El botellón itinerante de El Sardinero

Imagen que ofrece el aparcamiento de la Playa del Camello un fin de semana de verano
Imagen que ofrece el aparcamiento de la Playa del Camello un fin de semana de verano / Antonio 'Sane'
Santander

Los lugares de encuentro van desde los Jardines de Piquío hasta El Camello. La propietaria de un chiringuito dice que lleva años «desesperada aguantando la suciedad y los olores»

VIOLETA SANTIAGO

Empiezan a aparecer cargados de bolsas de una conocida cadena de supermercados pasadas las 20.30 horas, cuando todavía no se han vaciado las playas. Así que en un primer momento se mezclan con los veteranos que apuran las horas de sol, los padres con carritos y los chiquillos que salen con sus juguetes de los arenales. Y ocupan bancos, muretes, barandillas y aceras hasta no dejar ni un hueco libre. Sobre todo si es víspera de fiesta. Pero en verano son habituales también los jueves, los viernes (auténtico día grande) y los sábados.

Los ha visto cualquiera que haya pasado de madrugada o a primera hora de la mañana por los Jardines de Piquío y zonas de escaleras a la playa aledaña, los bajos del Rhin y toda la franja costera hasta El Camello. Y si no a ellos, a los restos que dejan detrás, porque siguen ahí a primera hora: botellas rotas, latas vacías, colillas y plásticos de toda clase. Además de malos olores y suciedad, mucha suciedad, que obliga a emplearse a fondo a los empleados locales de la limpieza para eliminar los restos.

Los jóvenes se agrupan en los Jardines de Piquío, los bajos del Rhin y en el paseo de la Playa de El Camello Zonas principales

Son cientos de adolescentes de familias 'normales' de Santander («no son quinquis, ni drogatas», especifica una persona que les ve cada fin de semana) y se van desplazando por las playas esquivando a la Policía Local, en una coreografía que se desarrolla cada noche de forma similar. Un grupo se instala en un punto hasta que alguien avisa de que llega una patrulla, lo que obliga a apurar rápido la bebida o a abandonarla, lo que es más doloroso. Si se ve margen, queda la opción de marcharse a toda prisa -ocultando lo más posible las bolsas- a buscar otro sitio sin vigilancia.

Los que ya tienen coche y lo aparcan en El Camello lo tienen más fácil: seguramente hasta que se presentan los agentes han tenido las puertas abiertas y la música a tope. Pero en cuanto detectan a la autoridad se van. La mayoría de las veces para dar una vuelta y regresar al mismo lugar una vez han desaparecido los uniformados.

Es un baile sin fin que, según el día, se puede prolongar hasta las cuatro o cinco de la madrugada y que, a principios de agosto, dejó pintadas en varios negocios de los bajos del Rhin, lo que provocó las correspondientes denuncias de los empresarios, que lamentaron que los veraneantes en Santander (alojados en hoteles cercanos como El Sardinero, el Rhin, el Hoyuela o el Santemar, por citar sólo algunos) tengan que ver por las noches las hordas de críos cargados de botellas y por las mañanas las basuras y el hedor, con lo mal que ambas cosas hablan de la ciudad.

Son adolescentes de familias ‘normales de Santander’, «no son quinquis, ni drogatas» Participantes en las fiestas

Su denuncia surtió efecto. La hicieron pública el 2 de agosto y el mismo día 3 se reforzó la limpieza de la zona y la vigilancia policial, contó días atrás una de las afectadas por aquellos ataques (de la escuela de surf Sardinero), agradecida por la rápida respuesta recibida del Ayuntamiento.

Andrés Fernández

142 denuncias en julio y agosto

Desde el Consistorio se indicó que en época estival se ha reforzado el dispositivo específico para las zonas citadas. «Reforzado» quiere decir que se incrementa el que se mantiene en invierno «porque la afluencia de gente es mayor y durante más días a la semana».

Fruto de esa vigilancia más intensa, en julio y agosto, la Policía Local ha interpuesto un total de 142 denuncias por consumo de alcohol en la vía pública en Piquío, que se lleva la palma con 105 denuncias, y en los bajos del Rhin, con otras 37.

Sin embargo, no todos están de acuerdo en que la presencia policial sirva para demasiado. Taxistas que circulan por la zona se declaran «asustados» por la marabunta de menores que circulan por toda esta parte de El Sardinero algunas noches, aunque un portavoz del sector señala que «es tan habitual» trasladar críos de madrugada desde El Sardinero para sus casas después del botellón «que ya ni lo comentamos entre nosotros. Es nuestro día a día, unos viajes más».

La Policía Local ha interpuesto un total de 142 denuncias, 105 en Piquío y 37 en los bajos del Rhin Vigilancia

Más que «resignados» a la situación se declaran en el chiringuito de El Camello, donde podrían escribir una novela de todo lo que han visto «y sufrido» en los últimos tiempos con las tropas de menores que campan por el entorno agarrados a los vidrios.

La responsable del negocio, incluso, ha adelantado su horario de cierre para evitarse líos con los botelloneros, jóvenes con la piel muy fina «que no admiten que se les llame la atención porque ensucian o hacen sus necesidades donde les da la gana. Nosotros llevamos años desesperados», relata. «Echamos lejía todos los fines de semana en la terraza para evitar los malos olores, porque lo dejan lleno de basura y cristales». Y orinan en cualquier parte.

María Gil Lastra

Según esta hostelera que lo vive muy en primera fila, los peores días, con diferencia, son los de «la Semana Grande cuando hay concierto. Entonces es insoportable la cantidad de gente que se junta aquí».

Durante un tiempo llamaba a la policía, pero hace ya mucho que desistió «porque no solucionan nada y no puedes estar llamando todos los días. Para la Policía Local es muy cómodo que los chavales se metan aquí abajo. Les viene genial porque no da tan mala imagen: no se les ve desde el paseo de arriba (en referencia a la Avenida de la Reina Victoria), así que todos contentos».

Salvo ellos y el chico que atiende una heladería cercana, que padecen la suciedad del área. «Faltan papeleras, los aseos públicos han estado dos años rotos y hasta hace poco no han puesto otros... Hay días que es una vergüenza», lamenta esta propietaria.

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