La última guardesa de Cantabria aún vive junto a las vías del tren

Josefa Arce vigiló los pasos a nivel y controló el tránsito de trenes en diferentes estaciones de Cantabria durante 27 años. /Héctor Herrero
Josefa Arce vigiló los pasos a nivel y controló el tránsito de trenes en diferentes estaciones de Cantabria durante 27 años. / Héctor Herrero

Su profesión, muy arraigada en la región desde el surgimiento del ferrocarril, consistía en vigilar y controlar los peligrosos pasos a nivel

ÁNGELA CASADO SANTANDER.

A principios de los noventa, Josefa Arce fue sustituida por una máquina. El avance de la tecnología no sólo acabó con su medio de vida, sino con toda una profesión muy arraigada en Cantabria, la de las guardesas. En femenino, porque la mayoría de las personas que se encargaban de vigilar la seguridad de los pasos a nivel y cortar el tráfico cuando pasaba el tren eran mujeres. A sus 90 años, y jubilada desde hace mucho tiempo, sigue viviendo junto a las vías que atraviesan Golbardo (Reocín). Ahora apenas recuerda sus cerca de 30 años en la profesión. Su hija, que le acompañó durante muchas jornadas, desempolva junto a ella algunas de sus vivencias y le ayuda a terminar algunas anécdotas de aquellos años a la orilla del ferrocarril.

La mayoría de las mujeres que accedían a este puesto tenían alguna relación con el tren: viudas de maquinistas, mujeres de ferroviarios que habían sufrido un accidente... «Era una especie de compensación para que pudieran sustentarse, aunque era un trabajo muy duro», explica Manuel López-Calderón, promotor del Museo Cántabro del Ferrocarril y miembro de la Asociación Cántabra de Amigos del Ferrocarril. El caso de Josefa es similar. Fue guardesa porque lo fueron su madre y su abuela. A su vez, su abuelo fue jefe de estación, y su tío, su marido y su hijo también trabajaron en el ferrocarril. «Toda la familia estaba ahí metida», explica. Su profesión fue la única que desempeñaron las mujeres en el sector del ferrocarril desde su aparición, en el siglo XIX, y hasta mediados del siglo XX.

Las guardesas, también conocidas en Cantabria como portilleras -por las portillas de madera que cerraban los primeros pasos a nivel- vivían junto a las vías y controlaban el paso de los trenes. Tenían que cuidar la zona y sus alrededores: mantenerlo limpio, quitar piedras, barrerlo... También debían apartar a los animales. «Algunos ferroviarios decían: '¿Qué es lo primero que hace una guardesa cuando viene el tren? Quitar a las gallinas'», cuenta López-Calderón.

Manuel López Miembro de ACAF |«Era una compensación para que pudieran sustentarse, aunque era un trabajo muy duro»

Algunas guardesas tenían conexión telefónica y les avisaban cuando venía el tren, pero la mayoría se arreglaba con sistemas más rudimentarios. En el caso de Josefa, que no tenía teléfono, recibía un listado con los horarios, aunque siempre había alguno que se presentaba sin avisar. Esos ferrocarriles que no figuraban en la lista pitaban antes de llegar a las barreras para avisar a las guardesas. «Había trenes que se retrasaban más de una hora, venían cuando querían», recuerda. Ella no dudaba en «recriminarles» la espera.

Aunque la legislación de entonces no permitía que las mujeres trabajasen por la noche, Josefa relata que tuvo que hacerlo en muchas ocasiones: «A veces me quedaba hasta las doce de la noche y otros días empezaba a las 7 de mañana y seguía hasta el día siguiente, más de 24 horas seguidas. Había que esperar a la mercancía, tardase lo que tardase».

El uniforme, su delantal

El uniforme era un delantal. Esa prenda era obligatoria. Aunque no había más exigencias de vestuario, no podían vestir ni de rojo ni de verde, ya que esos eran los colores de los banderines que mostraba al tren y podían confundir a los maquinistas que se acercaban a las estaciones. Tenían dos maneras de avisarles de la cercanía del paso a nivel: con el banderín rojo y con petardos. Estos últimos eran unos artefactos explosivos que se colocaban en la vía, a unos 100 metros del paso a nivel, y emitían una señal acústica que avisaba al maquinista cuando la locomotora pasaba por encima.

«Había trenes que se retrasaban más de una hora. Venían cuando querían» «A veces trabajé más de 24 horas seguidas. Había que esperar a la mercancía, tardase lo que tardase»

La construcción de un puente sobre las vías en Golbardo terminó con la afluencia de gente por el paso a nivel, por lo que Josefa tuvo que marcharse a trabajar a otras estaciones de Cantabria. Así pasó por Casar de Periedo, Cabezón de la Sal, Treceño, Ganzo y Santander. «Tenían que llevarme a otras estaciones, ir a recogerme y a veces mi hija venía a acompañarme y a ayudarme», explica.

Aunque a lo largo de los 27 años que trabajó como guardesa no tuvo ningún problema importante, sí llegó a enfrentarse a alguna situación complicada. «Cuando estaba en la estación de Casar vinieron dos tipos que empezaron a meterse conmigo y a hablarme mal. Intentaban asustarme, pero yo les amenacé con las banderas. Justo en ese momento vinieron mi marido y mi hija. Entonces los dos señores se identificaron como guardias civiles y dijeron que los habían enviado para ver si tenía miedo y cómo me desenvolvía en situaciones peligrosas». Fue su peor experiencia como guardesa, explica: «Lo único que tenía a mano eran las banderas, si llego a tener otra cosa igual acaba en tragedia».

Recuerda con cariño su estancia en Santander. «En los años que estuve allí nunca tuve ningún problema, y eso que la zona de la estación era un poco conflictiva, pero jamás me pasó nada malo. Tenía buena relación con la gente. También es cierto que había muchos militares por la zona y eso daba más sensación de seguridad».

El trabajo de las guardesas no era sencillo. En estaciones poco transitadas había muchas mujeres que vivían solas y cuidaban de las vías sin ayuda ni compañía. «Podía ser una labor muy monótona, porque había vías en las que sólo pasaban tres trenes al día», precisa López-Calderón. «A muchas les cedían una casita pequeña junto a las vías, a veces con un pequeño huerto para compensar un sueldo mínimo». En esto coincide Josefa: «Pagaban una miseria». Su trabajo, ahora mecanizado y con jornada de 24 horas, es todavía más barato, aunque no ha conseguido eliminar los accidentes mortales en los peligrosos pasos a nivel.

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