Conversación con el Minotauro

Lo que nos falta, sobre todo, es definir por qué nuestra función en España sería vital para ella. Pronto hará 37 años que no sabemos qué contarle al Minotauro

Juan Luis Fernández
JUAN LUIS FERNÁNDEZ

En su sentida y original 'Noticia de Cataluña' (1954), el gran historiador Jaume Vicens Vives admitía que los catalanes nunca han sabido cómo gestionar el Minotauro, ser mítico con que él simbolizaba el poder, y por momentos el poder central español. O se han pasado de sumisos, o de ilusos, o de rebeldes, pero jamás han alcanzado una relación equilibrada. Quién podría negarlo hoy, a pesar del tiempo transcurrido desde ese análisis. Gerundés brillantísimo, Vicens murió en Lyon en 1960 tras dura enfermedad; acababa de cumplir 50 años y era internacionalmente reconocido.

Pero, como tantos otros catalanistas, tendía a creer que la gripe española les afectaba a ellos más que a los demás, porque el problema del catalanismo es el de sentirse no víctima, sino 'la victimísima'. Un poco como aquel que decía: «Yo de antes era un soberbio, pero me he corregido y ahora ya puedo afirmar que soy el más humilde del mundo». Para que verifiquemos la universalidad de la gripe, vamos a describir el Minotauro en Cantabria en algunos rasgos aún frescos en la memoria.

Podemos (central) ha descabezado a la dirección de Cantabria y dinamitado las primarias. Los adalides de la democracia desde la base acaban en la más directa dedocracia desde la cúspide, al nombrar una comisión gestora, o pastora, no lo leí bien.

A su vez, quien debiera ser máximo representante del interés progresista cántabro hacia el exterior, el líder del PSC-PSOE, es en realidad un empleado subordinado jerárquicamente, como delegado del Gobierno, a la persona (central) ante quien debería reclamar. Nos imaginamos cómo tiemblan los bonsáis de Moncloa con las llamadas desde Calvo Sotelo.

El Partido Popular (central) ha dado la noticia de la semana al designar su candidata autonómica. Doy al lector por instruido, que lo mucho cansa.

El Partido Regionalista, nominalmente en el poder, solo controla, debido a la ansiedad con que negoció en 2015, uno de cada diez euros del Presupuesto, porque los otros nueve los domina su socio, teóricamente minoritario.

No ha habido aún ocasión para que otras siglas como Ciudadanos, Vox o Izquierda Unida se vean en un contexto de discrepancia entre Madrid y Cantabria sobre algún punto interesante. No podemos prejuzgar qué sucedería: quizá haya excepciones que confirmen la regla. Pero la regla empírica parece evidente. Cantabria experimenta, no en un partido u otro, sino en todos los terrenos, dificultades enormes para establecer sus derechos como agente político autónomo. En casi cuatro décadas no se ha conseguido, lo que genera la duda de si será posible o es vana fantasía. En algún otro artículo he tratado de explicar mi particular interpretación, pero voy a intentar hoy ser más claro.

La cuestión de fondo es que, no habiendo estadistas en España capaces de ver la funcionalidad de Cantabria dentro del país, frente al eje Bilbao-Barcelona y ante la implosión asturiana y de las comarcas que bordean la cordillera Cantábrica, tiene que haber necesariamente en Cantabria personas que lo sepan articular y hacer valer. O si no, será un caso perdido.

Está muy bien lograr audiencias nacionales y popularidad panhispánica, pero sólo es de utilidad pública cuando se aprovecha para hacer avanzar la agenda de los temas cántabros por su función en España: comunicaciones estratégicas, apuesta por la ciencia y la tecnología, polo cultural, Valdecilla y el reto de la nueva medicina, tejido industrial de referencia, la gestión del cambio climático, y una inclusión social que también debe ser 'smart'. Es decirle al Minotauro: «Chato, tenemos que hablar».

Sería un error óptico atribuir todo este 'dependentismo' cántabro solo al paisaje político. En realidad, constituye una evolución cada vez más marcada de la región en sus diversas esferas vitales. La proporción de trabajadores a pensionistas no es buena y será peor en el futuro, por lo que dependeremos del resto de España. Que nuestra economía y nuestro empleo lleven tanto tiempo creciendo por debajo de la media nacional supone que nuestros servicios esenciales, incluida la autonomía, sólo podrán financiarse desde la solidaridad común. El retroceso del campo necesitará también un soporte continuo de subvenciones y ayudas externas. Y en último término, algunos de nuestros motores industriales van a depender de reuniones muy lejanas, como hemos visto con el cambio de manos de Robert Bosch o la planta de cloro de Solvay, o como puede pasar con Sidenor y otras compañías, pues un mercado global lleva a decisiones globales. Si ya cualquier región europea ve muy limitada hoy en día su capacidad de maniobra ante las realidades del mercado, convertirse en región de perfil declinante agravaría esta ausencia de libertad colectiva.

No quisiera ser pesimista: Cantabria tiene todavía posibilidades de fijar su función en España y extraer de ella una etapa de prosperidad. En parte nuestro mundo universitario ya lo ha demostrado, con sus centros de investigación. La calidad de Valdecilla es de nuevo reconocida a un nivel alto. El Banco Santander y su accionista de referencia mantienen un compromiso con proyectos importantes. Los vuelos baratos sitúan Europa Occidental a dos horas de Santander.

Se dice que nos falta conectividad, suelo productivo, inversión empresarial. Puede ser, pero lo que nos falta, sobre todo, es definir por qué nuestra función en España sería vital para ella. Pronto hará 37 años que no sabemos qué contarle al Minotauro sin que se duerma como una oveja tras zamparse nuestros sobaos. Cuando lo sepamos y nos mire con los ojos abiertos de par en par, Cantabria será realmente autónoma.

En el cuento 'La casa de Asterión', Borges nos presenta el monólogo de un Minotauro lleno de angustia y soledad. Al final, el héroe ateniense Teseo, que mata al monstruo, informa a la heroína que le había proporcionado el hilo para salir del laberinto: «¿Sabes, Ariadna? El Minotauro ni siquiera se defendió». Esto nos enseña la vulnerabilidad del poder: hemos de hablarle a su angustia y soledad, pero, si nos limitamos a pasear por su laberinto, nos devorará.