La guerra de las montañas

Imagen que demuestra que los barcos podían navegar por el río Barbadún. /Jesús Garay
Imagen que demuestra que los barcos podían navegar por el río Barbadún. / Jesús Garay

Las luchas fueron tan encarnizadas que, tras la batalla, se daban de plazo hasta 10 días para contar los muertos

JAVIER GARAYCastro Urdiales

Es muy curioso cuando escucho la palabra 'Guiri', los matices que conlleva y el tono despectivo con que se profiere a veces. No escribiré, por vergüenza ajena, como son tachados a veces los emigrantes cuando nosotros lo fuimos y más cuando se decía que América fue poblada por castreños al quedar el pueblo vacío después de las pérdidas de las colonias de ultramar y que tanta mano de obra necesitaba para levantar los países independizados. Tanto fue que hasta se fundó un pueblo con el nombre de Castro Urdiales en la comarca de Mendoza -vean el Espasa-, aunque hoy en día es solo un lugar casi desaparecido de la geografía. La voz 'Guiri' viene de las guerras carlistas, por la hebilla de los cinturones de la Guardia Real -R.G. o Guiri-.

«Castro Urdiales tente tieso, que Laredo ya calló, los caballos de los guiris Navarrete los llevó». Así rezaba una redondilla en la última carlistada y que como estamos viendo tanta desdicha trajo a Castro Urdiales y su comarca. Muchos castreños murieron en la contienda de Somorrostro, Abanto y las Muñecas. Las luchas fueron tan encarnizadas que, después de la batalla, se daban de plazo hasta 10 días para contabilizar a los muertos, ya que morían más en las camillas de la Cruz Roja, por las terribles heridas infectadas, que en el mismo campo de batalla. Las armas no eran de destrucción masiva, como se dice ahora, a veces se luchaba a espada y hasta a estacazos y las balas y bombas de los cañones hacían a veces menos daño que caerse del caballo, por lo que no era extraño que después de la lucha, los caídos en batalla fuesen unas cuantas docenas y al de 10 días cientos. Todo esto está confirmado en rica documentación en los archivos y en publicaciones de la época, donde el periodismo de guerra fue plasmado con intensidad en la prensa de entonces y en la Ilustración Española y Americana en particular.

Los heridos recuperables los embarcaban rápidamente a Santander en barcos preparados para ello y los puestos de la Cruz Roja castreña a veces pedían ayudar hasta a los heridos menos graves por la llegada masiva de ellos. Un día 24 de marzo del año 1874, un soldado carlista, de nombre Francisco Erausquin y que con el tiempo llego a ser un vecino castreño de pro, historiador y cronista culto que escribió en los diarios del lugar, decía en La Ilustración de Castro, un 24 de marzo de 1935 y con el título de Hechos Históricos lo siguiente referente a la última carlistada: «Verdaderamente de crimen horrendo puede clasificarse el que se llevó a cabo por la soberbia del dominio de España y que en el día de hoy justamente hace 61 años en el valle de Somorrostro a consecuencia de tener sitiada y muriéndose de hambre por los carlistas, la villa de Bilbao y a las que las tropas del gobierno o los «Guiris» como nosotros los llamábamos, querían salvarlos y el día 24 de marzo del 1874, los 'Guiris' quisieron romper el cerco carlista, cogiendo el pico del Montaño para de allí, con el dominio de la artillería de la que nosotros carecíamos, salvar Bilbao, ya que desde Santander enviaban a Castro Urdiales y de aquí las dirigían a Somorrostro fuerzas considerables». Pero como los carlistas, en previsión y falta de artillería, habían preparado una cantidad de ruedas de vagones sueltas, a la vez de hacerlas alguna, aunque débil resistencia, les iban poco a poco, cediéndoles el terreno. Cuando les pareció llegada la oportunidad, echaron a rodar sobre ellos todas aquellas ruedas, haciéndoles retroceder tumultuosamente unos sobre otros y al mismo tiempo se les echaron encima 24 batallones carlistas que estaban preparados, detrás de aquellas montañas. Hicieron una terrible carnicería quedando en menos de una hora, más de 4000 muertos y otros tantos heridos...

Cuando llegaron las noticias a Castro, el pueblo lloró consternado, se redoblaron los esfuerzos y hubo heridos que iban a ser evacuados y voluntariamente se quedaron aquí para ayudar en lugar de embarcar para los cómodos hospitales de Santander. Se habló de un tal Fluctuoso, venido de la parte de Zamora y trabajador de las minas de Abanto que, sin una pierna y una pata de palo que él se fabrico, se convirtió en el paladín de la caridad y se le veía calleja arriba, calleja a bajo ir a los hospitales de sangre a dar consuelo a los más necesitados, pues no había tantas manos para curar tantas heridas, ni tantas palabras para consolar a los más graves, que morían en un goteo continuo. Ese día de 24 de marzo de 1874, las lanchas de Castro, aun con el riesgo de ser cañoneadas, se adentraron por el Barbadún y embarcaron a docenas de heridos que andaban desperdigados por campo y veredas en lamento continuo. En tierra, cortejos de dolor, transitaban, a veces molestándose por caminos intransitables y atajos espeluznantes para poder agilizar la evacuación de los centenares de heridos. También los pescadores castreños en sus lanchas se volcaron tanto como los servicios de tierra, llevando vituallas a las tropas y costeando para no ser vistos en un trasiego de cabotaje humano que merece ser recordado. Muchos de aquellos remeros, solo una década atrás, fueron los que consiguieron la gloria en la bahía de Santander para Castro al ganar la regata delante de la reina de España y que a Barbieri le dio motivos para componer la primera jota del regateo.

Mucho duró esta contienda y muchos fueron los muertos y heridos irrecuperables que con el tiempo fueron cruelmente olvidados, como olvidados fueron aquellos soldados desconocidos que, viniendo derrotados de las colonias de ultramar, eran traídos a España como vulgar ganado, desembarcados y dejados a su merced, a que llegasen andando y heridos hasta sus lugares de origen, allá de lejos a veces hasta León, Palencia, Burgos etc. Muchos de estos macilentos soldados que dormían a la intemperie y pasaban por Castro Urdiales fueron atendidos por la Cruz Roja castreña, hasta su recuperación, ya que muchos venían enfermos y heridos, como leeremos en siguientes artículos.