El último baile de Tom Petty

D. Morris

El músico americano deja un legado de oficio ejercido con clase y composiciones que forman parte de la historia

Pilar González Ruiz
PILAR GONZÁLEZ RUIZSantander

Bastaban tres acordes para saber que era él. O más bien, una de sus canciones, que es en realidad todo uno. Tom Petty había conseguido ese sello propio al que aspira cualquier músico. Y lo hizo sin aspavientos, sin escándalos, alejado de aquellos focos que no fueran los que iluminaban el escenario.

Cuando la noticia de su muerte se hizo viral la noche del lunes, algo se encogió dentro de miles de amantes de la buena música con sabor añejo. Los mismos que después se agarraron a esa mínima opción de error que decía que no, que aún quedaba Petty para rato. Pero no pudo ser. Tenía 66 años y era uno de los más respetados exponentes del rock americano.

Junto a su banda, los Heartbreakers, acababa de cerrar una gira que sugería de despedida. Cuarenta años de carrera jalonados de éxitos atemporales, envejecidos sin mácula. De composiciones sencillas sobre perdedores. Historias protagonizadas por chicas atormentadas para las que llegaba el último baile. Provocación y libertad. Todo remozado con ese estilo americano que encarnaba todo él.

Seamos claros; no tenía la presencia de Springsteen o la profundidad de Dylan. Su voz nasal no era un torrente y no pasará a la historia por ser un virtuoso. Pero no necesitaba nada de eso; había conseguido ser él mismo. El equilibrio entre las partes. La suma que da pie a figuras imperecederas. La creación del mito a golpe de emoción universal.

Había en sus movimientos un deje lánguido, lacio como su rubia melena, una lentitud desafiante. Sus ojos azules de párpados caídos encajaban en un rostro anguloso de sonrisa burlona. Nunca quiso profundizar en el cómo de sus composiciones. «Simplemente encuentro algo con la guitarra, y lo sigo», decía. Y de ese camino surgieron perlas de melodías perennes.

Concierto en Londres

Su chica americana ('American girl') nació en 1976. Cuatro décadas después, más de 60.000 gargantas le gritaron al unísono ese «take it easy, baby» del estribillo. Era el 9 de julio, una soleada tarde en el londinense Hyde Park. La única parada de Tom Petty en Europa. Le costaba cruzar el charco a este intérprete de la vieja escuela que se sentía mejor girando en casa. Para recordar su anterior visita es necesario remontarse al año 2012. Por España no pasó nunca. Por eso Londres, este año, era una cita con aura de oportunidad. Quién sabía si volvería a Europa. Poco podíamos imaginar quienes vivimos esa tarde de comunión en torno al rock, que sería la última ocasión de verlo en este continente.

No hubo sorpresas. Su repertorio fue el mismo de tantas noches; ¿por qué cambiar cuando tienes la apuesta ganada? A su alrededor, una banda con galones. Mike Campbell, magistral a la guitarra, el teclista Benmont Tench, Ron Blair al bajo, Scott Thurston como comodín y Steve Ferrone como baterista inconmensurable. Sólo faltó el bajista Howie Epstein, fallecido en 2003, y que había formado parte de la banda durante 20 años. Los Heartbreakers han sido la escolta de Petty durante cuatro décadas; con ellos grabó 13 discos. Desde los primeros pasos de título homónimo en el año 76, hasta 'Hypnotic Eye', publicado en 2014. Sólo esa colección serviría para encumbrarlos a los altares del rock. Pero hubo más.

Su obra

Amante de los Byrds y los Beatles, Petty navegó también en solitario. De ese enredo, que no fue tal nació una de sus joyas: 'Full Moon Fever' (1989). Cabe decir que era una solead irreal, pues la banda seguía más o menos presente en toda la grabación. Una colección de canciones que se paseaban por el rock and roll, las baladas y los medios tiempos folk. La experiencia se repetiría con el mismo truco años más tarde, con la publicación de 'Wildflowers' (1994).

Como en tantas historias iniciáticas, juntarse con unos amigos a hacer canciones fue también el punto de partida de una formación irrepetible: The Traveling Wilburys. Se pueden mencionar de corrido, pero vale más pararse a pensar lo que está detrás de cada nombre: Tom Petty, Bob Dylan, George Harrison, Roy Orbison y Jeff Lynne, que finalmente se convertiría en productor de Petty y artífice de su relanzamiento tras una etapa oscura en los años 80.

Además del reconocimiento, el músico de Florida se ganó el respeto. El lamento por su pérdida ha sido unánime en los mentideros musicales. Ryan Adams, Gene Simmons, Anthony Hopkins (que protagonizó el videoclip 'I forgive it all', incluido en '2' de Mudcrutch), Billy Idol o John Mayer son solo algunos de los personajes que han lamentado su repentina pérdida. La estela que deja Petty es larga, y son muchos quienes beben de sus influencias, reconocibles en cientos de canciones a lo largo de los años. Aprendieron a volar bajo el ala corta de su chistera.

«No podemos reducir a este señor a un amasijo de tópicos -decía tras el shock un periodista musical que asistió aquella tarde al ya mítico concierto de Londres- Amamos a Tom por su obra y esas canciones son inmortales». No le falta razón.

La capacidad de emocionar invariablemente es parte de su legado. Porque las canciones de Tom Petty tienen algo de lugar al que regresar en busca de sentimientos ya conocidos, de abrazos cálidos y rebeldes rugidos que no asustan. De momentos irrepetibles que no dejan de sucederse. Son un refugio seguro al que pertenecer. Y lo serán, ya para siempre. Esa es su magia.