actuaciones folclóricas, juegos y actividades infantiles, sorteos y un recital de Los Carabelas.