Los artesanos de la pesca

Varias escenas de pesca de la familia Garay-Salazar./J. Garay
Varias escenas de pesca de la familia Garay-Salazar. / J. Garay

Todos los boteros del puerto teníamos un apodo y mi padre era el rey del salmonete, pues siempre venia cargado de ellos

JAVIER GARAYCastro Urdiales

Los boteros eran aquellos grupos de pesca familiares que se pasaban sus conocimientos unos a otros y no solo de pesca y utensilios, sino que eran quienes mantenían el léxico del puerto puro hasta casi la actualidad, desde aquella lejana fecha de 1296 en que se formo la Hermandad de Puertos en Castro Urdiales, conocida en todo el mundo como La Hermandad de las Marismas, imagen y semejanza de la liga Hanseática, que agrupaba a puertos de varias naciones del Norte de Europa. «Encapilla la tallesta al carel, que se maca la sereña y nos quedamos sin zapi», me ordenaba mi padre para poner una defensa de madera en la regala del barco para que no se rozase la línea de pesca y faltase el zapi o socala. Hay que entender que los boteros, y hablo de hace muchos años, eran los auténticos artífices de la pesca. Corrían la costa y las abras, pero nunca se alejaban de ella, ya que sus lanchas sin cubierta eran sepultura abierta como canta el adagio y como aconteció en severos naufragios.

Al llegar las máquinas de vapor, cambió un poco el concepto, pero hubo familias que se mantuvieron firmes en los botes hasta casi el final del siglo XX. Se conocían la costa de este a oeste, sus calas, entradas y salidas, playas, sabían de la epacta de los tiempos por el oreo o reseca, si recalaba mal tiempo en uno o dos y hasta tres y cuatro días. De sistemas de pesca ideados por ellos mismos, como la pesca del rochel o pescar congrios en las noches de otoño e invierno. Pescaban al embalo o carraca, al sejo y al alba, con espineles, palangres y palangrones. Usaban nasas y aparejos de fibra vegetal que ellos mismos elaboraban, incluso tejían cabos para el amarre con varillas de velorto, flexibles y duras. Armaban sus propias redes y se decía en el puerto que mi abuelo Pedro Evaristo Garay inventó la red de cerco. Sabían de manjúas, de mamíferos marinos, de cantiles, esquinas de rocas, manchones, basales, de roca dura o blanda, de arenales y cascajos, de peces de limpio y roca o de peces de cantil. De cómo se movía la pesca según las mareas y la luna, si estaba el agua clara o gorda, lertigas o trapisondearas, de macareo y murmujura o si venía la corriente del este o del oeste y cómo afectaba a los peces. De las subidas y bajadas de presión. Y cientos de cosas más imposibles de poner en esta limitada crónica.

Hablaré de los años en que fui botero y cómo mi padre me fue enseñando los antigüos sistemas y formas de pesca que a él le trasmitieron los suyos y así para atrás sucesivamente. Solo llevábamos doce redes y comenzábamos a largar una a una por los manchones de los Hoyos en Allendelagua y nos dejábamos caer hasta los de Jurisdicciones en Cerdigo, pasando luego hasta la cala de las anclas en Sonavia. Una a una, íbamos tapizando los manchones donde, al alba, se darían cita para comer los salmonetes, que era lo que buscábamos, aunque caían otros peces, pero la economía estaba en los salmonetes. Siempre largábamos una hora antes de salir el sol y según este astro asomaba las barbas por el horizonte, recogíamos, porque en ese momento, cesaba la actividad del pez. Otras veces, largábamos las betas en los manchones de las fontanas del Rebanal y así pieza a pieza íbamos dejando los lugares de pasto del barbo cubierto. La red era una trampa y nosotros éramos tramperos, porque el pescador fue y es el trampero de la mar, con sus aparejos, astucias y artimañas.

Comenzábamos en el Rebanal, otra red en la Pepina, otra en la Conejera, otra en los cantiles del Campo Santo y asi pasábamos a Cotolino, Arciseri, Socovio y hasta debajo del cargue de Dícido y la Tejilla que es la ensenada de Saltacaballo y la Gorda. En cada lugar una red de 50 metros, ya que los manchones son pequeños, pero frecuentados por peces ya que el manchón es una tierra fértil donde se encuentra comestina, sobre todo pequeños crustáceos y gusanas, que es lo que buscaban los barbos o salmonetes. Y asi íbamos largando hasta el Verdín, que era el fin de la costa de nuestra jurisdicción marítima, en el Covarón. Bueno, una vez de todo largado, se esperaba a que amaneciese y pronto alabamos la que habíamos largado la última. Nos íbamos a la penúltima desmallando los peces y palmeando la red y así sucesivamente y terminábamos cuando halábamos la ultima, que era la primera que habíamos largado. Así era en verano, el resto del año andábamos al palangre, que lo dejaré para otro artículo. Esta pesca en invierno en el Cantábrico y con una embarcación sin cubierta de menos de seis metros de eslora, era auténticamente una pesca extrema, tanto casi como ese gran documental que se deja ver en televisión y tengo argumentos para demostrar que está manipulado. Esta era nuestra condición de pescador-botero, la de nuestra casa y familia, pues aquí cada pescador tambien tiene su librillo. De los demás no puedo hablar, ellos, aunque bravos y nobles boteros, dirían muchas cosas de su profesión, sin ninguna duda más que yo, pero al ser rivales en la mar, había mucha etiqueta entre nosotros y también mucha distancia social. Había celos y envidias, cómo no, y cada familia, cada motora, era un mundo enigmático para otros.

Este relato para ser completo requeriría todo un espléndido tomo de cosas mar, tragedias y desdichas, de pesca y alegrías, de sufrimiento y sueños. Pero los boteros fueron quienes tripulaban aquellas naves de conquista llamados entonces navegantes que tripulaban sus pinazas sin cubierta por los mares del norte. Todos en el puerto de arreglo a su condición teníamos un apodo y a mi padre le motejaban como el rey del salmonete, pues siempre venia cargado de ellos. Era un gran trampero que tuvo que alimentar a cinco hijos por lugares prohibidos y siendo un furtivo acosado, como los demás, a los que las autoridades no dudaban en requisarles las redes. Alguien se preguntará que por qué iban a pescar a sitio prohibido y yo digo que por que no había técnica ni elemento para ir más afuera, además la pesca que se seguía solo se podía hacer en poco y agua cerca de la costa y eso era por el sistema arcaico de redes que no lo permitían.

Pedro Garay se las sabía todas y como él decía cuando en la trampa salía alguna anomalía: «Aquí abajo hay un pez monstruoso, esta noche saldremos a hacerle la guardia». Largamos un pedazo de red con una cabeza de bonito y pronto se enredó un bocante de ocho kilos que comía y rompía la red, siempre en el mismo sitio. O con nuestro reportero y hermano Jesús Garay, que pescaron con una trucha salmonada dos bogavantes de casi doce kilos.