Adiós a la abuela de Pontejos

Imagen de archivo de Gelines Díez./
Imagen de archivo de Gelines Díez.

Ángeles Díez falleció el pasado 14 de febrero a los 104 años de edad, tras de sí deja una importante lección de vida para sus vecinos

Elena Tresgallo
ELENA TRESGALLO

El día que conocí a Ángeles Díez Añorga me recibió con la sonrisa puesta en su casa de Pontejos, la misma con la que le recuerdan ahora en su despedida todos sus vecinos. Para ellos, Gelines (así la llamaban) era la abuela de Pontejos, un poco patrimonio de todo el pueblo, no sólo de los 9 hijos, 24 nietos y casi 21 bisnietos (puesto que uno está en camino) que amó y conoció en su larga vida. «Ya llegareis a mi edad», dice su familia que repetía siempre bromeando, y alcanzó los 104, una meta complicada de igualar.

La presidenta de la Junta Vecinal de Pontejos, Cristina Gómez, daba hace unos días la triste noticia de su fallecimiento al pueblo que la vio luchar toda la vida con buen semblante, a pesar de las penalidades que le toco vivir. «Hoy nos deja alguien muy especial para todos la abuela del pueblo de Pontejos 'Gelines'. A sus 104 años nos deja un legado de lucha, sabiduría, entrega, generosidad y vida», resumía emocionada.

Y es que Ángeles fue toda una luchadora. Una mujer valiosa y valiente que deja una huella imborrable entre quienes la conocieron. Alguien con una historia de superación a sus espaldas, que fue capaz de sacar adelante a sus nueve hijos pequeños, prácticamente sóla, tras enviudar a la edad de 37 años.

Nació un otoño de 1914, superó dos guerras mundiales y la contienda civil. Labró la tierra, cuidó sus «cuatro jatas» y se echó a la mar a marisquear, como hacían las mujeres de su tiempo para que sus hijos se criasen bien, y lo consiguió. También sirvió en el sanatorio óseo de Isla Pedrosa en el momento de más esplendor del mismo, y vivió alguna de sus visitas reales más sonadas.

Su casa creció a medida que crecía la familia y ella solo se permitía un lujo, el de seguir desde sus ventanas los partidos de fútbol de los domingos del Pontejos en San Lázaro. Tal era su afición que, el que perdiera su equipo del alma, era casi lo único que podía hacerle perder su eterna sonrisa.

Cuando me la presentó Cristina Gómez –hace año y medio– me pareció que, a pesar de su edad (tenía entonces 103), el tiempo no le había hecho mella. Era una mujer mayor, pero a la vez moderna y sabia. Estaba encantada con todas las épocas que le tocó vivir y se adaptó a ellas. Recuerdo que no me dejó irme de su casa sin agarrarme del brazo para llevarme a su habitación y presentarme a Francisco Solar, el amor de su vida y su marido que falleció «joven», me dijo. También me presentó a varios de sus nueve hijos de los que se sentía orgullosa, alguno de ellos también fallecidos. Todos ellos estaban en una vieja foto familiar en blanco y negro que ella cuidaba con esmero dentro de su cuarto. «Cuando me levanto lo primero que hago es darles un beso», me dijo con cierta añoranza de ellos.

El destino quiso que se reencontrase con su amor de juventud y su compañero, al que tanto echaba de menos, un 14 de febrero, el día de los enamorados.