El último vuelo de Ruth

Ruth Beitia anuncia emocionada su abandono del atletismo en activo en presencia de su entrenador, Ramón Torralbo, que tampoco pudo reprimir las lágrimas. /Alberto Aja
Ruth Beitia anuncia emocionada su abandono del atletismo en activo en presencia de su entrenador, Ramón Torralbo, que tampoco pudo reprimir las lágrimas. / Alberto Aja

La mejor atleta española de todos los tiempos anuncia su retirada. Las lesiones han precipitado su adiós tras un 2016 mágico en el que se proclamó campeona olímpica. Ayer lo anunció en un acto en el que cedió su medalla de oro al Museo del Deporte de Santander

Aser Falagán
ASER FALAGÁNSantander

A los veinte minutos de rueda de prensa Ruth Beitia rompió a llorar. «¿Esto es lo que queríais?», decía mientras trataba de transformar las lágrimas en sonrisa cómplice. Tenía razón. Esa era la imagen. Un cuarto de hora antes la mejor atleta española de la historia había anunciado que abandonaba el atletismo. La vigente campeona olímpica de salto de altura, la única española que sobrevoló los dos metros (y los 2,02), la tricampeona de Europa, lo dejaba. Cuatro lustros de exprimir el cuerpo al límite pasan factura y el sóleo, una vértebra y el hombro le han dicho que no dan más de sí. Le han recordado que no es eterna, aunque lo parecía. Y han tenido que hacerlo a gritos, porque a sus 38 años estaba dispuesta a seguir.

No había sido una decisión fácil. Ni fue fácil transmitirlo, aunque estuviera arropada por su entrenador, su amigo, su «50%», Ramón Torralbo, y por la alcaldesa de Santander, Gema Igual. Aunque frente a ella, junto a los periodistas, estuvieran su madre y su hermana Inma, apoyándola en el mismo eje visual. Lo barruntaba desde hace seis meses, la decisión tomó cuerpo tras el Mundial de Londres y ayer escenificó lo que comenzaba a ser un secreto a voces: «Quiero contaros que dejamos nuestra vida deportiva, que todo lo que me ha enseñado el deporte, todo lo que he aprendido con Ramón, me toca llevarlo ahora a otro aspecto de la vida en el que el deporte siempre va a estar muy presente». El plural no es mayestático. Entiende su carrera como la de un equipo y quería decir exactamente eso: que lo dejaban tanto ella como Torralbo, que ya no la entrenará más, aunque el recién jubilado como director de la Escuela Municipal siga trabajando con sus otros saltadores en La Albericia.

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«Han sido seis meses complicados después de muchos años durante los que las lesiones nunca habían aparecido, así que ha sido algo difícil de afrontar», reconocía con voz entrecortada, pero todavía con fuerza para retener las lágrimas mientras la mirada de su entrenador comenzaba a humedecerse. Lo hizo justo después de ceder al Museo del Deporte de Santander el mayor premio al que un deportista puede aspirar: una medalla de oro olímpica. La de Río de Janeiro; esa que luce ya en la vitrina dedicada al atletismo de la Ballena.

Nueva etapa

Ese último salto ante los medios; el de verbalizar una decisión ya tomada y darla carta de oficialidad, era uno de los mayores de su carrera. El que la ponía final; un salto al vacío hacia una nueva vida alejada del atletismo; o al menos del atletismo en activo que, a juzgar por su emoción, da más vértigo que la caída de los dos metros. Ya no volverá a tocar el piano antes de cada batida, pero como cuando dejaba el tartán para atacar un listón sabe que la espera una colchoneta para amortiguar el golpe. Porque aunque no los desvela ya tiene planes de futuro. Los suficientes como para haber rechazado sustituir a Torralbo, recién jubilado por partida doble, al frente de la Escuela de Atletismo de Santander.

Ruth Beitia pone así fin a veinte años de carrera deportiva durante la que se ha convertido en la atleta con más títulos nacionales; la primera mujer española en proclamarse campeona olímpica. Junto a Fermín Cacho, la mejor atleta española de todos los tiempos. Y lo hace con una sonrisa, aunque en ocasiones no pudo esconder los nervios. «Ya he atravesado el duelo y ya he llorado mucho; ahora toca seguir sonriendo a la vida como siempre he hecho», decía ya repuesta de la emoción mientras se entrecortaba su hablar entre aplausos.

Se retira también consciente de que su figura será eterna, pero el cuerpo le pedía ya cuartelillo. Pero lo hace como pocos han podido: como vigente campeona olímpica y europea al aire libre. Motivos más que de sobra para mantener la sonrisa perenne y celebrar el adiós. Sí, celebrar. Porque anoche estaba citada con todo su equipo. Desde Torralbo y su hijo Sergio (su fisioterapeuta) a todos los compañeros y técnicos que la han acompañado en una aventura que estuvo a punto de terminar en 2012, cuando tenía previsto retirarse, pero que se ha prolongado otro lustro que la convirtió en un icono.

Punto de inflexión

Ni aquel 2012 ni durante esa larga prórroga que se concedió todas las lágrimas fueron de alegría. Sí la mayor parte, pero Londres quedará en su biografía como Zama en la de Aníbal. Allí saltó dos metros en los Juegos de 2012 para quedarse en el cuarto puesto -con la «medalla de chocolate», en palabras de Torralbo- y allí marcó el Mundial de este año, que disputó condicionada por las lesiones, el último punto de inflexión en su carrera.

«No sé si aquellos Juegos fueron el momento más duro, fue una circunstancia difícil, porque había decidido dejar el atletismo y esa era mi última oportunidad de cumplir ese sueño de subir a un podio olímpico -recordaba ayer-, pero la vida fue muy generosa con nosotros y después nos dio la oportunidad de ganar una medalla que no creíamos que pudiera ser de oro». Se animó entonces a confesar incluso sus temores durante aquella tarde -madrugada en España- de Río de Janeiro en que se convirtió en leyenda: «Cuando ya habíamos tirado el listón -siempre ese plural que incluye a Torralbo- y ya no teníamos nada que hacer, todavía quedaban tres por saltar y dijimos: 'Vaya por Dios, vuelve a pasar lo de Londres. Y lo de Pekín, porque aunque fuimos séptimos al final con las sanciones hemos sido cuartos. Pero fueron cayendo listones y fuimos subiendo poco a poco en el podio. No se me olvidará nunca en la vida, como no se me olvidará nunca ese abrazo con Ramón. Ese decir: 'Lo hemos conseguido'». Para entonces ya eran los dos, atleta y entrenador, o exatleta y exentrenador, quienes lucían una mirada rojiza y vidriosa.

De aquel Londres supo reponerse. Regresar a la élite después de la segunda bofetada en la Pérfida Albión era imposible. Los problemas que ha arrastrado durante este año, esos mismos que le impidieron luchar por las medallas en el Mundial londinense, han tomado la decisión por ella. Temió incluso sufrir una artritis, principal sospechosa cuando esos extraños dolores que tan pronto aparecían como desaparecían y migraban de una articulación a otra no terminaban de desaparecer. Los mismos que durante los últimos meses han convertido cada entrenamiento y, sobre todo, de cada competición una lotería. Pero no era eso. «Hemos descartado la artritis reumatoide; la que puede venirme de familia es la psoriásica, pero el doctor me dice que él cree que han sido sencillamente muchos años de trayectoria deportiva en los que he puesto el cuerpo al límite», explicaba tras comentar que en estos difíciles meses ha superado un problema en una vértebra y otra en el sóleo, pero que el peor contratiempo ha sido otro. «El hombro es el que más dolores me ha dado», decía antes de reconocer que algunos días llegó a tener incluso problemas para dormir.

No solo se termina una carrera deportiva, sino una convivencia de décadas: «Somos una pareja de entrenador y atleta que ha estado junta el máximo tiempo posible y no voy a decir que se rompe, porque eso suena muy mal, pero que hoy -por ayer- se separa en el tiempo». Como siempre, la santanderina tenía siempre presente a su entrenador. Y físicamente al lado, acompañándola en una experiencia que después de dos décadas en la élite tenía algo de salto al vacío. «Dicen que cogió un diamante en bruto y que lo pulió; así que será verdad», bromeaba recordando sus comienzos.

Y por si alguien no lo tenía suficientemente claro, dejó un mensaje sencillo, directo, diáfano: «Se despide el mejor atleta que ha habido en España en todos los tiempos». El mejor, no la mejor, para despejar cualquier tipo de duda o interpretaciones. Claro que ayer por la mañana en el Palacio de los Deportes de Santander Ramón Torralbo no era precisamente el paradigma de la objetividad.

Una despedida para sellar la leyenda

En la emoción, Ruth Beitia procedió ayer en su despedida deportiva como si fuera a ejecutar un salto. Primero la sonrisa nerviosa, como la preparación y el sprint; después la seriedad de la nostalgia, que vendría a ser el vuelo ascendente; y finalmente el sollozo inevitable, más próximo al descanso sobre la colchoneta. La mejor atleta española de todos los tiempos puso ayer fin a 20 años de carrera deportiva en el Palacio de Deportes de Santander con un regalo. «Incluso en un día como éste, ella vuelve a demostrar su generosidad», elogió la alcaldesa de Santander, Gema Igual, que le acompañó en el anuncio frente a más de una docena de medios regionales y nacionales.

Desde el interior de una gran 'pecera', la vitrina dedicada al atletismo en el Museo del Deporte de Santander, regidora y deportista simbolizaron la entrega del oro olímpico de Río de Janeiro a la capital cántabra. Así dispuesta tras la cristalera, inmóvil para las fotos en medio de ese escaparate donde depositó la medalla, parecía una figura de cera que la representara para la eternidad.

«He querido hacer esta despedida en casa, porque es aquí donde empecé y porque es aquí donde he querido poner el punto final», sentenció la campeona olímpica, que tras aguantar con entereza la emotividad de sus palabras, se derrumbó al escuchar los elogios de quien ha sido su amigo y entrenador durante todo este tiempo, Ramón Torralbo. «Con ella he logrado todo lo que podía soñar», sentenció antes de fundirse en un cálido abrazo con su discípula.

En el abrazo tomaron el relevo después otros muchos como su propia hermana Inma; su amiga y también deportista Saleta Fernández, considerada por algunos como la nueva promesa, quizá heredera de Beitia; su madre, su padre; el concejal de Deportes de Santander, Juan Domínguez, y varios periodistas que la han acompañado durante todo este tiempo.

«Os doy las gracias de veras porque el trato con todos vosotros ha sido exquisito. Habéis sabido siempre respetar la intimidad y me habéis ayudado siempre que lo he necesitado». La alcaldesa había previsto la escena, y sacó del bolso un paquete de pañuelos. Beitia cogió uno y se ventiló la cara con gesto de sofoco. Estaba muy emocionada; incluso pese a que hizo todo lo posible por contenerse. «Pero aquí, con todo vuestro apoyo, porque de verdad que no esperaba esta asistencia, me ha resultado muy emocionante». «Sé que queríais esto (por la emoción) y aquí lo tenéis», ironizó.

Fue el momento de hacer balance, de hablar de los logros y los fracasos, y de las lecciones aprendidas. «Ahora todo eso que me ha hecho crecer lo aplicaré sobre otros ámbitos de la vida», avanzó. Quizá en la política como diputada del Partido Popular en Cantabria. Y con el mensaje a los que vienen detrás fue clara: «Todo lo que he conseguido ha sido fruto de la constancia y la perseverancia. Absolutamente todo».

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