Un pantano que desaparece

Rafael González camina sobre el suelo agrietado y reseco con el puente de Horna al fondo. / Javier Cotera

La sequía, que ha transformado el paisaje, le pasa factura al turismo y a la ganadería

Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

Lidia y Antonio abren el álbum. Recuerdan una foto de su hermana metida «en los sarcófagos» de un viejo cementerio que quedaron a la vista aquella vez. Cosas de crías. «Mira, esta es», señalan entre las imágenes. Ella empieza diciendo que habrán pasado treinta años. Él, que algo menos. Su padre sale del despacho de pan de la familia cantando «a la orilluca del Ebro» -tiene guasa el tío- y se mete en la conversación. «Hará quince», comenta con la certeza de quien pone en orden lo mucho que ha vivido. Arriba, su mujer, se ha puesto a mirar todas esas fotos antiguas. «¿Sabes? Con todo esto, nos ha entrado la melancolía». Uno sale de la casa de los Ruiz, los panaderos de Orzales, con un puñado de cosas claras. Que hace mucho que el pantano no estaba tan bajo y que esa masa de agua cala tanto, que se cuela de lleno en todos los recuerdos de la gente de estos pueblos. En las entrañas de la tierra -ahora seca- y en las de los hombres. «¿Que cómo vemos el pantano? Pues muy lejos».

La última frase es de José Amado, del restaurante Carmina, en Monegro. Habla del 88, del 90, del 92... Dice que llegó a quedarse en un 10% de su capacidad total, que pasaban andando hasta el otro lado... «El tiempo siempre es tema de conversación. Así que ahora...». No hay mejor cosa que un bar para saber de qué habla la gente -el mejor ejemplo es que pronto entran dos o tres paisanos en la conversación-. Y todos hablan aquí de cómo está el embalse y miran la web «de la 'che'» (la Confederación Hidrográfica del Ebro). Para situarse, el día que los periodistas anduvieron preguntando, estaba en un 24,63% (el viernes había bajado al 24,51%). Bajo mínimos. Pero los datos sólo se entienden por comparación. Según Embalses.net, hace un año, en la misma semana, estaba en un 37,52%. Ya por entonces se hablaba de preocupación y salían fotos de orillas cada vez más lejanas en el periódico. Porque la media de la última década a estas alturas del calendario es de un 55,38%. Treinta puntos por encima de lo que hay.

Javier Cotera

«Yo no tengo constancia de ver las vacas ahí, tan abajo. Otras veces quedan islotes, pero no baja tanto. Pero si no ha nevado y no ha llovido, aquí no hay muchas más matemáticas», explica Antonio Ruiz junto a la puerta de su casa. Señala, en la distancia, los restos de un antiguo barracón de los tiempos de la guerra que se quedó a medio hacer. «Lo normal es que se vea esto de las columnas -lo dice mientras coloca los dedos para señalar la pizca que queda entre dos-». Ahora se puede llegar andando hasta allí para ver hasta los cimientos del edificio sin terminar.

Insiste en una idea. Les mata la falta de nieve. «Aunque te entorpezca cuando viene, es muy necesaria. El agua se va, pero la nieve es la que llena los manantiales. Estamos en una tierra que es de llover, de nevar, y el que no quiera mojarse que se marche al sur. La gente viene y dice: 'que bonito el pantano'. Y sí, pero si vives del agua y de la tierra...». Y eso tiene efectos. En verano apenas han recogido hierba y en los abrevaderos casi no hay agua para el ganado. «Está todo 'andao' y a los animales hay que echarles de comer. Todo lo que gastas ahora repercute en la comida del invierno. Y de eso se aprovechan en los almacenes y te suben los precios».

La sequía, que ha transformado el paisaje, le pasa factura al turismo y a la ganadería

Se ve por todas partes. Las vacas o los caballos rebuscan algo que llevarse a la boca en un secarral. La tierra no tiene nada que ofercerles. Ven un coche y se acercan pensando que es el tractor. Al hacerlo, en grupo, levantan nubes de polvo. «Guapo está esto. Lleva sin llover desde junio y 'no coge' nada. Ha sido un año pobre en hierba y hay que comprar. Yo tan seco como esto no lo había visto nunca», explica Rafael Gómez mientras les echa comida a sus animales. «Está todo amarillo -añade José, detrás de la barra del 'Carmina'-. Nevó dos días, doce centímetros y al día siguiente, nada. Nevar y quitarse. Todo esto debería ser verde, pero ahora parece arena».

Es justo eso. La tierra agoniza. Casi pegado al bar de Monegro está el cruce para subir a la ermita de la Virgen de las Nieves. El camino hasta allí arriba parece sacado de una película del Oeste de las que grababan en Almería. Polvo, huellas en el suelo, matojos resecos... Es eso y también «moscas, ratas, avispas...». La vista desde arriba es tan espectacular como ilustrativa. El pantano se está quedando en nada. Hasta la atmósfera parece resecarse. «La gente con problemas lo nota. Toses, te pica la garganta... El día que caen cuatro gotas limpia el ambiente, respiras de otra manera». Son las tres de la tarde y en la ermita, allí arriba, a finales de octubre, no hay quien pare si no está en manga corta.

El técnico y los paisajes

«Es el tema del año entre los vecinos y los turistas». Miguel Ángel Toca habla del asunto con pasión y con conocimiento en los soportales del Ayuntamiento de Campoo de Yuso, que está en La Costana. Es técnico medioambiental y es, además, un enamorado de esta zona. «Son cuestiones cíclicas, dientes de sierra. Este es un embalse hiperanual y se recarga con las nevadas. Como no hay nevadas, hay preocupación», dice mientras se sube al coche para guiar a los periodistas.

«Aquí es donde apareció la mandíbula que sacasteis el otro día en el periódico», «aquello es la draga de Arija», «aquel pico es...». Toca es un libro abierto sobre cada rincón que hay más allá de la ventanilla. Él también es consciente de los problemas para los ganaderos. Y también de los que puede haber con la demanda para el riego o de que el embalse abastece cuando hace falta a la población de Santander y Torrelavega (en Santander pidieron usarlo la semana pasada y la autorización tardó en llegar mucho más de lo habitual)... «Pero el agua es también un recurso turístico de navegación y de baño», añade en la lista echando la mirada hacia el horizonte árido que se ve desde el pantalán de La Población. La estampa es surrealista. Un pantalán móvil que en vez de flotar cae casi en vertical sobre un terreno desértico. Está junto al Centro Ornitológico del Embalse del Ebro y desde allí deberían embarcarse los participantes en las excursiones de Naturea. Obviamente, todo eso ha quedado en suspenso.

Javier Cotera

«Debería estar en horizontal y no así. De hecho, ni siquiera hemos podido inaugurar el pantalán porque sin agua, no ha habido tiempo». Travesías a nado, triatlones, paseos en piragua... Todo eso se ha visto trastocado de una u otra forma. A Alfredo Martínez, del Albergue Corconte, el asunto le toca directamente en el bolsillo. Calcula que habrá dejado de ingresar «entre 10.000 y 12.000 euros». «Para los chavales que vienen al albergue es una de las actividades estrella y hemos tenido que buscar alternativas. El problema es para el que venía directamente a hacer esquí acuático, SUP, piraguas... Lo hemos luchado intentando buscar otras zonas, pero lo dejamos por imposible porque era un lodazal y hemos recogido ya todo el material». Cuenta que, con los críos, de excursión, marcaban piedras junto a la orilla que, al día siguiente, ya estaban «a metro o metro y medio del agua». «Es que te ibas cuatro días a alguna historia y al volver te asomabas a la ventana y decías: ¿pero dónde se ha ido el agua?».

Los puentes

Eso se pregunta Toca desde el pantalán junto a las marcas en forma de talud que dejaron en su día los límites del pantano. Un terraplén seco y una llanura por delante. Le queda justo de frente el Puente Viejo de La Población. Otra estampa paradójica. Aprovechan estos días para hacer obras y colocarle andamios. Los operarios caminan por debajo como Moisés separando las aguas del Mar Rojo, aunque aquí no necesitan milagros. No hay cauce. Ni charcos. Tierra firme.

No muy lejos de allí queda otro puente 'resurgido'. No sólo porque en el Parlamento de Cantabria se haya planteado su reconstrucción. Es, más que nada, porque la historia del puente de Noguerol vuelve a estar tan a la vista como los cimientos y los pilares que hicieron saltar por los aires a golpe de barreno. La estructura que construyeron para unir La Población y Arija «no debió estar en servicio más de una semana». Una chapuza de posguerra que dolió mucho. Con una parte caída decidieron, finalmente, echar todo abajo para evitar males mayores. El agua tapó los restos y el recuerdo de un fantasma que ha vuelto a la vida. Allí solían colocar boyas para advertir a los que tripulaban embarcaciones de las piedras que tenían por debajo. Ahora no hace falta. Son gigantes de hormigón en fila india. La vista llama la atención, con unos caballos muertos de hambre metiendo el hocico entre los pedruscos.

Pero hay una postal más cruda. Un puñetazo para la vista en la otra orilla. «Ver esto así, en estas condiciones, es penoso». A Rafael González, de Requejo, se le nota la tristeza cuando señala las rocas donde se ha sentado a pescar muchas veces. Con el puente de Horna, en Campoo de Enmedio, al fondo. Ha bajado a dar un paseo con su mujer, que le espera en la carretera, un poco más arriba. Pisa y se escucha crujir el piso bajo sus pies. Ahí debería estar el agua. Es un suelo agrietado, roto, a doscientos metros escasos de las casas del pueblo. «Estamos a finales de octubre y no deberíamos poder estar aquí en manga corta». Hay restos de una silla y de una botella de agua -maldita simbología- sobre los cuarterones áridos. Aquí, en Horna, grabaron hace poco las escenas de una película y ahora los que pasan se paran a hacer fotos. Hasta para la sequía puede haber turismo. «Sí que da pena verlo. Ver eso, que es menos que un río, donde debería estar lleno. Esto es lo que nos queda del pantano».

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