Ráfagas de versos para redefinir el futuro

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Las batallas de gallos se han convertido en todo un fenómeno de masas entre los jóvenes. / DM

  • El festival de rap Alternative Battle, una de las grandes novedades de esta edición, será el colofón final del intenso programa

El rap es mucho más que música, mucho más que versos y rimas amontonados. El rap es todo lo que hizo que el rap surgiera y todo lo que ha hecho que no se aplaquen esas ansias de detonar narraciones cismáticas, de retratar ese caos que, más allá de leyes y filosofías, es la propia vida. Con humor, con rabia, con ironía, con desparpajo, con conciencia lúcida, con lucidez crónica. Éste verso de Xhelazz, por ejemplo: «Dejé de contar ovejas para dormir y cuento los defectos que me quiero corregir».

Los del rap son ojos que miran al mundo dispuestos a descubrirlo en su esencia, incapaces de someterse al manido y alicaído discurso social del control, la estricta moral y el orden. Si uno viene a este mundo con defectos -lo normal, por otra parte- tiene dos opciones: ignorarlos y cronificarlos o, por contra, tener las agallas de enfrentarlos, conocerlos y... cambiarlos. ¿Ustedes qué eligen? ¿Perpetuar o mejorar?

Ellos, los raperos, apuestan por el cambio, son acción y reacción que empuja discursos densos y mensajes disparados con la eficacia milimétrica de un francotirador sobre el escenario. Basta ya de hipocresía -parecen decir-, lo que vemos en la tele no es nuestro mundo de cada día. Pero ya lo dicen ellos bien claro sin ayuda de nadie. Como Teko: «Perdón si me llaman mal educado por hablar con la boca llena, hay gente que no le da vergüenza hablar con la cabeza hueca». Las suyas pueden ser cabezas llenas de pájaros, pero son animales libres. Sus límites son el vocabulario, la creatividad y el respeto por todo aquello que merece su respeto. Porque no todo vale, ni mucho menos. «Dicen que se han perdido los valores, yo digo que están ahí pero se esconden, para que los ricos no los compren», apunta irónico Chojín. Los valores de una generación perdida en ese difuso mapa que llamamos futuro, aunque vaya a la deriva.

El rap es la historia de un fracaso reconvertido en éxito, el cuento que narra cómo una minoría segregada y encerrada en su propia miseria fue capaz de conquistar a toda una generación para acabar instaurando su visión del mundo. ¿Qué trayecto histórico ejerce de cordón umbilical entre el barrio del Bronx de Nueva York en los años 60 del siglo pasado y el Palacio de Exposiciones de Santander en 2017?

Retratar la anatomía de esta genealogía requeriría de un auténtico tratado de antropología. Porque hace cincuenta años podían escucharse muchos tipos de música en Cantabria, donde no faltaban locales de referencia como el Drink de Santander, donde las vanguardias musicales eran el whisky nuestro de cada noche. Pero no rap, o hip hop. Este estilo musical no tardaría mucho más en dejarse oír en la vieja España: no lo haría hasta los primeros años de la década de los 80, época de la movida madrileña y no tan madrileña y periodo de reconversión de la identidad cultural de las nuevas generaciones de la sociedad española. Aunque por aquel entonces internet y las nuevas tecnologías todavía estaba en una fase de crisálida, el desembarco del rap en nuestro país tuvo mucho que ver con la aparición de un mundo mucho más global e interconectado.

En concreto, con el establecimiento de una nueva realidad geopolítica mundial que aspiraba a dejar atrás las ingentes tensiones de la Guerra Fría, la que acabó sembrando bases militares estadounidenses por numerosos puntos del globo. Cuatro de ellas cayeron en una España que respiraba bajo la dictadura de Franco, fruto de los llamados 'Pactos de Madrid' del año 1953. Y si las armas las carga el diablo, también debió cargar las mochilas de los marines que ocuparon estas bases con una buena dosis de las melodías más incendiarias que se recordaban hasta la fecha. Porque puestos a denunciar la ingente cantidad de 'agujeros negros' asumidos como intrínsecos por la propia sociedad que los padece, la cultura del rap y del hip hop no tiene nada que envidiar ni por densidad ni por intensidad al género musical gamberro por excelencia: el punk.

Cultura del rap

Con el rap no sólo desembarcó la música, porque aquello hubiera sido una asunción a media, un querer y no atreverse, un ponerse el bañador y no probar el agua. O algo así. Porque el hip hop, como cultural, incluye diferentes ramas y formas de expresión artística, una versatilidad que ayuda a entender el éxito que tuvo y tiene en una sociedad tan alejada culturalmente de aquella que le dio origen. Los jóvenes que descubrieron las primeras bases rítmicas y que escucharon embelesados esos primeros versos transgresores no sólo se sintieron atraídos por el oído. Dentro del rap surgieron diferentes figuras especializadas en aspectos concretos. Por ejemplo, el MC, que es el cantante o rapero que interviene sobre las bases musicales. Muy ligados a ellos se encontraban los DJ, los llamados 'pinchadiscos', encargados de hacer sonar las bases sobre las que interpretaban los MC. Pero también estaban los 'breakers', que son los genios del movimiento. A medio camino entre trapecistas y atletas, son una de las corrientes más conocidas del género merced a sus acrobacias,tan arriesgadas como llamativas. Por último, la cuarta figura asociada a esta cultura es la de los grafiteros, que comenzaron escribiendo más que pintando, pero que con el paso de los años fueron abriendo su abanico de recursos expresivos.

Aunque éstas son las figuras paradigmáticas de esta cultura urbana, lo cierto es que cualquiera que conozca mínimamente este mundo podrá decir que algo ha cambiado, y mucho, sobre el esquema tradicional del hip hop. Porque ahora no sólo se ha expandido hasta niveles difícilmente calculables, sino que también ha mutado. Frente a las modalidades clásicas de rap, ahora las que imperan son las conocidas como 'batallas de gallos', en las que el 'freestyle', una modalidad de rap en la que los MC improvisan sobre las bases musicales, se han convertido en uno de los fenómenos de masas en materia cultural más importantes del siglo XXI.

Gallos...sin Eurovisión

Cantabria no es inmune a este tsunami cultural. Nada más lejos. De hecho, cuenta con una de las comunidades de raperos y 'freestylers' más destacadas y activas del norte de España, hasta el punto de estar convirtiéndose en el eje de toda la actividad relacionada con el hip hop y las 'batallas de gallos' en las comunidades del norte de España. Una realidad que no puede explicarse sin la cantera de raperos 'clásicos' que ya existía en Cantabria, con destacados exponentes como UVE y el grupo Chinatown, o Mítiko, o Ludoviko, La Jota, Cool-Z... Esta generación, pionera del rap en Cantabria, comenzó a acoger encuentros en la década de los 90 del siglo pasado. El suyo era un rap de estudio, hoy considerado más clásico. Pero, como ocurre en todo y siempre, llegaron nuevos vientos, nuevas formas de expresión y toda una nueva concepción de esta cultura urbana. Una nueva etapa en la que el principal protagonismo dentro de este mundo se lo han ganado el freestyle y las conocidas como 'peleas de gallos'.

Justo ahí es donde entra en juego la nueva edición de 'Cantabria Alternativa', el Salón de cómic, cine y televisión, videojuegos y literatura organizado por este periódico este fin de semana. Porque esta edición se despedirá a lo grande, con una auténtica competición de 'freestyle' organizada por la asociación North Music y dirigida por el rapero cántabro Exfimo. El evento comenzará a las 18.30 del domingo en el salón de actos del Palacio de Exposiciones de Santander. Allí, los afortunados asistentes podrán disfrutar de la competición, organizada como una serie de eliminatorias por pareja entre 16 raperos que subirán al escenario dispuestos a demostrar que su creatividad, su 'flow' y su agilidad verbal no tienen rivales. Los encargados de valorar a los distintos participantes, por su parte, será un jurado compuesto por tres especialistas, que valorarán las actuaciones de los MC que cojan el micro en el festival de rap Alternativo Battle.

Los interesados en asistir a este espectáculo musical deben darse prisa en conseguir sus entradas porque el aforo del festival es de 250 personas, y aquellos asistentes que dispongan de la entrada del día (5 euros) tendrán prioridad a la hora de acceder. Así que ya saben. Si nos lee alguno de esos afortunados, ya saben: acuérdese del Bronx, del punk y de los que apuestan por un mundo, si no mejor, al menos más sincero. Porque, como dice Flowklorikos... «Vivo en un mundo en que la libertad tiene precio, procura que tus palabras sean mejores que el silencio».

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