Tres investigadores de la UC sacan sus tesis del laboratorio para llevarlas a las empresas

Marina González, en el laboratorio del CTC./
Marina González, en el laboratorio del CTC.

Son los nuevos doctorados industriales, ligados a proyectos reales de compañías cántabras

JOSÉ CARLOS ROJOSantander

Solo la innovación puede contrarrestar la pujanza de las economías emergentes. Europa puede abaratar aún más la producción industrial, pero tal vez es más útil aprovechar la I+d para dotar al producto de un valor añadido, algo para lo que en España falta tradición. Ni la universidad tuvo nunca la trasferencia de conocimiento como una prioridad ni la empresa buscó soluciones en los laboratorios. De unos años a esta parte, gracias a la crisis, ese esquema está cambiando.

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«La universidad suele centrarse en la ciencia básica, y la empresa busca siempre la vertiente más aplicada, la que revierte en un beneficio inmediato, pero ahora parece que ambos mundos se están empezando a entender mejor», explica Marina González (31 años), licenciada en Química y uno de los tres ejemplos de doctorados industriales que el campus cántabro ha puesto en marcha este curso. «El programa está muy bien porque te permite estar trabajando al tiempo que haces un doctorado, y eso no es nada fácil. Ganan ambas partes, la universidad porque está facilitando la trasferencia de conocimiento, y la empresa porque adquiere innovación», concreta la investigadora.

125.000 euros invertidos

La UC invirtió este año 125.000 euros en el nuevo programa de posgrados ligados a la empresa. Un plan de acción que saca las investigaciones del laboratorio para trasladarlas a varias firmas cántabras de perfil tecnológico en un proyecto real que incrementa la competitividad de sus productos o servicios. «Es de esperar que el doctorado industrial favorezca la inserción laboral de investigadores en las empresas desde los inicios de sus carreras profesionales y promueva la incorporación de talento en el tejido productivo para elevar la competitividad. Algo que por desgracia está aún poco desarrollado», señala la catedrática de Química Inorgánica Carmen Blanco, que dirige la tesis de Marina González, vinculada al Centro Tecnológico de Componentes (CTC), donde sondea las infinitas posibilidades de nuevos nanomateriales. «Hay aplicaciones del grafeno que pueden ayudarnos a capturar CO2 para luego reutilizarlo de forma selectiva», concreta González sobre su investigación.

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En Alemania, Francia, Inglaterra o EE UU, por poner algunos ejemplos, el doctorado es lo más parecido a la excelencia profesional. Cotizados al alza, estos profesionales gozan de mejores sueldos, y sobre todo de mejor reputación. «En España parece que lo normal es que alguien que hace la tesis trabaje en la universidad, dando clase. Es ahora cuando se está empezando a ver que damos el salto a la empresa», concreta Jéssica Gutiérrez (30 años), del Departamento de Ingeniería de Comunicaciones. Su tesis está ligada al proyecto 'Terasense': «Tiene que ver con las ondas milimétricas de banda W, que se aplican a varias cosas, desde la interpretación de tejidos en medicina hasta la detección de armas en aeropuertos», matiza la joven, ingeniera de Telecomunicaciones, que ha encajado su proyecto en la empresa cántabra de base tecnológica Erzia.

Las 'Spin off'

El sector de las telecomunicaciones es quizá uno de los más avanzados a su tiempo en el tejido empresarial cántabro. Algunas empresas que funcionan hoy fueron en su día 'Spin-off' universitarias, y muchas de ellas conservan estrechos lazos de colaboración con el campus. «Lo atestigua el hecho de que recientemente nuestro grupo de investigación ha presentado dos tesis de sendas personas que trabajan en empresas del sector en Cantabria», cuenta Juan Pablo Pascual, codirector de la tesis de Jéssica Gutiérrez junto a Tomás Fernández, ambos del Grupo de Radio Frecuencia y Microondas. «En España la falta de incorporación de doctores a la empresa procede de la desconfianza de que su experiencia doctoral pueda ser realmente útil», agrega Pascual.

Por eso hacer el camino inverso puede ayudar a abrir algunas puertas. El físico Mariano Rodríguez decidió emprender un doctorado este año, a sus 41 años, después de 18 de trabajo en Apia XXI. «Mi acercamiento a la tesis tiene que ver con la solución de problemas. Queremos desarrollar un método para anticipar la demanda y congestión de infraestructuras de transporte, algo necesario para su diseño y administración», afirma. El trabajo, tutorizado desde el Departamento de Transportes de la Escuela de Caminos, está supervisado por el director de ese centro, José Luis Moura.

«Creo que el problema es que la universidad debe inculcar desde el primer curso la vocación más investigadora. Al final, cuando terminas la carrera, muchas veces lo que menos piensas es en investigar, sobre todo porque lo que quieres es salir a la empresa privada pero, ¿acaso no puedes investigar para la empresa privada? ¿Acaso no es bueno eso para mejorar la competitividad del sector privado? ¿No son los doctorados los mejor preparados para hacer esto?», argumenta Rodríguez, responsable a día de hoy de la división de planificación de infraestructuras de la empresa cántabra.

Desde la dirección de la Escuela de Caminos la iniciativa se contempla desde un punto de vista más global: «La universidad puede ser una máquina de generación de propuestas innovadoras pero que, aunque cada vez en menor medida, puede caer en el error de ser propuestas alejadas del mundo real». «Por eso este acercamiento propiciado por el programa de doctorados industriales es una oportunidad para trabajar de forma conjunta para definir, acotar, desarrollar e implementar medidas innovadoras de verdad», zanja Moura. «Incorporar personal con mayor cualificación es para la empresa una ventaja competitiva. También consolida una relación universidad-empresa que puede florecer por otros caminos».

 

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