Aquellas Nochebuenas...

Aquellas Nochebuenas...

Recuerdo cómo eran las cenas familiares en otros tiempos, donde abundaban las carencias

Javier Rodríguez
JAVIER RODRÍGUEZSantander

La cena de Nochebuena constituye actualmente, en general, sinónimo de gran comilona. Hasta tal punto que resulta imposible tragar al cien por cien lo que, en múltiples casas, se coloca encima de la mesa. ¡Imposible! Suele sobrar, como mínimo, la mitad. En otros tiempos, bien lo saben quienes peinan canas, no era así. De entrada, porque la abundancia sólo existía en el capítulo de las carencias.

¿Qué se cenaba, entonces? Pues, por ejemplo, para que se hagan idea las nuevas generaciones, un menú ideal podía ser: primer plato, sopa de ajo; segundo, chicharro al horno (con rodajitas de limón metidas en él) acompañado por patatas. Todo, eso sí, muy bien elaborado por mamá en la cocina de carbón. De postre, un poco de turrón de lo duro y un poco de lo blando. Y si la cartera lo permitía, incluso algunas figuritas de mazapán. Por supuesto: las personas más humildes no veían el cava nada más que en los anuncios. Estaba la situación económica como para burbujas…

Existío, sí, un tiempo en el que no se habían inventado los langostinos, ahora protagonistas estelares de la mayoría de hogares tanto en Nochebuena como en Nochevieja. Bueno, ni los langostinos ni los patés ni tantas y tantas cosas ricas que se cenan hogaño. El panorama gastronómico era, a la fuerza, muchísimo más modesto. Pero, ojo, no por ello la cena resultaba menos agradable que en la actualidad. Al contrario: era más, ya que lo poco que existía se compartía. Quien disponía de ellas aportaba otras viandas. Y el personal, tan feliz.

En aquellas nochebuenas se conversaba en familia. Sí: se con-ver-sa-ba. Bla, bla, bla. Cara a cara. Mirándose a los ojos. Nadie estaba pendiente de la tele porque la mayoría de la gente no la tenía (y pocos la radio), ni, como ocurre hoy día, de los móviles, tablets, etc, que nos acercan a quienes están lejos y nos alejan de quienes están cerca. Empero, se percibía una atmósfera especial. Esa que se crea siempre cuando los ciudadanos carecemos de lujos y las circunstancias obligan a que nos centremos en lo sustancial de la vida: el calor de la familia, los amigos y el amor.

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