¿Cómo te gustaría que te cuidasen?

Una mujer participa en una actividad con animales de compañía en el Centro de Día de Parayas.
Una mujer participa en una actividad con animales de compañía en el Centro de Día de Parayas. / Javier Cotera
  • Mantener la capacidad de elección y la autonomía son las aspiraciones de los ciudadanos en la vejez, según un estudio de La Caixa en el que han participado 95 cántabros

  • Los cambios en la sociedad y las familias obligan a transformar el modelo de atención a los mayores

Respeto, paciencia, que se les deje decidir, que se les dedique tiempo... Éstas fueron las demandas más repetidas por las personas mayores que el pasado sábado, coincidiendo con la celebración en Santander del Día Internacional de las personas de edad -la palabra 'viejo' se ha vuelto tabú-, participaron en una especie de juego: sobre la silueta de un árbol fueron colocando hojas en las que habían escrito lo que consideraban imprescindible para recibir un buen trato del resto de la sociedad. El resultado de esta pequeña encuesta coincide con un estudio muchísimo más amplio y riguroso que ha realizado la Obra Social de La Caixa bajo la dirección científica de la Fundación Matía.

El informe 'Cuidar como nos gustaría ser cuidados', para el que se ha entrevistado a más de 4.000 personas mayores de 18 años en toda España -95 de Cantabria-, revela un gran cambio social. Según Mayte Sancho, directora científica de Matía Instituto Gerontológico, «las personas mayores de sesenta años tienen hoy posibilidades de construir un proyecto de vida nuevo o continuar su itinerario vital para los próximos treinta años. La esperanza de vida se lo permite. Por lo tanto, ejercen su capacidad de elección, su autonomía».

¿Cómo le gustaría ser cuidado si algún día sufre una situación de dependencia? ¿Quién prefiere que le cuide? ¿Dónde le gustaría vivir en caso de necesitar ayuda? Éstas son algunas de las preguntas planteadas por la fundación, y las respuestas prueban la existencia de nuevas inquietudes dentro del ámbito de los cuidados. Las personas defienden, ante todo, su autonomía, y la tendencia apunta a que cada uno se haga responsable de su propio envejecimiento y dependencia, una herramienta que también se impulsa desde las administraciones públicas.

¿Quién nos cuida?

No obstante, al llegar a cierto punto, la necesidad de recibir cuidados externos se hace inevitable. ¿Quién prefiere que le cuide llegada esa situación? La opción más elegida es la familia y, después, en este orden, los servicios públicos, los privados y las personas voluntarias. Cuando se pregunta a los encuestados por el lugar donde les gustaría vivir en caso de ser dependiente, la respuesta mayoritaria es en su propio hogar (42,3%); en segundo lugar aparece la residencia para ancianos (28,6%) y, con mucho menor porcentaje, un hogar adaptado (7,4%). El rechazo a vivir en casa de los hijos es generalizado, sólo un 4,5% manifiesta esta preferencia. «Precisamente porque hoy la autonomía es un valor social en alza, vivir con los hijos es un indicador de dependencia no deseado», interpreta Mayte Sancho.

En todo caso, hay que matizar que más de la mitad de los encuestados tienen menos de 65 años y probablemente tengan una perspectiva distinta del envejecimiento que quienes han superado esa edad. Dámaso Crespo, catedrático de la Facultad de Medicina y experto en biogerontología, considera que todas estas respuestas suponen «un desiderátum». «Expresan lo que a todos nos gustaría: envejecer con buena salud y ser comprendidos, queridos y respetados. Es cierto que en la sociedad han cambiado los paradigmas, y los mayores que antes vivían y morían en casa ahora lo hacen en instituciones. Ahora los del intermedio vemos que vamos para allá y lo tenemos mal: hemos tenido que tirar de los padres y nuestros hijos no lo van a hacer, así que hay un poco de decepción hacia los que vienen detrás al ver que no tenemos futuro».

La sociedad ha experimentado grandes cambios en las últimas décadas, transformaciones que han afectado a la atención que se dispensa a los ancianos. Las familias extensas, aquellas en las que convivían tres generaciones bajo un mismo techo y se encargaban de proporcionar los cuidados necesarios a los mayores, son sólo un recuerdo. Más recientemente, la progresiva incorporación al mercado de trabajo de la mujer -que en España, tradicionalmente, se ha hecho cargo de su atención-, ha obligado a buscar alternativas fuera de la casa. La situación, además, se torna más compleja en un país con una pirámide de población alterada, en el que nacen pocos niños y no cesa de aumentar el porcentaje de personas mayores.

En Santander viven 41.000 personas mayores de 65 años, según los datos facilitados por la Concejalía de Familia y Servicios Sociales.

De ellos, más de 3.500 reciben atención en alguno de los programas municipales que tratan de responder a sus necesidades. María Tejerina, la responsable del área, explica que «el objetivo que perseguimos es que las personas mayores puedan vivir el mayor tiempo posible en su casa, en su entorno, y por eso tratamos de hacer llegar al mayor número posible de personas los programas municipales, para que conserven su autonomía. La gente cada vez llega a edades avanzadas con mayor calidad de vida, y quiere permanecer en su entorno y hacer su vida. Los servicios sociales incrementan las medidas para tratar de lograrlo, no sólo mediante la atención domiciliaria sino dando también importancia a la vida en comunidad, a través de los centros cívicos y organizando actividades en grupo».

Tejerina recuerda que el Ayuntamiento está desarrollando una campaña del buen trato a las personas mayores que comenzó el pasado 1 de octubre -coincidiendo con el mencionado Día Internacional de las personas de edad-, y que se prolongará hasta el 15 de junio próximo -Día Mundial de toma de conciencia de abuso y maltrato en la vejez-. Las hojas de aquel árbol de los deseos ya citado servirán para confeccionar un decálogo que ayudará a fomentar el buen trato a los mayores entre escolares, vecinos, familiares y cuidadores, para quienes se ha diseñado un programa que incluye charlas, talleres, cursos de formación, proyección de vídeos y entrega de material.

Soluciones alternativas

La nueva realidad social está llevando a buscar soluciones alternativas al reto de atender con garantías a las personas de edad avanzada. Nemesio Rasillo, un funcionario a punto de jubilarse, es el promotor de la cooperativa Brisa del Cantábrico, que tiene previsto construir una ciudad residencial para mayores en Meruelo.

La idea, que ya cuenta con 167 socios -prevén llegar hasta los 300 o incluso más-, que abonan 36.000 euros por tener tal condición, supondrá levantar un barrio con 170 viviendas individuales (en planta baja), con 2.500 metros cuadrados destinados a servicios comunes (gimnasio, piscina, biblioteca, cafetería, peluquería, etc.) y dos unidades de convivencia, similares a residencias, donde se atenderá a quienes se conviertan en grandes dependientes.

El complejo podría empezar a funcionar en 2018. «Yo tuve ocho años a mi madre dependiente, y veo que no puedo traspasar a mis hijos el problema que tenga el día de mañana. Se trata de una alternativa que en España es novedosa, pero que en Europa lleva tiempo funcionando. Al final, uno se queda solo, y lo que buscamos es un grupo de personas con las que convivir. Queremos un envejecimiento activo, que cuando nos llegue la muerte nos encuentre haciendo cosas. Y fomentar el voluntariado, ayudarnos unos a otros en la parte afectiva, no en la del trabajo, que para eso están los profesionales».

Tomar decisiones a tiempo, antes de que aparezca la dependencia, es uno de los elementos clave para un buen envejecimiento, señala el informe de La Caixa, que destaca en sus conclusiones la transformación que ha experimentado la familia y la necesidad de que con ella cambie también el modelo de cuidados. El problema es que sigue existiendo «un rechazo implícito a hablar de la dependencia y de la potencial necesidad de recibir cuidados, que nadie desea», apunta Mayte Sancho.

Afrontar este futuro permite, sin embargo, tomar medidas que pueden minimizar la necesidad de cuidados, o al menos organizarlos mejor: la vivienda, su accesibilidad, la dedicación de la familia e incluso la necesidad de ahorrar para completar la provisión de servicios y atención desde el sistema de protección social, tal y como enumera Sancho. «Necesitamos cambios en profundidad en nuestro modelo de producción y reproducción que hagan posible una sociedad que reconozca los cuidados, más justa, más responsable. Más solidaria».