Los ríos que recorren los Pirineos recorren kilómetros bajo tierra y desembocan al otro lado de la frontera, en Francia
Los ríos que recorren los Pirineos recorren kilómetros bajo tierra y desembocan al otro lado de la frontera, en Francia / UVE-FNE

Los últimos exploradores del planeta

  • Hollan galerías nunca vistas, pero los espeleólogos son gente discreta que no pregona sus hazañas

Los espeleólogos quizá sean los últimos exploradores del planeta. No existe ningún otro gremio que se dedique exclusivamente a buscar y rastrear los recovecos vírgenes de la Tierra. Ni los científicos solitarios de la Antártida, ni las expediciones grupales a la selva. Nadie atesora el número de descubrimientos y la constancia semanal de este colectivo. Sin embargo, sus logros apenas repercuten en los medios, carecen de patrocinadores y pasan desapercibidos entre los lectores no especializados. Pocos saben, por ejemplo, que los Pirineos esconden algunas de las simas más profundas del mundo y que, cuando el hielo se derrite, aventureros de todos los rincones del globo acuden allí para estudiarlas.

Desde hace cinco años un grupo de espeleólogos vascos reexplora la que fue la cueva más profunda del mundo en los años 80 y que ahora disputa metros entre las quince primeras. Una discreta grieta situada a 1.980 metros de altitud en el macizo de Larra, a mula entre Navarra, Aragón y Zuberoa (País Vasco francés), y que fue bautizada como BU56 en 1979. Esta sima se erige como el único acceso conocido de ‘Illaminako ateak’ (las puertas de la Lamia, en euskera), una red subterránea que alcanza los 1.408 metros de profundidad (en espeleología, una cifra equiparable a los ochomiles en alpinismo) y un desarrollo de al menos catorce kilómetros. Allí abajo, el entorno se vuelve hostil, la humedad es del 100%, la temperatura ambiente es de unos 6 gradosy el agua circula cercana al punto de congelación. Esa corriente subterránea se pierde en la punta de la cavidad, tras ocho sifones consecutivos, y vuelve a aparecer a kilómetros de distancia, en tierras francesas.

Los espeleólogos rehúyen del medallismo y de los personalismos. Son discretos por naturaleza, aunque a veces guardan con demasiado celo sus tesoros. La belleza subterránea suaviza su ceño y relaja su desconfianza. A ellos no les interesa batir ningún récord, sus únicos combustibles son la curiosidad innata y la ética férrea del explorador. «Queremos descender hasta donde podamos, pero de una manera digna», zanja Pedro Intxaurraga, coordinador de la expedición. Él comenzó tarde a practicar esta actividad que transita entre la ciencia y el deporte extremo. A pesar de que los años como talador de pinos hayan agrietado su expresión y curtido su cuerpo, confiesa ser inusualmente sensible a la naturaleza: «Este entorno me conecta con el hombre primitivo. ¿Te das cuenta de que este paraje que vemos ahora ya lo vieron hace 25.000 años en condiciones similares?».

Las cuevas, dice Intxaurraga, son organismos vivos que transmiten emociones atávicas. «Yo no vivo los paisajes de manera externa. ¡Yo soy los paisajes! Por supuesto, esta improyección me lleva a una reflexión interna». Sonríe como sonreiría un corsario antes de atacar un barco enemigo. «El simbolismo es evidente. Hemos explorado la luna y, sin embargo, nos queda por explorar el subsuelo. Podría decirse que exploramos nuestro aspecto exterior y descuidamos nuestro aspecto interior, ¿verdad?».

Iñaki Latasa, en cambio, lleva metiéndose en cuevas todos los fines de semana durante cuarenta años sin apenas excepciones. «A algunos no se nos fue la curiosidad cuando acabó la adolescencia», se limita a justificar sin darle demasiada importancia. Latasa, bajito y fibroso, tiende a enredarse en largos discursos sobre la naturaleza de esta actividad y los riesgos que entraña la espeleología alpina –es autor de varios manuales de espeleosocorro–. «La BU56 está en un ambiente extremo. El frío de la altitud provoca que la roca se fracture, lo cual aumenta la probabilidad de desprendimientos en los pozos grandes y complica las instalaciones verticales. Una tormenta puede multiplicar por 20 el caudal en una cascada y a 4 grados las esperas son muy ingratas». Pero Latasa matiza que el verdadero riesgo es acostumbrarse a la rutina y confundir el hecho de que no pase nada con la peligrosa sensación de que no existe peligro.

Campamento en las nubes

Una caminata de cuatro horas para llegar al campamento base.  Las mulas portean 90 kilos de material, los espeleólogos unos 20

Una caminata de cuatro horas para llegar al campamento base. Las mulas portean 90 kilos de material, los espeleólogos unos 20 / M. IBARROLA

Más de setecientos metros de cuerda, cien anclajes, dos vivacs subterráneos –realizados en tela de parapente para ahorrar peso–, un sistema de comunicación ‘Nicola’ –que permite hablar con el campamento a través de ondas de baja frecuencia–, ocho sacos hidrófugos, esterillas, cocina de propano, botiquín, taladros... y comida. Hasta 500 kilos que los expedicionarios suben al campamento base, a 1.730 metros de altitud, en un porteo de cuatro horas con mulas. Los animales llegan a soportar cien kilos de carga, los espeleólogos veinte. Uno de los dos muleros que los acompañan, Esteban Juiz Junco, fue guía de alta montaña en la Patagonia argentina antes de venir a España;el otro, Alberto Iglesias, es un biólogo madrileño y trabajó hasta hace quince años en safaris fotográficos de Botsuana y Zimbabue. «Son como caballos de monte. No se encabritan ni en las situaciones más tensas. Mansas, mansas», describen con ternura. Precisamente, durante el porteo, un empujón oportuno de Iglesias impidió que uno de los animales se despeñara por un barranco.

«En la ciudad, la naturaleza se somete fácilmente, pero allí arriba todo es mucho más complicado», objeta Intxaurraga. Para conseguir agua, por ejemplo, deben acudir a un manantial oculto que comparten con unos madrileños y del que extraen el líquido con ‘la técnica de la manguera’, la misma treta que se usa para robar gasolina del depósito de un vehículo. La comida se conserva dentro bidones en la ‘frigocueva’, una cavidad que alberga un bloque gigante de hielo y cuya corriente helada preserva los alimentos.

Una épica discreta

Bitor Abendaño es uno de los anfitriones de la expedición. Su grupo de espeleología se encargó de catalogar muchas de las 1.500 cavidades que ocupan el macizo de Larra. «El objetivo de esta campaña es revisar incógnitas y sacar una topografía detallada de la cavidad», explica. De momento, han llegado hasta los –500 metros, a una zona apodada ‘el Kaos reptante’, y ya han doblado el metraje de la cueva, hollando galerías nunca vistas hasta la fecha.

Los últimos exploradores

Los relatos de estos espeleólogos, que permanecerán bajo tierra hasta el día 15, conforman una historia de épica discreta. A Carlos Eraña le llaman Lin desde que robaba buzos y cascos de obra con su cuadrilla de infancia. De una fábrica cercana sustraía las pilas y después le suplicaba a su abuelo que le instalase carbureros en los cascos y no se chivara a su madre. Esa pasión juvenil ni siquiera desapareció cuando muchos años después un bloque le aplastó un dedo del pie en las entrañas de Picos de Europa.

«Entras en una cueva con un total desconocido y sales como si lo conocieras de toda la vida», confiesa Raúl Aramendia. Así conoció él a su actual pareja, María Napal, una bióloga especialista en murciélagos. Este año han querido traer al campamento a sus hijos pequeños, Urzi y Asier, que juegan felices entre ovejas, cuerdas y mosquetones. Pero Aramendia no se refería solamente a su pareja. A la hora de cenar, después de organizar las jornadas en la jaima principal, los chistes sobre cómo pasar menos frío en el vivac y los relatos de juergas y batallas pasadas se amalgaman en una camaradería que supera los límites de la roca caliza. A todos ellos les une una curiosidad innata. Son exploradores de lo desconocido.