Las zapatillas del joven Marta

Evaristo Garay, Pedro Garay y Flora junto con familiares y amigos. /Jesús Garay
Evaristo Garay, Pedro Garay y Flora junto con familiares y amigos. / Jesús Garay

El calzado era un tesoro que usaban los pescadores para andar por el puerto los días de fiesta, en romerías y para bajar a la mar en invierno

JAVIER GARAYCastro Urdiales

El bote de Pedro Garay Alvarado venía a puerto con sus compañeros Juan Colina, de 46 años, y Francisco Marta, hijo del 'lirio', corriendo en popa un temporal del noroeste. Hacia las doce de la mañana y de tierra de Vispero, viendo Garay un fuerte golpe de mar que les venía rezongando por popa, dio la voz de arriar vela a Colina que iba en la driza, pero no lo dio tiempo. Alzándose por la codera de estribor, el golpe anegó la lancha por los medios. Sin perder Pedro la serenidad pasó a proa, desarboló la vela y alzó un remo en señal de auxilio. Pronto el bote se puso quilla arriba y encaramados sobre él, los náufragos eran despedidos por la mar una y otra vez, pero el pobre Colina ni con los ánimos del patrón que le atendía tuvo fuerzas para montar sobre la quilla y se sumergió. Poco después desapareció Marta. Lejos de perder la calma, Garay se desnudó para estar más ágil. Diez o doce veces más, la mar lo arrojó del bote y en uno de ellos dio vuelta la embarcación y le fue más fácil aguantarse ayudado de un tablón que antes de tumbar habían encontrado y que metieron a bordo. Así, con la galerna, pasa a una milla del rompeolas arrastrado por la mar y el viento y llega a la costa de Ontón, donde ya perdía la esperanza de auxilio, cuando vio un barco y casi inmediatamente perdió el conocimiento hasta que despertó en la cama. El barco era el vaporcito del señor Goitia que, por casualidad providencial, venía hacia las cinco y media de la tarde de Portugalete y viendo flotar un timón y una orza, se detuvo en observación y vio y recogió al casi exánime Garay, que llevaba cinco horas forcejeando con la muerte.

Mi abuelo, que tripuló a la pesca durante años con sus hijos, desde aquel momento tuvo tal pavor a la vela que nunca se las dejó echar aún en las condiciones más favorables. Ese mes de junio de 1916 y en el bote Joven Justa, se encontraban pescando langostas a la altura de la Zapatería y Visperillo asomado por tierra, cuando les pilló una noroestada muy fuerte. Aquí, mi abuelo cometió una imprudencia, pues les pillo en la mar una galerna que ya anunciaban las evidencias. Tuvieron que picar la andana y poner proa a tierra de lo duro que bajo la brisa. Corriendo el temporal y con la vela borriquete puesta, hicieron para tierra sin darse cuenta de que a bordo llevaban un enemigo que habían recogido del agua momentos antes y que fue otro error. Ya que en aguas donde tenían que recoger la andana encontraron flotando un gran tablón que embarcaron a bordo, ya que a la mísera vida del pescador, la mar les ofrecía a veces estos regalos. Mi abuelo era un gran carpintero y algo haría con aquel hallazgo. Lo embarcaron a estrepadas por la popa y lo trincaron sobre las tostas, quedó firme a bordo sobre los files, pero sobresaliendo parte de el por la popa. Venían rumbo a casa, escapando de la fuerte brisa, mi abuelo en popa con el remo de gobernar cuando vio un fuerte golpe de mar que venía rezongando o rompiendo por popa. Mandó arriar la driza, esta la suele llevar el patrón para arriar rápidamente, pero con el tiempo, el tablón y las angustias por escapar, le dejó aquella milagrosa maniobra a Colina. Le mandó arriar la driza, pero un poco despistado o perdería el equilibrio, llegó tarde y en solo dos segundos tumbó la embarcación. Pienso que Colina venía achicando sin ninguna duda.

El artículo de la rompiente de hace dos semanas se asemejaba al tiempo corrido por la Joven Justa con la empopada, entraba el agua por los medios cuando la ola dejaba la popa y se iba a proa, entraba agua a bardales, pues el bote se quedaba dormido por el tablón que pesaba lo suyo y encima no dejaba hacer las maniobras pertinentes. No pudo largar la escota y el peso y el viento hicieron zozobrar el bote. Otro error de mi abuelo que tenía que haber tenido la escota en la mano, pero el tablón se lo impedía. Una vez en el agua, hizo lo correcto, alzar un remo y amarrar rápido un trapo para llamar la atención de los cercanos. Si mi abuelo hizo esto es porque, sin ninguna duda, había algun bote en las inmediaciones. El caso es que sí había bote en las cercanías, luego el patrón de ese bote dijo que no le vio. Mi abuelo nunca más volvió a hablar aquel pescador, que pasó por barlovento y decía en casa que se cruzaron la mirada. La verdad es que un bote que va para tierra con otra cerca, y entonces era así, siempre se los mira y si de pronto desaparece de tu vista y más si la pequeña arboladura con velas esta hay presente en millas.

Las velas eran como los faros de la mar, siempre se ven altas y lozanas y por ellas los pescadores sabían de qué barcos eran. Me contaba mi abuelo cómo el pequeño Marta, que tenía 14 años, un golpe de mar le llevó las zapatillas y gritó por ellas: «Mis zapatillas, señor Pedro, mis zapatillas». «Chaval olvídate de las zapatillas y tríncate a la tosta». Gran pena sentiría en esos momentos Marta, sin preocuparse de que poco después desaparecería, él quería las zapatillas con las que bajaba al muelle para ir a la mar y que luego a bordo guardaría en su cofa. Las zapatillas, aquel gran tesoro que usaban los pescadores para andar por el puerto los días de fiesta, en romerías y para bajar a la mar en invierno. El resto del año, descalzos y eso quien podía, porque en la mar estaban descalzos. Era un privilegio tenerlas y más un niño como Marta, cuando escribo esto pienso en el dolor de su madre y en él ahogándose y tratando de salvar las zapatillas que, sin duda, su madre diría que las cuidase.

 

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