El Museo Etnográfico de Valle de Villaverde abre de nuevo sus puertas

Las informadoras turísticas Desirée Villar y Lera Lorente posan en una de las salas del museo. /DM
Las informadoras turísticas Desirée Villar y Lera Lorente posan en una de las salas del museo. / DM

El centro, que cuenta con varias exposiciones, permanecerá en funcionamiento hasta el 6 de septiembre

Samira Hidalgo
SAMIRA HIDALGOCastro Urdiales

Con la llegada del verano, Valle de Villaverde vuelve a abrir las puertas de su Museo Etnográfico tanto a vecinos como a turistas. Por ello, el centro, ubicado en el barrio de La Matanza, permanecerá abierto hasta el seis de septiembre, mostrando al visitante diferentes exposiciones que dan a conocer algunos aspectos sobre la forma de vida de los habitantes de este valle.

Para ayudar a comprender la historia del lugar y su anterior forma de vida, el museo cuenta durante la temporada estival con la labor de dos informadoras turísticas: Iera Lorente, quien es técnico en Turismo y una auxiliar, Desirée Villar. Ambas trabajan cada día para promocionar y dar a conocer el municipio, un lugar con una gran riqueza patrimonial.

De este modo, el museo permanece abierto desde el pasado 16 de junio, de miércoles a domingo, en horario de 12.00 a 19.00 horas. El coste de la entrada para poder visitar este centro de interpretación es de un euro por persona, siendo gratuita para los niños menores de doce años.

«El mayor disfrute es que se acerquen al museo varias generaciones juntas», indicó la guía

Tal y como indicaron Lorente y Villar desde el propio Museo Etnográfico, en el centro cuentan «con amplias exposiciones que intentan acercar al visitante la manera que tenían de vivir en este valle en el pasado».

«En la sala principal se encuentra una maqueta a tamaño real de una hoya carbonera, la principal forma de subsistencia de los lugareños. A continuación, se enseña la sala dedicada al Monte Tejea y al vino de la región y su elaboración», señalaron las informadoras, añadiendo que también cuentan con una planta dedicada a objetos cotidianos como máquinas de escribir, radios, etc. Así como elementos de labranza, prendas o labrados, entre otros útiles.

Un valioso legado

El Museo Etnográfico muestra en una de sus salas el legado y la labor de los antiguos carboneros. «Hay una maqueta con unos troncos, se explica cómo se cortaba la madera, con una medida concreta, e informamos sobre los utensilios que se usaban para transportar esos troncos. También contamos cómo se elaboraba la hoya, explicando que el tronco del centro era el alcalde, que la hoya se compactaba con tierra y con matorrales, además de con la madera y que se quitaba ese alcalde y en el hueco se echaban las brasas de las hoyas anteriores», puntualizó Lorente, recordando que era peligroso el gas que se producía dentro, ya que podía provocar una explosión. «Hacían unos agujeros para que la hoya respirase y no explotase. Los carboneros tenían que estar en el monte durante meses, vigilando la hoya durante las 24 horas de la jornada», aseguró la guía. De hecho, la sala alberga también la recreación de una de las tiendas que se construían los carboneros en el monte «hecha con palos y maleza, donde se encontraban en condiciones de supervivencia».

En otro de los departamentos del centro de interpretación se explica una de las joyas naturales del Valle: el Monte Tejea, así como el vino de la región y su elaboración. «La denominación del vino se de la Costa Oriental de Cantabria, es un vino verde y en el museo tenemos el lagar, que es la máquina con la que se elaboraba el vino. También mostramos unas encorchadoras y en la sala destaca la maqueta del Monte Tejea, explicamos que ahí es donde se llevaban a cabo las hoyas carboneras y que es un bosque en el que predomina el haya y el roble», explicó Lorente, haciendo hincapié en que actualmente hay varias rutas de senderismo y en el monte hay una representación de una hoya.

Ya en la sala central de museo hay expuestos varios instrumentos de labranza, como arados y otros utensilios del campo y también hay numerosos objetos cotidianos como una ordeñadora, una mantequera o paneles de abejas. La guía quiso destacar también el deporte típico de la zona con la vitrina dedicada al pasabolo-tablón, donde se muestran sus trofeos. En otro apartado del museo el visitante se adentra en el mundo de los objetos cotidianos antiguos, con llaves, planchas, licoreras, ornamentos religiosos y diferentes telas y ropas del siglo XIX.

«Se trata de que el visitante pueda conocer como vivieron sus abuelos o que recuerden aquellos tiempos pasados», declaró Lorente, haciendo hincapié en que «el mayor disfrute es que se acerquen al museo de Villaverde diferentes generaciones juntas, para que unos recuerden ese modo de vida de antes y para que otros lo conozcan y aprendan».