Santander Music, en busca del equilibrio

María Gil Lastra

El festival cántabro cerró su última edición con 27.000 asistentes y plantea posibles cambios para el próximo año

Pilar González Ruiz
PILAR GONZÁLEZ RUIZSantander

Apenas unas horas han durado a la venta los primeros abonos para el Santander Music 2018. Sí, 2018, cuando aún parece que no hemos dejado del todo la campa y el olor a mar mezclado con decibelios. Todavía no se conoce la programación, pero el tirón del evento ha hecho que los más fieles respondan a la llamada agotando esa primera oferta. La segunda tirada ya está disponible por 35 euros. 105 si se elige la versión Premium.

El festival cántabro se ha ganado a su público edición a edición. En agosto de 2018 celebrará sus décimo aniversario. Una cita que se prevé especial, aunque de momento no se pueden adelantar detalles de lo que está por venir y que, a tenor de la organización, puede incluir cambios importantes.

La cita que acaba de terminar ha sido el colofón a doce meses de actividades, uno de los grandes retos de un acontecimiento que quiere asentarse, expandirse, llenar el calendario y las calles de la ciudad. Convertirse en una referencia habitual del sector cultural eliminando el componente estacional y extraordinario. Para lograrlo, el equipo que trabaja en el diseño y producción del Santander Music ha apostado por ir más allá del escenario y la música. Arte, exposiciones, diseño, teatro, danza, literatura. Todo tiene cabida siempre que aporte. No se trata de llenar huecos sino enriquecerlos.

La filosofía de trabajo que une a quienes están detrás de cada cartel, aboga por la calidad. Por contenidos con contenido. No se trata de masificar, de estar a la última moda si no añadir un valor. Se cuidan los detalles. Y así, se logran los resultados. Este año, unas 27.000 personas se han movido por la campa de la Magdalena, la zona de acampada en Mataleñas, y los escenarios diurnos repartidos por la calle Sol, Tetuán y las terrazas del ferry. Bajo la atenta mirada del kraken diseñado por Bakea, se calculan unos ingresos para la ciudad que rondan los 3 millones de euros. La música genera economía.

María Gil Lastra

La sorpresa ha saltado en esta ocasión con el perfil de público asistente. «Al diseñar el cartel con bandas que se alejan del segmento juvenil teníamos la duda de la respuesta», dicen desde la organización. ¿Y cuál fue esa respuesta? «Espectacular en presencia y disfrute del recinto. Mayor que antes». Este resultado tiene la lectura de que el espectro de asistentes ha valorado más el cuidado recinto, su comodidad, accesibilidad y el diseño de los entornos paralelos, como el mercadillo o la zona gastronómica. Mención aparte a la replanteada zona Premium, que lejos de ser una estabulación de invitados, se concibe como un espacio agradable, con zona de restauración y punto de paso para artistas, promotores y otros personajes del sector musical.

¿Será este perfil más maduro el nuevo horizonte del Santander Music? No es descartable, pero para ello es necesario el equilibrio. Se trata, no solo de una cuestión de gusto hacia lo que definen como «la línea editorial del cartel», sino de cuadrar las cifras. Competir con eventos de mayor tamaño no es una opción, ni por filosofía ni por posibilidades de espacio y localización. «El objetivo no debería ser meter 15.000 personas por noche», insisten, «cambiaría el concepto tal y como se concibió; asentar el festival más allá de la masificación».

Detrás de la marca, convertida en un referente cada vez más definido, hay un inversor que se la juega con cada edición y al que una noche como la del sábado, con la lluvia haciendo acto de presencia, puede suponerle «un descalabro». Por suerte, contar con la solvencia de unos empacados Lori Meyers, con un directo impecable, ayudó a reconducir la situación para dejar al público satisfecho, que es de lo que se trata.

El ‘pequeño’ festival santanderino ha sido una de las escasas plazas donde este año se han personado Los Planetas. Los granadinos, subidos a un pedestal que picotea de aquí y allá para dar como resultado un estilo propio, con aficionados y detractores por igual, dieron uno de los mejores conciertos que se recuerdan en el variable devenir de la banda. Lograr que actuaran en Cantabria era una oportunidad promocional de primer orden que no ha trascendido como ocurrió el año pasado con el malogrado concierto de Enrique Bunbury. Terminado el evento, y en comparación con la mayoría de festivales del sobrexplotado panorama nacional, parece que el respaldo institucional ha sido más bien tibio. «Nos gustaría que el apoyo fuera mayor, pero deberíamos poder sobrevivir sin él», afirman desde el Festival si bien consideran que si en la apuesta del Ejecutivo prima la calidad, el Santander Music se encuentra «infrautilizado».

Así las cosas, con la campa aún en fase de desmontaje y sin haber parado a descansar y reflexionar, la organización cree que de cara a 2018, «todo está muy abierto». Se mantendrán los minuciosos trabajos de diseño y programación. “Nos gustaría que este año el autor fuera cántabro, pero aún no está decidido”. Las actividades paralelas se repetirán. “La literatura cada vez funciona mejor”, destacan. Pero, aunque parezca una contradicción, si no hay cambios antes puede que los haya después y que afecten a la duración del evento como tal.

Para la lista de referencias pasadas quedan las tres jornadas aún calientes en los oídos del respetable. Otra muestra de ese equilibrio ansiado. Sólo así se puede mezclar la intimidad de Mr. Ward, defendiendo a pelo un concierto de ‘delicatessen’, con el azote de experiencia rock de Los Deltonos, la juerga pop que abandera Sidonie y el refrescante estilo de Nothing But Thieves. O el sonido de apisonadora de Triángulo de Amor Bizarro y el desparpajo ochentero de The Vaccines. Y en medio, escenarios de día y de noche, música ocupando las aceras, gente disfrutando en su propia ciudad y la medalla de haberlo logrado un año más.

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