Estampas de verano | Sebrango

La vida en un pueblo vacío

Un cartel inclinado en medio del argayo indica al visitante que se encuentra en Sebrango./Juanjo Santamaría
Un cartel inclinado en medio del argayo indica al visitante que se encuentra en Sebrango. / Juanjo Santamaría

En Sebrango no vive nadie pero es visitado a diario desde que irrumpió el argayo en 2013

Rafa Torre Poo
RAFA TORRE POOSantander

La imagen desde lo alto de la Peña La Cotera, justo en la cumbre donde termina la vía ferrata, es dantesca. Una enorme lengua de tierra -ahora seca- se desliza ladera abajo en forma de siete. Las casas que aún quedan en pie parecen bolos a punto de ser derribados. Es Sebrango, el pueblo que hace seis años estuvo a punto de ser destruido por un gigantesco argayo. Pero la imagen es aún más espectacular a la entrada del pueblo. Para llegar hay que desviarse en la carretera de acceso a Mogrovejo. Un estrecho vial en el que, a veces, desaparece el asfalto. «Ahora mismo está bastante controlado. Hace mucho que no se mueve», explican en uno de los bares del pueblo de al lado. «Pero que nadie se le olvide: la montaña sigue viva. No se puede bajar la guardia», advierten.

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Nada más llegar se constata la fuerza con la que la naturaleza estuvo a punto de sepultar por completo este núcleo. «Ya sabes, el agua llama a la tierra», explica uno de los vecinos de Los Llanos que vivió de cerca «aquella pesadilla». Ahora nadie habita allí, aunque sí hay evidencias de presencia humana en este enclave de Camaleño. Media docena de gallinas, dos gallos y una pareja de pavos corretean en un pequeño corral de la zona baja del pueblo.

Desde dentro, aún se ven los efectos del corrimiento de tierra. Farolas con los cables colgados totalmente inclinadas o torretas de la luz con la misma inclinación que la Torre de Pisa. Ascendiendo se ve una casa que se quedó a medio construir. Era de ladrillos, revestida de piedras y de dos plantas de altura. Es en la zona alta, donde se observa más vida. Hay una huerta perfectamente cuidada. Los tomates están tienen flor y las cebollas están casi listas para ser arrancadas. El perímetro lo pueblan numerosos rosales que lucen vistosos en una calurosa mañana de julio. En un cobertizo, se guarece un pequeño tractor en perfecto estado. «Sube gente a diario pero por la noche no duerme nadie», explican en Mogrovejo. El Gobierno regional tomó la decisión de indemnizar a los vecinos para que no siguieran allí. Era demasiado peligroso.

Sebrango, sobre todo en verano, es un foco de atracción para los turistas que visitan pueblos abandonados y catástrofes naturales. «No son muy numerosos pero sí se les puede ver de vez en cuando», apuntan en Los Llanos. Cuentan que suelen ser curiosos que se adentran dentro de las casas y sacan fotos. Porque acceder a uno de estos inmuebles es como detenerse el tiempo. Concretamente, a junio de 2013. Algunas casas incluso han sufrido robos de las pocas pertenencias que había dentro cuando las abandonaron pero otras continúan cerradas a cal y canto.

Al viajero le llama la atención una canasta de baloncesto. Es de madera: el tablero y el aro. Está a punto de caerse del lugar de la cuadra donde aún resiste colgada. En el interior un enorme bidón de aceite y restos de libros y papeles desperdigados por el suelo. Incluso algún elemento decorativo de madera sigue en las vigas de unas ruinas que en su día fueron un hogar.

Desde este punto se puede observar unas canaladuras en el argayo. Sirven para que desagüe el agua de la lluvia y el desprendimiento no continúe con su avance. Fue uno de los objetivos del Gobierno regional, que colocó puntos de filtración para secar la tierra. Jesús y Francisca, dueños del mesón Los Molinos en Los Llanos, muestran su disconformidad. «Nos han metido todo el agua aquí», afirman. «Antes el agua de Sebrango caía al Deva por tres puntos distintos, pero ahora el vecino que va todos los días ha hecho unas canalizaciones que dirige todo el caudal hacia aquí», lamentan.

Viajeros curiosos

Fuera, en la carretera que une Potes con Fuente Dé, se detiene un vehículo poco antes del cartel que anuncia Mogrovejo como Pueblo Bonito de Cantabria. «¿Saben cómo podemos llegar a Sebrango?», preguntan. «Somos de Zaragoza. Queremos hacer fotos, siempre que vamos a algún lugar que está abandonado paramos. Se crea una atmósfera particular», sentencian antes de dirigirse a lo que hasta hace unos años fue una tranquila localidad de este idílico valle lebaniego.