Montañero, sí hay camino entre libros

Un hombre camina por un parque de Moldavia. // AP
Un hombre camina por un parque de Moldavia. / / AP

«Mucha gente va a la montaña en coche. Tarda media hora en llegar desde la ciudad, pero se pierde el viento, los olores, la luz. Yo prefiero dedicar un día a llegar andando. Es como construir una amistad: necesitas tiempo», asegura el explorador Erling Kagge

ÁLVARO SOTO

Comer, respirar o dormir son actividades primarias del ser humano que en un mundo tan acelerado como el actual han creado a su alrededor una filosofía: los restaurantes ya son experiencias culinarias, respirar bien ayuda a vivir bien y el reposo, en lugares como Silicon Valley, se ha convertido en obsesión.

En la misma línea, un gesto tan natural como andar se ha puesto de moda y se ha transformado en una nueva forma de vida. En contraposición a coger el coche para comprar pan en la tienda de la esquina, ahora andar, por la ciudad o por el campo, para ir a trabajar o para subir al monte, es tendencia, y un buen puñado de libros trata de explicar sus beneficios.

El explorador noruego Erling Kagge (Oslo, 1963), que ha recorrido el Polo Norte y el Polo Sur y ha ascendido el Everest, cita a Antonio Machado («Caminante, no hay camino, se hace camino al andar»). «Un amigo lo tradujo al noruego y fue un regalo. Machado estaba escribiendo de mí. Hay un único camino, es el tuyo, el que tú creas al andar», explica con emoción Kagge, que acaba de publicar 'Caminar' (Taurus), un libro que invita al lector a frenar en su día a día.

«Uno de los grandes malentendidos de nuestra vida es asociar velocidad con progreso», cuenta este aventurero, abogado y empresario, que en la senda del filósofo Henry David Thoreau, cree que hay que conocer la naturaleza caminando. «Mucha gente va a la montaña en coche. Tarda media hora en llegar desde la ciudad, pero se pierde el viento, los olores, la luz. Yo prefiero dedicar un día a llegar andando. Es como construir una amistad: necesitas tiempo», afirma Kagge, que recuerda los beneficios físicos del paseo: «Quien camina vive más. La memoria se desarrolla, la presión sanguínea disminuye y el sistema inmune se vuelve más fuerte. Pero siendo todo esto importante, caminar representa mucho más que eso».

Callejear sin rumbo

También se desenvuelve por senderos y montañas el navegante y naturalista británico Tristan Gooley, que en 'Guía para caminantes' (Ático de los Libros) ofrece una serie de consejos prácticos, acompañados por reflexiones sobre la naturaleza, para disfrutar de largos paseos por el campo. En 'Wanderlust' (Capitán Swing), la ensayista Rebecca Solnit sostiene que caminar es un gesto revolucionario.

Callejear sin rumbo, perdido en los pensamientos y dejándose sorprender por la ciudad, tiene una larga tradición que muchos escritores parecen revivir en este tiempo. Antonio Muñoz Molina ha publicado 'Un andar solitario entre la gente' (Seix Barral) y 'La revolución de las flâneuses' (Wunderkammer, 2019), de Anna Maria Iglesia, reivindica el derecho de las mujeres, tantas veces limitado en la historia, a ocupar el espacio público. Flora Tristán, George Sand, Virginia Woolf, Luisa Carnés o Las Sinsombreros se asoman por unas páginas que recuerdan a las mujeres que quedaron ocultas bajo el prestigio literario de sus pares masculinos, los 'flâneurs'. De un modo similar, 'Flâneuse' (Malpaso), de Lauren Elkin, indaga en las mujeres que encontraron la inspiración en las calles de las ciudades.

En 'Microgeografías', Belén Bermejo fotografía los rincones más bellos de Madrid. Y Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) ha descrito sus paseos por los 21 distritos de la capital en 'La ciudad infinita' (Reservoir Books). «En las grandes ciudades, residamos en el centro o en la periferia, todos acabamos haciendo la vida en nuestro barrio y salir de él nos parece a veces un gran viaje», explica este escritor, que cree que «andar es zen».

«Desconectas, te olvidas de la tecnología y del móvil y el tiempo adquiere otra dimensión», señala. Y además, sirve para hacerse un mapa de la ciudad en la cabeza, afirma Fanjul. En su recorrido, visitó las zonas ricas y las pobres de Madrid y descubrió que «andando se ve mucho más la desigualdad».