Atletismo

Beamon celebra en Santander su gran salto

Bob Beamon, en el aire durante el salto de 890 centímetros que le inmortalizó en elEstadio Olímpico de México. A la derecha, el míto en la actualidad./EFE
Bob Beamon, en el aire durante el salto de 890 centímetros que le inmortalizó en elEstadio Olímpico de México. A la derecha, el míto en la actualidad. / EFE

El saltador, que llegó este miércoles a España, recibirá en el Paraninfo de La Magdalena el premio especial de los periodistas cántabros como anticipo de la Gala del Deporte

Aser Falagán
ASER FALAGÁNSantander

18 de octubre de 1968. 15.40 horas. Robert Beamon, A.K.A. Bob, dorsal 254, es a sus 22 años un joven y prometedor saltador. Debuta en la final. Tiene el mejor registro del año: 8,33, dos centímetros por debajo de la plusmarca mundial. Es el favorito, pero no tanto. En el concurso clasificatorio ha estado a punto de quedarse fuera. Dos nulos y un último vuelo de 8,11 metros. Mira concentrado el foso del Estadio Olímpico de México. Comienza a ladear el cuerpo, se inclina y arranca la carrera. Casi cinco segundos de sprint. 19 zancadas y batida. Casi un segundo en el aire. Cae; rebota despedido. Da dos brincos, se gira. Mira al foso y comienza un curioso ritual. Lo celebra. No se sabe si salta o baila; se pavonea confuso; es consciente de que ha hecho algo grande, pero desconoce el qué y no sabe muy bien cómo reaccionar. Desconoce el sistema métrico decimal. Parece que el salto es largo. Mucho, a tenor de lo que le ha dicho uno de los jueces mientras sus compañeros echan mano de la cinta métrica. El medidor óptico no está preparado para una distancia imposible.

Algunos jueces le miran divertidos. Trota solo y feliz por el tartán; nada que ver con las imágenes con la bandera y acólitos actuales persiguiendo la foto. Es 1968, es México y no hay apenas flashes. Choca las palmas con sus compañeros al llegar a su zona. Entretanto, los jueces se han acercado a medir. Se miran unos a otros. Confusos; alucinados. Se agolpan cada vez más. Ya sobre el propio foso. El público se levanta. Beamon comienza a ser consciente de lo que ocurre. Sigue trotando y esboza una sonrisa. Y al fin aparece la marca: 8,90. Se lo traduce su compañero y adversario Ralph Boston, el mismo a quien se había abrazado tras el salto: 29 pies y dos pulgadas y media. Acaba de superar en 55 centímetros el récord mundial de Igor Ter-Ovanesjan. El magnífico Príncipe Igor, ejemplo del poderío soviético, parece de pronto diminuto. El espigado neoyorquino, ahora sí, estalla de júbilo y emoción. Poco importan los 2.240 metros de altitud y los dos metros por segundo de viento a favor. Su marca es de otro siglo. De otro planeta. De otra especie. De súbito le tiemblan las piernas. Cae al suelo. Rompe a llorar de la emoción. Huérfano de madre, unos años atrás estaba en un reformatorio. De repente, una leyenda. Nunca repetiría algo igual.

El récord duró 23 años, hasta que otro estadounidense, Mike Powell (Filadelfia, 10 de noviembre de 1963), desafió a la gravedad en Tokio en 1991 para convertirse en otro mito y superar la marca que parecía imbatible. Cayó a 895 centímetros. Hoy, 27 años después de esa gesta, nadie ha vuelto a hacerlo. El salto de Beamon (Nueva York, 29 de agosto de 1946) sigue siendo el segundo mejor de la historia. Y le sigue afanando un buen pedazo de gloria. Como él se la quitó al Hijo del Viento, un Carl Lewis que parecía llamado a recordar a Beamon que era mortal, pero ese mismo día se quedó en 8,87. A ocho centímetros del -comparativamente- semidesconocido Powell. A día de hoy es también el tercer salto de la historia.

La historia mola, ¿no? Pues todo el que quiera la podrá escuchar de primera mano en el Paraninfo de La Magdalena, donde el neoyorquino volador estará este sábado. En el cincuentenario de su gesta, esa misma que acaba de celebrar en la Ciudad de México como uno de los actos estrella de la conmemoración de aquella gesta, Beamon viaja a Santander para recibir el Premio Leyenda Olímpica de los periodistas deportivos cántabros. En un acto con acceso libre hasta completar el aforo, recogerá el galardón como anticipo de la Gala del Deporte de Cantabria, a la que no podía asistir por cuestiones de agenda. Pero sí acepto la invitación y estará este sábado en Santander. Antes en el Ayuntamiento, donde firmará en el libro de honor, y después en un acto en el que participarán medallistas cántabros.

La marca duró 22 años, 10 meses y 22 días, y la de Beamon es una historia que evoca las de otros grandes pioneros como Fosbury y Owens. Su marca era virtualmente imposible para cualquier humano, incluido para él. Esas 19 zancadas y 93 centésimas en el aire que le sirvieron para trasladar sus 191 centímetros a casi nueve metros convirtieron a un gran saltador en un atleta inmortal. Se entiende mejor si se tiene en cuenta que desde aquel mágico momento en el que el tiempo se paró en México su mejor salto fue de 8,22. También una excelente marca -la plata de México estuvo en 8,17-, pero solo en el recibidor del Olimpo.

Desde aquellas 93 décimas existe un concepto en atletismo: el beamonesque. Un lexema reservado para lo imposible. Los Chuck Norris Facts del deporte. En aquellos Juegos de México cayeron muchos récords gracias a la altitud, el viento y, en algunos casos como el salto con pértiga, la mejora de los materiales. Pero si alguien se volvió eterno fue Bob Beamon. El mismo que ahora ha volado un poco más lejos y un poco más alto para conocer la remota Cantabria. De momento ya ha llegado a San Sebastián y el fin de semana estará en Santander. Una ciudad pequeña y lejana para un neoyorquino, pero también la ciudad de la vigente campeona olímpica de salto de altura. Otra forma de ponerla en el mapa para la leyenda. La leyenda de Beamon y su salto eterno.

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