La ruina amenaza las torres de Bores

AURELIO GONZÁLEZ DE RIANCHO COLONGUESMIEMBRO DEL CENTRO DE ESTUDIOS MONTAÑESES

Es Liébana un territorio singular pues a su grandeza histórica se añade un paisaje sin igual que ha sido cuidado y mimado por sus hijos, convirtiéndole en una referencia en la que el resto de Cantabria puede mirarse como espejo de desarrollo de futuro. El respeto al patrimonio cultural y natural ha sido ejemplar. El desastre urbanístico, tan general en gran parte de nuestro territorio, es excepcional en Liébana. Sirva esta introducción, que no podríamos generalizar en toda Cantabria, para llamar la atención sobre el estado de las torres de Bores, uno de los lugares más bonitos y desconocidos de Liébana (sobre todo en otoño) y cuyo estado nos duele en el corazón.

En Bores, de La Vega de Liébana, en una bellísima hondonada natural, entre praderías y arbolado, aguantando heroicamente la embestida del tiempo y del olvido, las torres de Bores, que fueron en el siglo XIV solares de los belicosos Orejón de la Lama, esperan su trágico final si alguien no lo impide.

Separadas entre sí por muy pocos metros, dos vetustas pero majestuosas torres defensivas se confunden entre la vegetación. Al contemplarlas desde lo alto puede nuestra imaginación con facilidad trasladarnos a tiempos pasados, pero al acercarnos enseguida somos conscientes de su infinito abandono. Abrazadas por una hiedra incontrolada que acabarán colapsándolas, las dos torres de Orejón, fabricadas con recios muros de piedra para fines defensivos, no han soportado el abandono y la desidia. Sus fuertes muros con aspilleras y ventanas góticas, han sido saqueados para aprovechas sus piedras y las torres son utilizadas como almacén de utensilios agrícolas y ganaderos, inapropiados para un monumento que forma parte de nuestro patrimonio,

Hispania Nostra, la organización para la defensa del patrimonio español, las ha incluido en la vergonzante 'Lista roja de patrimonio en peligro' y si alguien no lo impide formarán parte de ese patrimonio desaparecido que nuestros nietos no podrán ver.

En el medievo, en Liébana como en el resto de nuestra Comunidad, administrativamente funcionaba un sistema llamado de behetrías, en el que los lugareños podían escoger a su señor y cambiarle cuando no cumpliese sus expectativas. Los lebaniegos, con ese gobierno, eran hombres libres, dueños de sus tierras y con el derecho de responder solo ante el rey en asuntos criminales.

En 1371, Enrique II de Trastámara, el de 'las mercedes', donó Liébana a su hermano Tello y de esta forma llegaría a su descendiente el marqués de Santillana, señor de la Casa de la Vega. Este régimen, llamado de señorío, convertía a los hombres libres lebaniegos en vasallos y con aquellas libertades mermadas. La pequeña nobleza local, menospreciada, siente menoscabados sus derechos y nunca se resignó a esa injusticia.

Los Bedoyas y los Orejón de la Lama se rebelaron y mantuvieron siempre un estado de beligerancia contra la Casa de la Vega. Garci López de Orejón derribó la casa fuerte en Potes del marqués de Santillana, matando a su mayordomo y a muchos de sus hombres. Íñigo López de Mendoza, un grande de España, no podía permitir esto y acudió con sus huestes a Liébana para, tras varios enfrentamientos, capturar al rebelde y ajusticiarlo en 1447. El linaje sufrió represalias y su torre en Potes pasó a la casa de la Vega y del Infantado y transformada es, actualmente, icono patrimonial y actual ayuntamiento.

Cuando Santillana, el más culto de los hombres del medievo castellano, que hacía compatible las letras y las armas, acudió a represaliar a los Orejón, quedó prendado del lugar y escribió aquella evocadora serranilla que tituló «La mozuela de Bores».

No quedó resuelto el enfrentamiento y un siglo después, otro Orejón encabezó la lucha comunera contra Carlos I y otro Santillana acudió a sofocar la revuelta y, de nuevo, la lucha se cerró del mismo modo. Orejón de la Lama fue ajusticiado el 23 de agosto de 1521.

Las Torres de Bores, cantadas por el marqués, fueron testigos de la historia y de la lucha por conservar derechos y privilegios lebaniegos y ahora aquellas torres señoriales, que forman parte importante de nuestro patrimonio, esa herencia que debemos proteger para transmitirla a las nuevas generacionales, sufren un total abandono esperando el colapso final. Solo la acción de las Instituciones y de la Consejería de Cultura, pueden evitarlo. Ojalá no sea demasiado tarde.