La semana más negra de Puente San Miguel

La semana más negra de Puente San Miguel

La muerte de la golfista cántabra Celia Barquín parte en dos la rutina del pueblo, unido en la pérdida y en el recuerdo a la ciudad de Ames, en Iowa, donde la joven fue asesinada

Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

Cuando las persianas de los hogares de Puente San Miguel se levantaron el martes empezó a tenderse una autopista invisible de 6.930 kilómetros. Eso es lo que les separa -Google lo calcula en dos segundos- de Ames, en el condado de Story (Iowa), una de esas ciudades que cuando aquí vemos en las películas colocamos mentalmente en la América profunda (el mapa lo confirma). El marshal, el equipo de fútbol americano, las rancheras aparcadas a los lados de la calle principal... El asesinato de la cántabra Celia Barquín Arozamena cuando jugaba al golf en el campo de Coldwater -allí, en Ames- hizo trizas la distancia entre esos dos puntos del mapa.

Barquín, campeona de Europa Amateur, recibió hace poco más de un mes un homenaje en el Ayuntamiento de Reocín, muy cerca de la histórica Casa de Juntas que tanto valor tiene para los cántabros. Su casa. En Ames, donde la mitad de sus 60.000 habitantes son estudiantes, la joven promesa (22 años) fue nombrada Deportista del Año en la Universidad Estatal de Iowa. Su otra casa desde que fue a estudiar y jugar allí hace cuatro años. Vecina de los dos municipios, orgullo de ambos. «El pueblo está caído», decían ya muriendo la semana en la barra de un bar de Puente San Miguel, frente al Ayuntamiento, donde estos días hay un lazo negro y una foto de Celia. Justo como en la vigilia que sus compañeros de aulas y de entrenamientos celebraron por ella bajo el campanario del campus. Otra foto y lazos -en este caso- amarillos. Su color favorito.

Con el cambio horario, fue un amanecer terrible el del martes. Aquí se supo a primera hora que el cuerpo sin vida de la deportista había aparecido junto a una laguna del campo de golf. A partir de ahí, todo fue muy rápido. No se tardó en saber que presentaba heridas de arma blanca en el torso, el cuello y la cabeza. Y tampoco que habían detenido a un tal Collin Daniel Richards, un joven de la edad de Celia que sólo tenía eso en común con ella, la edad. De las buenas notas y los éxitos deportivos de la cántabra a un reguero de antecedentes en la hoja de ruta de un chaval que salió rebotado de todas partes. El presunto agresor apareció con el rostro magullado y heridas en las manos, lo que invita a los investigadores a pensar que Celia se defendió todo lo que pudo. La policía explicó que el detenido vivía en una tienda de campaña, que encontraron una mochila con ropa ensangretada y también que ya tenían un cuchillo en su poder. Eso y que otro hombre les dijo una frase que, supuestamente, habría pronunciado Richards. Que sentía deseos de «violar y matar a una mujer».

Asimilar todo eso no ha sido fácil en el pueblo. «Son esos pisos», señalaban el jueves a un conductor en plena búsqueda y con el motor en marcha tres personas frente al supermercado. «Mi hijo fue su entrenador durante años». Trataba de llegar a la casa de los padres para darles el pésame. Y así, toda la semana. Entre cámaras de televisión y periodistas, condolencias, mensajes de apoyo de deportistas de éxito... Entre preguntas.

«Sí que ha sido una semana complicada. Ha sido duro. Todo lo bueno que se diga de esa chavaluca es poco y sí, es un palo. Una chapuza para todos», comentaba Fernando López, que comparte descansillo con los Barquín en el bloque de la urbanización en la que vive la familia. «Aquí ha habido mucho lío, pero eso es lo de menos, lo que importa son ellos», comentaba junto a un portal en el que los propios vecinos han dejado una nota pegada al cristal. «Puedes llorar porque se ha ido o puedes sonreír porque ha vivido», empieza el texto.

«El comentario es a diario, a cualquier hora. Todo el mundo habla de ello. Ves estas cosas en el telediario y parece que siempre pasan lejos. Y al verlo cerca, conozcas o no a Celia, se te mueven cosas». Lo explica María Gutiérrez mientras atiende a los clientes de 'La taberna de Puente'. Y al pueblo 'se le han movido esas cosas'. Claro que se nota. «¿Tú crees que habrá gente?», se preguntaba Gutiérrez con su jefa respecto a las fiestas de San Miguel, que empezaron este mismo viernes. «Es que no tenemos ese cuerpo que tienes para las fiestas».

Los actos del programa empezaron justo al acabar los tres días de luto oficial. Para el alcalde, Pablo Diestro, tampoco han sido días fáciles. En lo personal, él conocía a Celia porque le dio clases particulares de matemáticas. Y en lo profesional... «En el momento en que nos enteramos de la noticia no sabíamos ni qué hacer. En el Ayuntamiento nunca nos hemos visto en una como ésta...». Colocaron las banderas a media asta, convocaron un minuto de silencio de urgencia a las pocas horas y decretaron los tres días de luto en un pleno a la carrera. «Y decidimos que lo mejor era seguir con las fiestas que empezaban el viernes. Aunque sé que van a ser unas fiestas raras, pensamos que lo mejor era continuar con su figura muy presente físicamente -con un lazo negro y una foto en la fachada del consistorio- y en nuestros corazones». Eso y, «cuando ella ya descanse en paz y todo esté un poco 'más asentado'», plantear a la familia si les gustaría que el pabellón polideportivo pase a llamarse Celia Barquín Arozamena. Más adelante, sin prisa. Porque, advierte, «aún quedan días duros».

Diestro, en la calle, palpa dos cosas. Por un lado, un desánimo que se puede tocar con las manos, «másde resignación, de tristeza, que de rabia». Y por otro, la opinión generalizada de que en los Estados Unidos «se va a hacer justicia», algo que -es lo que dicen muchos- no tienen tan claro que sucediera igualmente en España.

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Ese espíritu caído era evidente el jueves paseando hasta la Casa de Juntas, cerca de la plaza del doctor José R. de Salazar, por donde ahora están las barracas de las ferias. De allí al lado, de la Casa de Cultura, salía un grupo de mujeres que participa en un taller de memoria y risoterapia. «Todo el mundo está conmocionado. Es el tema por todas partes. Los que la conocían y los que no. En este pueblo los vecinos estamos muy integrados y se habla en cada casa y cuando nos juntamos».

Al poco, y ya cuando el periodista va a marcharse, una de esas mujeres le para por la calle. «Disculpa -dice-, quería pedirte algo. Si puedes poner al final del texto que sus compañeras de los talleres le mandan un abrazo a la madre de Celia».

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