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Lagarde 'asciende' a jefa de las finanzas europeas tras haber dirigido las internacionales

Christine Lagarde. / Efe

Su «negligente» actuación en el 'caso Tapie' cuando era ministra en Francia no le ha impedido granjearse un gran prestigio en sus ocho años al frente del BCE

José Antonio Bravo
JOSÉ ANTONIO BRAVOMadrid

No es cuota femenina, sino prestigio internacional acompañado, eso sí, de cierto grado de carambola política. Porque Christine Lagarde, de ideología liberal y que nació en París justo con las primeras luces de 1956, fue la primera mujer en dirigir el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 2011 y, ocho años más tarde, se convertirá también en la primera presidenta del Banco Central Europeo (BCE) cuando el italiano Mario Draghi deje el cargo el próximo mes de octubre. Lo primero lo ha hecho con brazo fuerte y en lo segundo también precisará de un grado de resolución similar, como su antecesor.

La diferencia es que cuando aterrizó en el FMI -donde ha desempeñado dos mandatos consecutivos como directora gerente-, tenía entre sus tareas más importantes mejorar la imagen de la institución tras las salidas prematuras de su antecesor y compatriota Dominique Strauss-Khan, Rodrigo Rato y el alemán Horst Köhler, las tres en la década precedente. En el BCE, por el contrario, su reto a los 63 años será más de fondo y menos de forma, pues le tocará ver cuándo y cómo se puede pasar de la política de estímulos financieros que ha sostenido gran parte de la recuperación económica europea los últimos años a una estrategia financiera más clásica, volcada en unos tipos de interés que están en su mínimo histórico desde marzo de 2016.

Estilizada en su figura y hasta cierto punto atlética, su afición deportiva se tradujo durante la adolescencia en la práctica de la natación y, más en concreto, en la modalidad de sincronizada donde llegó a competir con la sección de su país. Su entrenador le decía antes que apretara los dientes y sonriera, y ese gesto casi se ha convertido en su carta de presentación en muchas comparecencias -igual que en privado lo son su abanico y un chal que suele llevar en su bolso-, ya sea para hablar de los problemas de apalancamiento en muchos países y empresas, o bien de la guerra arancelaria que tanto puede perjudicar el crecimiento económico mundial.

Cursó estudios de Derecho y de Ciencias Políticas para orgullo de sus padres, una pareja de profesores que siempre la tuvieron en gran estima: la primera de cuatro hermanos y la única mujer. En realidad, casi toda su vida ha estado abriendo puertas que parecían cerradas hasta entonces. Finalizada su etapa universitaria empezó a trabajar como abogada y en 1981 fue fichada por el prestigioso bufete internacional Baker McKenzie. Comenzó como especialista en cuestiones laborales, de competencia y en operaciones corporativas; 13 años después ya era socia ejecutiva en su oficina central de Estados Unidos y en 1999 se convertía en la primera mujer que lo dirigía.

Sarkozy, su mentor político

En el verano de 2005 los cantos de sirena de la política la convencieron para dejar el sector privado. El 'culpable' fue el dirigente conservador Nicolás Sarkozy, quien utilizó para ello su nombramiento como ministra tras llegar a la presidencia de la República francesa. Primero la designó al frente de la cartera de Comercio Exterior y luego como responsable del poderoso departamento de Economía y Finanzas, que terminaría convirtiéndose en su trampolín internacional gracias a que de forma temporal -en razón de su cargo- pudo presidir una temporada el Ecofin, que reúne a todos los ministros europeos del ramo, y el propio G-20.

El escándalo de índole sexual de Strauss-Khan cuando aún dirigía el FMI obligó a Sarkozy a mandar a su ministra al otro lado del Atlántico para no perder cuota de poder francesa en la esfera internacional y, de paso, aprovechar simbolismos de género. Sin embargo, Lagarde se ha granjeado su propio prestigio en uno de los puestos de mayor poder en la economía internacional coincidiendo con una de las peores crisis de su historia -Grecia sabe bien como se las gasta-, que ha terminado superando con nota alta y solo una tentación a sus espaldas, igual que en las de millones de personas en todo el mundo: el chocolate con leche, por el que siente verdadera debilidad.

El único suspenso relevante de su carrera procede de esa etapa política y tiene el apellido de Tapie, el controvertido empresario francés que fue compensado por el Estado con 405 millones de euros en 2007 a raíz de una operación fallida que, en realidad, tenía el halo de ser un caso de posible corrupción. Lagarde dio el visto bueno como ministra de Economía, aunque el protagonista era amigo personal del presidente Sarkozy. En diciembre de 2016 fue condenada por «negligencia», si bien logró evitar la cárcel. Fue el final agridulce a un largo proceso de cinco años, donde el tribunal tuvo en cuenta para no sancionarla tanto su «reputación internacional» como su «personalidad». Ella, mientras, asistía desde Washington con aparente tranquilidad al desenlace del único 'tropiezo' de su carrera que terminaría quedándose solo en eso.

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