Un día a la carta del ciclista

El pelotón de la Transcantábrica se estira durante la marcha de ayer. /DM
El pelotón de la Transcantábrica se estira durante la marcha de ayer. / DM

La IV Marcha Transcantábrica, que reunió a 360 cicloturistas, tuvo todos los ingredientes para pasarlo bien: puertos, sol, ambiente y emoción

Marcos Menocal
MARCOS MENOCALSantander

Tres curvas y a la tercera... Una rampa de 80 o 90 metros perpendicular y de camino al cielo. Así, con este escenario, terminaba la IV Marcha Transcantábrica celebrada ayer en Mataporquera para los 380 participantes. Los ideólogos de la prueba decidieron apostar por un muro, al más puro estilo del Giro o de la Vuelta, escondido entre las calles de la localidad campurriana. «Es distinto y es una forma bonita de acabar», decía minutos antes de comenzar a pedalear Igor Antón, exciclista profesional y que precisamente sabe lo que es levantar los brazos en las rondas italiana y española. El vasco estuvo acompañado de varios amigos de pelotón, David López (ex del Sky) o David de la Fuente, vecino campurriano a quien le falta tiempo todos los años para apoyar la causa.

Lo del muro fue una sorpresa que a más de uno le dejó sin aliento, pero a nadie le cogió a contrapié la dureza de Cieza, el atractivo de San Cipriano, la eterna y agónica belleza que transcurre por Palombera y las dichosas rampas de El Bardal, cuando ya casi se saborea la olla ferroviaria. Porque en la Transcantábrica los puertos son muchos y numerosos, pero todo acaba en torno a una mesa con unas patatas con carné cocinadas en esas ollas peculiares. Signo de identidad.

El termómetro rondaría los 17 grados cuando a las 9.00 horas tomaron la salida de forma neutralizada los valientes junto al Museo del Ferrocarril de Mataporquera. Por Santander amenazaba niebla, pero en cuanto se ascendía Reinosa la esta mpa era de color azul. Para los muchos que llegaron desde la Meseta -Valladolid, Palencia...- ni rastro de la niebla. La temperatura se puso juguetona porque al mediodía, en esos tramos de Palombera en los que el sol quiso se rondaron los 28 y los 30. Faltaba el aire, pero el coloso de la Marcha está rodeado de arbolado y la sombra dotaba a los ciclistas de una bendita escapatoria.

Un muro final con rampas vertiginosas fue el protagonista, previo a la olla ferroviaria de patatas con carne

Bajar, subir, bajar, subir...

Para el amante a la bicicleta, ¿qué hay más gratificante que un descenso espectacular? El de Las Hoces de Bárcena no tiene parangón. La Guardia Civil y la organización guiaron a los corredores a gran velocidad hasta el Collado de Cieza. Allí las piernas empezaron a quejarse. Las exigentes rampas del puerto, de apenas tres kilómetros -un poco más- fueron el primer colador de esfuerzos. «Vamos, que ya acaba», se escuchaba gritar a los aficionados, compasivos, desde las cunetas. Después de un reagrupamiento, llegó el ascenso a San Cipriano, ese que se suele hacer en albarcas en otra fecha, y sus rampas atormentaron un poco más los corazones de los ciclistas, que ya empezaban a palpitar como el de un niño ladrón.

«Un poco de plátano. Una barrita y algo de bebida isotónica». «Yo quiero una Coca-Cola», decía uno de los atrevidos que se avituallaban en la cima del puerto. Risas, bromas y jadeos. Y desde allí, con la escolta de las autoridades que redujeron un tanto la velocidad a los primeros para que se reagrupara un poco la Marcha, se puso camino al 'coco' de la jornada. «Toma, ¿quieres un cruasán?», bromeaba David López. El vasco sería el que más rápido subiría poco después Palombera. El excorredor del todopoderoso Sky de Froome, ahora ya fuera del pelotón profesional, es un enamorado de marcar los mejores tiempos en las cimas de los puertos. Una manía de chaval. «¿Quieres agua?», le decía De la Fuente a Antón. Tanto monta, monta tanto. Y así comenzó la procesión de los más de 300 cofrades por el irrepetible puerto de Palombera; con público en las cunetas, con sol en lo alto, sombra divina, las tudancas de espectadoras y algún pajarraco planeando por si acaso alguna presa se ponía a tiro.

Y el Bardal, un enemigo por medio, y el muro... Diego Noriega, un cántabro que corrió a las órdenes de Alberto Contador en su equipo, fue el que menos tiempo tardó en merendarse el muro. Luego López, Antón, De la Fuente y 300 historias de superación y alegrías. Y todas ellas, las historias, las contaron en el comedor improvisado que se montó en al plaza de Mataporquera ¿Qué hay mejor que vivirlo? Pues contarlo.