Investigadores cántabros avanzan en un sistema para paliar el dolor neuropático

La coordinadora María Amor Hurlé junto a la investigadora del proyecto Mónica Tramullas. :/UC
La coordinadora María Amor Hurlé junto a la investigadora del proyecto Mónica Tramullas. : / UC

En el trabajo, que determina el papel que juega una molécula en estos trastornos, participan expertos de la Universidad de Cantabria y del Idival de Valdecilla

Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

Lo llaman el síndrome del 'miembro fantasma'. Una persona a la que amputaron una pierna –por ejemplo– sufre un calvario precisamente en esa extremidad que no tiene. Está también el caso del herpes que aparece en ocasiones tras una varicela. Tan doloroso, que el simple roce de una pluma es un suplicio. O la tortura de los que padecen una lumbalgia crónica. Son sólo algunos ejemplos de dolor neuropático, muy distinto del dolor 'normal'. Más intenso, con mala respuesta a los tratamientos analgésicos convencionales (paracetamol, ibuprofeno, opiáceos...) y raro en cuanto a la forma de manifestarse. «Unos sienten como que les quema, otros como descargas eléctricas o como un picor insoportable. Algunos lo describen como si les mordiera un perro». Un infierno. Lo cuenta María Amor Hurlé, catedrática de Farmacología de la Universidad de Cantabria. Ella coordina a un grupo de la UC y del Instituto de Investigación Sanitaria Valdecilla (Idival) que ha descubierto el «papel relevante» que juegan unas moléculas en estas reacciones. El microRNA-30c. Un avance para buscar soluciones. Es cauta, «no sería bueno crear falsas expectativas». Pero sus hallazgos «abren puertas» para poder mitigar un trastorno que afecta al 10% de la población.

El trabajo se ha publicado en la prestigiosa revista especializada 'Science Translational Medicine' y en el estudio colaboraron los servicios de Cirugía Cardiovascular y de Anestesiología y Reanimación del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. Se trabajó en dos ramas. Una experimental, con roedores. Cuando aplicaron tratamiento a esos animales se consiguieron buenos resultados. Tanto para prevenir la aparición del dolor como para eliminarlo cuando ya existía previamente. En una nota remitida por la Universidad se indica que el estudio revela que «microARN-30c es un elemento inductor de alteraciones estructurales y funcionales que hipersensibilizan al sistema nervioso de forma mantenida frente a estímulos dolorosos».

«Un balance muy alentador», según los responsables del estudio que, no obstante, advierten de la necesidad de «muchos más estudios» antes de poder probarlo en seres humanos. Por eso Hurlé insiste en esa idea de que se «abren puertas», pero también en que todo «hay que validarlo».

La experta destaca también la importancia de la segunda rama en la que han trabajado. La clínica. Para ello se pudieron tomar muestras en pacientes con isquemia crítica de las extremidades inferiores que sufren dolor neuropático. «La rama clínica del estudio –explican en la nota enviada a los medios– muestra que la presencia de microRNA30c en sangre y en líquido cefalorraquídeo se encuentra incrementada en los pacientes que sufren dolor neuropático, y se relaciona con la intensidad del dolor. Los niveles plasmáticos de microARN-30c también permiten discriminar aquellos pacientes que padecen dolor neuropático de los que no lo sufren. Ello confiere al microARN-30c un valor potencial como biomarcador de esta patología cuyo diagnóstico clínico muchas veces es complicado». O sea, que la molécula puede ser un baremo decisivo para sacar conclusiones en un campo lleno de dificultades para los diagnósticos. Para distinguir entre unas cosas y otras.

Muchas consecuencias

«La intensidad del dolor neuropático y su resistencia a los tratamientos farmacológicos disponibles lo convierten en particularmente devastador para los pacientes que lo sufren. Es por ello la relevancia clínica de los hallazgos experimentales del estudio, pues abre las puertas al diseño de nuevas terapias que imiten o se dirijan a los mecanismos endógenos de resolución del dolor, para reducir y potencialmente revertir de forma permanente el dolor crónico neuropático».

Porque no es sólo el dolor, es lo que conlleva. El periodo de padecimiento puede prolongarse durante años y es difícil encontrar tratamientos específicos. Eso, en los pacientes, da lugar en muchos casos a situaciones de depresión o ansiedad. O a la imposibilidad de seguir con lo que uno hace normalmente y, con ello, a perder, por ejemplo, el puesto de trabajo. Un suplicio que afecta, obviamente, mucho más allá de la patología en sí.

Las repercusiones sociales son, de hecho, enormes. «El impacto económico directo o indirecto del dolor crónico supone cerca del 1,5% del Producto Interior Bruto en España», indica la catedrática de Farmacología de la UC. No hay que olvidar –el dato está al principio de este texto por ese motivo– el porcentaje: un 10% de la población convive con el dolor neuropático.