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«La construcción de un museo debe ser el punto final de la política cultural, no el inicio»

El director de Atapuerca, Alejandro Sarmiento, ayer en el Ateneo de Santander/R. Ruiz
El director de Atapuerca, Alejandro Sarmiento, ayer en el Ateneo de Santander / R. Ruiz

«Sólo el consenso social vuelve la inversión imprescindible», dice Alejandro Sirmiento, director del Sistema Atapuerca, que ayer participó en el Ateneo en un encuentro sobre gestión de patrimonio

Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

La diferencia entre gasto e inversión es el margen donde sobrevive la cultura, pero en Atapuerca ese margen apenas se cuestiona. Desde las primeras investigaciones de 1978, el yacimiento hoy en día forma parte de un entramado científico y cultural reconocible a nivel mundial: «Lo invisible nunca va ser prioritario para las administraciones, pero si el afán por lograr una marca cultural es mayoritario, la inversión se vuelve imprescindible», dice el director gerente del Sistema Atapuerca, Alejandro Sarmiento, que ayer estuvo en Santander, invitado por el Grupo Alceda, para reflexionar en el Ateneo sobre los retos de convertir el patrimonio en un recurso creativo para el futuro de las regiones.

–Atapuerca es un relato en el que se identifica toda una región, una marca basada en la cultura y el conocimiento. ¿Cómo se logra esa identificación?

–Lo más complejo es el camino de la construcción social; que el afán por lograr una marca se convierta en un afán mayoritario y vuelva imprescindible la actuación de las administraciones: lo invisible nunca va a ser prioritario. ¿Y qué causas son visibles? Las que tienen un apoyo social mayoritario.

–¿Cómo puede lograr Cantabria esa marca en torno a sus cuevas?

–Lo necesario es identificar el equipo humano que está detrás, qué apoyo social tiene; el papel que se le va a dar para que una persona que venga a Santander pueda, desde la capital, conocer la cuevas que están apenas a unos kilómetros. ¿Cómo llegará hasta allí? ¿Cómo conectar todo ese patrimonio, todo el 'software', toda la inteligencia que necesitamos poner en común para encajar esas piezas? Con el apoyo social. Esto es, a mi juicio, previo a la construcción de la marca y, sobre todo, previo a la construcción de cualquier infraestructura.

«¿De qué nos serviría un museo si no conectara la exhibición de materiales con el yacimiento?»

–El museo tradicional está dando paso a otra forma de espacios. ¿A qué debe aspirar un museo en el siglo XXI?

–La finalidad de conservar y preservar los bienes patrimoniales es lo que dio origen a los museos, pero en el momento actual son fines un tanto modestos. Ahora mismo, los museos deben convertirse en ágoras de nuestro tiempo, en lugares de encuentro capaces de crear sociedad, donde los ciudadanos puedan tener una experiencia de acercamiento a las bellas artes y al conocimiento, pero también deben ser lugares de encuentro donde busquen respuestas: en ese sentido, el acceso a la cultura debe estar al servicio de la construcción social.

–Ahora que las ciudades se miran en los centros de arte como emblemas culturales o filones urbanísticos, ¿se puede hablar del 'efecto Atapuerca'?

–Atapuerca es un modelo en nuestro país, y me atrevería a decir en todo Europa, porque es un proyecto científico basado en la investigación, en el papel de sus tres codirectores (Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro) y en su aspiración de tener un papel relevante a nivel social. El proyecto ha sido capaz de atraer a los ciudadanos para que sientan Atapuerca como una seña de identidad de su territorio. Y eso ha sido algo modélico. Junto a esto está el reto de modernizar las fórmulas administrativas que puedan ordenar todas estas realidades, y en ese sentido fuimos pioneros al crear el 'Sistema Atapuerca. Cultura de la Evolución' con la idea de articular el museo como lugar de difusión y exhibición de los hallazgos de los yacimientos, con capacidad de integrar y dar continuidad las visitas al yacimiento.

«Fuimos pioneros al crear fórmulas administrativas que permitieron unir divulgación y ciencia»

–El debate en Cantabria gira en torno a la falta de infraestructuras. ¿Hay que empezar por ahí?

–Creo que no. Sinceramente las infraestructuras son lo último, yo prefiero hablar de procesos de construcción social. La historia lo demuestra: desde 1978 a 1990 fueron años de silencio dedicados a la investigación, con Emiliano Aguirre; luego llegaron los grandes hallazgos en 1992, así que, para cuando la Administración regional realizó las grandes inversiones en infraestructuras, ya existía un gran proceso de consenso y construcción social en torno a un fenómeno científico, que hizo que el dinero público estuviera asegurado para alcanzar la sostenibilidad del proyecto con unos objetivos estratégicos bien claros.

–¿Hay demasiados edificios vacíos?

–Muchas veces, en cultura nos encontramos infraestructuras que son carcasas vacías de contenido y de objetivos. Esto es muy peligroso y España está llena de ejemplos. En investigación y en cultura lo importante no es la carcasa o el 'hardware', sino el 'software'. ¿De qué nos serviría tener un gran museo como el que tenemos si no tuviéramos perfectamente definido un sistema de gestión que conecta la exhibición de los materiales de los yacimientos, con la sierra y los yacimientos?

–La clave es hacerse preguntas...

–La clave está en hacerse preguntas y tener un equipo dispuesto a responderlas.

«Derechos como el acceso a la educación o la cultura no se pueden justificar por sus efectos económicos»

–¿Qué cambiaría en Cantabria la construcción del Mupac (Museo de Prehistoria y Arqueología)?

–Es absolutamente imprescindible que la construcción de cualquier museo no sea el punto de inicio, sino el punto final de una política cultural. Esa es la experiencia que hemos tenido en Atapuerca. El sistema de gestión de visitas al yacimiento (en la sierra) era plenamente maduro cuando se iniciaron los trabajos de construcción del museo (Museo de la Evolución Humana, en Burgos, inaugurado en 2010). ¿Por qué? Porque desde 1998 la gestión de visitas, con otros números a como se hace hoy, la realizaban dos asociaciones de amigos de Atapuerca, que tuvieron un papel fundamental antes de la declaración del año 2000 de Patrimonio de la Humanidad. La experiencia es que la infraestructura es lo último, pero la construcción del proyecto y el equipo humano debe empezar por los cimientos.

–Atapuerca es conocimiento, pero también motor económico. ¿La rentabilidad puede jugar en contra de la política cultural?

–La rentabilidad es una perversión del sistema. El patrimonio, los museos, la educación y la cultura, todo el ecosistema público parece que requiere justificarse con cifras abracadabrantes de visitas e impactos económicos. Soy un convencido de que los derechos ciudadanos públicos no pueden justificarse por sus efectos económicos. Sería aplicar a la cultura la misma lógica que a las mercancías. Dicho esto, también como gestor, el objetivo es intentar llegar a un cierto equilibrio en el ecosistema. Lo público no significa que no tenga coste, claro que lo tiene, pero lo asumimos todos; lo que hay que lograr es darle la mayor sostenibilidad posible.

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