Palazón: «Me interesa que la gente conozca la ocarina»

Jesús Palazón /Javier Rosendo
Jesús Palazón / Javier Rosendo

El artesano y músico Jesús Palazón es un romántico sagaz, al que no le gusta que le digan «florituras»

Lucía Alcolea
LUCÍA ALCOLEACabezón de la Sal

Dice Jesús Palazón que en el fondo de la bahía de Palma de Mallorca debe de haber varias de sus ocarinas, «porque tiraba las que me salían mal». Es un artesano de este instrumento de viento de origen italiano, al que ha dedicado y dedica parte de su vida. Jesús disecciona la fisonomía de la ocarina como si fuera un cuerpo humano. Habla de ciencia en términos emocionales y además toca el piano, el acordeón y «un montón de instrumentos» que se olvida de nombrar. También pinta. El ser humano le encanta y le desencanta al mismo tiempo y no se lleva bien con las nuevas tecnologías. Es un romántico sagaz, al que no le gusta que le digan «florituras».

-Decía usted que existe una idea distorsionada sobre la ocarina. ¿A qué cree que se debe ?

-Porque circulan muchas mentiras por Internet y la gente se piensa que la ocarina es cualquier instrumento de barro con agujeros que suena si se sopla.

-¿Y no es así?

-No. Es un instrumento de barro, que nació en Budrio, un pueblo 20 kilómetros al Norte de Bolonia. Fue inventado por un panadero llamado Giuseppe Luigi Donati, que a raíz de un juguete que vendían en la feria en forma de oca fue configurando el instrumento, añadiendo agujeros y cambiando la embocadura.

-¿De dónde viene su interés por este instrumento?

-De niño, me pasaba muchas horas enfermo en la cama y una vez vi una ocarina en un libro y me encantó, por lo que me pedí una para Reyes. Me trajeron una de celuloide porque ya no existían las auténticas de barro. Yo suspiraba por una ocarina de barro. En los años siguientes, viajé intentando recuperar algunas ocarinas en anticuarios de Inglaterra, Francia y Alemania y logré hacer una buena colección. Pero aun así veía que las que yo tenía seguían sin ser como las originales, que faltaban notas y agujeros y que no afinaban como yo deseaba.

-Y entonces decidió hacerlas usted mismo.

-Hay que tener en cuenta que se trata de un instrumento tan atractivo como difícil, porque es muy fluctuante. Su afinación es como la voz humana. Con 23 años hice mi primera ocarina y logré que sonase, lo que ya era mucho. Tiempo después empecé a cambiar formas y tamaños y a partir del año 1996 comencé a trabajar con más seriedad científica, con patrones y reglas establecidas. Hay que tener muy en cuenta las distancias y los diámetros, porque es un aerófono donde el aire está encerrado y la respuesta por tanto es diferente. Cuando se terminan los diez agujeros ya no hay más notas y mi obsesión siempre ha sido ampliar esta extensión de notas del instrumento, y según cómo lo hagas, resulta que de la última nota puedes sacar tres o cuatro de propina. Esto me ha permitido hacer muchas cosas.

«La imbecilidad americana, tristemente célebre, nos ha salpicado»

-A base de ensayo y error

-Continuamente. La distancia entre un agujero u otro supone que en vez de salir un Sol, salga un Do.

-¿Busca la perfección en el sonido?

-No, porque cuando la perfección es máxima el aburrimiento ya es solemne. Busco un equilibrio más bien y quiero lograrlo respetando el diseño original, sin hacer formas extrañas.

-¿Cómo suena?

-Tiene un sonido muy particular. A mí lo que me interesa es que la gente vea que no es ningún juguete, sino un instrumento de verdad.

-¿Cómo despertar el interés de la gente por la ocarina en el siglo de las nuevas tecnologías?

-Ahora hablamos de la gran transformación que ha experimentado el individuo humano, por eso hay que encontrar la grieta por la que meter el cuchillo. Hay muchos perfiles humanos y existe la sensibilidad.

-Sin embargo, asistimos a una especie de 'esterilización' de los sentimientos.

-Sí y en todos los ámbitos. Es la cara perversa de la tecnología. Yo no estoy en contra de las nuevas tecnologías, porque resulta admirable que para operar un aneurisma cerebral ya no tengas que abrir el cerebro, pero también nos han impuesto muchas cosas y eso me enfurece. No entiendo por qué en un bar tiene que haber dos pantallas de televisión. Las pantallas separan a las personas y las inmovilizan. Anulan la creación. En este sentido, la imbecilidad americana tristemente célebre nos ha salpicado.