«Es bueno saber que hay alguien que se preocupa por ti a 4.000 kilómetros»

Los niños bielorrusos disfrutan junto a miembros de las familias de acogida tras la comida de despedida en Angostina el domingo./Antonio 'Sane'
Los niños bielorrusos disfrutan junto a miembros de las familias de acogida tras la comida de despedida en Angostina el domingo. / Antonio 'Sane'

13 niños bielorrusos afectados por el desastre de Chernóbil que han pasado el verano en Cantabria se despiden de sus familias de acogida

PALOMA G. SOROASantander.

26 de abril de 1986. Para muchos esta fecha es insignificante, pero ese día cambió la vida de millones de personas. Entre ellas están las de nuestros 13 protagonistas, procedentes del sur de Bielorrusia, una de las zonas donde más afectó el desastre nuclear de Chernóbil. Muchas familias y, ahora, sus descendientes, aún arrastran problemas.

Fundada hace cuatro años por tres familias, la Asociación Acobi Castro acoge a niños bielorrusos que sufren o han sufrido los efectos de aquel accidente o presentan situaciones desfavorecidas. Cada verano, un grupo de menores del sur de Bielorrusia (una de las partes más afectadas por la explosión) viajan hasta Cantabria y pasan dos meses con sus familias de acogida. De esta manera, disfrutan de un verano distinto al de su lugar habitual y, además, «reducen su radioactividad en un 50%», como explica Mireia Marcaida, cofundadora de Acobi Castro. En breve regresan a su país de origen, y el domingo celebraron una comida de despedida con sus familias de acogida.

Sesenta días. Ese es el tiempo que disponen los menores bielorrusos para dejar de lado temporalmente su problema. «Aquí disfrutan y hacen cosas de niños», cuenta Mónica Gutiérrez, madre de acogida de Iryna. «Mi niña, mi hija, vino hace tres años por primera vez, cuando tenía ocho», continúa. Iryna al principio no se relacionaba con su familia cántabra, sólo con otros niños. «Yo veía que los niños bielorrusos en las otras familias llamaban a sus padres de acogida 'mamá' y 'papá', y en cambio ella a nosotros no, y pensábamos que algo pasaba», explica. La pequeña creía que si les llamaba 'mamá' y 'papá' no iba a volver con sus padres biológicos; le explicaron que sí volvería a casa y «desde ahí la niña se relajó y nos presenta siempre como 'tito' y 'tita'. Desde entonces se le nota mucho más contenta y más cercana», continúa contando Mónica.

«Cuidamos de los menores y les enseñamos que aquí pueden disfrutar como lo que son, niños» Mireia Marcaida | Cofundadora de Acobi Castro

«Luego está la cuestión emocional», apunta Mireia; «ciertos niños tienen carencia emocional importante y el saber que tienen a una persona que se preocupa por ellos, aunque sea a cuatro mil kilómetros de distancia, eso también les reporta estabilidad, y a mí me hace feliz».

Durante el tiempo de acogida, sobre todo al principio, hay momentos duros de adaptación ya que vienen sin entender qué hacen aquí y, muchos, sin conocer a nadie. Pero luego todas las familias coinciden en que es una satisfacción tenerlos en casa y poder verlos crecer año tras año. «Siempre que me preguntan yo recomiendo esta experiencia. Recibes mucho más de lo que das y lo único que les digo es que necesitan mucho cariño y paciencia para dar. Nuestra vida es mucho más feliz desde que Iryna viene cada verano», concluye Mónica Gutiérrez.

Chema Helguera y su mujer conocieron Acobi Castro buscando por internet asociaciones para acoger niños. «Nosotros tenemos dos hijos», explican, «y lo primero que hicimos fue preguntarles qué les parecía que acogiéramos a un niño bielorruso. Estuvieron encantados desde el primer momento». Pero con dos condiciones: «Que fuera niño y más pequeño que ellos, y así podrían cuidar de él». Al principio no sabía español, pero gracias a sus hermanos españoles y a las tecnologías «conseguimos entendernos». Ahora Anatoli habla español perfectamente.

«Recibes más de lo que das. Nuestra vida es mucho más feliz desde que Yrina viene cada verano» Mónica Gutiérrez | Madre de acogida

Esta asociación organiza actividades para que los niños también disfruten de tiempo juntos. «Cuidamos de ellos y les enseñamos que aquí pueden disfrutar como lo que son, niños», señala Mireia, Todos los años celebran un mercado acompañado por actuaciones de magos y grupos musicales. Otra de las actividades fue la de plantar árboles en la residencia de ancianos de Castro; iban dos días a la semana a plantar árboles en tiestos; e año que viene se trasplantarán al monte. «Así, cuando regresen aquí los niños verán el progreso de sus arbolitos», concluye Mireia.