Sin hogar en cuestión de minutos

Manolo Piró, Javier Ruiz y Mari Luz Martínez, frente al edificio de la calle El Sol./ROBERTO RUIZ
Manolo Piró, Javier Ruiz y Mari Luz Martínez, frente al edificio de la calle El Sol. / ROBERTO RUIZ

Santanderinos afectados por sucesos como el del edificio del Sol recuerdan su experiencia. Sufrieron en sus carnes los derrumbes de las calles San Celedonio y Prado de San Roque y el incendio de Tetuán

DANIEL MARTÍNEZ

Javier Ruiz posa el vino, se apoya en la barra, fuerza la memoria y empieza el repaso desde abajo: «Había un señor en uno de los sótanos, un chico de etnia gitana en el otro, José vivía en el primero, el de enfrente estaba vacío, nosotros estábamos en el segundo, la hija de Fermín en el tercero derecha, el de la izquierda era de un ginecólogo que estaba fuera y Pedro, que era jardinero, en el cuarto». Todos ellos se vieron afectados por el derrumbe parcial del número 12 de la calle San Celedonio. Durante cinco semanas, tuvieron que abandonar un edificio que en un segundo perdió una de sus fachadas. «Pero por lo menos pudimos volver y no se cayó entero...», apunta. Una suerte que no tuvieron los propietarios del número 8 de Prado de San Roque, los del 5 de la calle Ruamenor, los de los portales afectados por el fuego de Tetuán o los vecinos del número 14 de la Cuesta del Hospital. Allí, además de perderse en un momento hogares y años de recuerdos, se quedaron las vidas de Teodoro, Gumersinda y Jesús por la desgracia y la negligencia -así lo acreditó la Justicia- en las obras del inmueble contiguo.

«Habían tirado el edificio de al lado que hacía de apoyo y toda la fachada se vino abajo. Desde la calle se veía el comedor» Javier Ruiz. San Celedonio, 12

«Cuando me enteré de lo que había ocurrido en la calle del Sol claro que me puse en su lugar. Lo que piensas es en la gente. Lo he sentido como si fuera mi casa», señala Mari Luz Martínez. Ella perdió hace nueve años y ocho meses -se acuerda de aquella jornada a diario- la vivienda en la que nació y en la que había vivido 57 años hasta que la destrucción tocó a su puerta y a la de otra veintena de familias de Tetuán. Frente al inmueble siniestrado hace diez días, comparte sus experiencias y sus negros recuerdos con afectados de otras catástrofes similares que ha vivido la capital en las últimas dos décadas. Todas les dejaron en la calle sin previo aviso. En la calle, con las pocas posesiones que pudieron atropar mientras los bomberos les evacuaban y sin saber si podrían regresar o no a sus casas.

18 de septiembre de 2002
Una de las fachadas del número 12 de la calle San Celedonio se vino abajo y dejó al descubierto todo el edificio después de que el portal anexo, que hacía de apoyo, fuera tirado. Los daños pudieron ser reparados y los vecinos regresaron a casa después de varias semanas.
8 de octubre de 2008
El incendio que afectó a tres portales en la calle Tetuán se originó a raíz de una explosión de gas. Tras la intervención de los bomberos, quedó un fuego latente que después provocó las llamas. La Justicia consideró que el Ayuntamiento había actuado de forma negligente.
25 de mayo de 2009
Los números 6 y 8 de la calle Prado de San Roque se derrumbaron dos meses después de que los vecinos fueran desalojados y de que los edificios quedaran declarados en ruina. Sus moradores se quedaron sin hogar, tuvieron que buscar otra vivienda y ahora tienen un solar vacío.

El 18 de septiembre de 2002, Javi estaba en el bar de Ramón. Hace 15 años, los mismos que tiene su nieto, al que entonces le faltaba un mes para nacer. Oyó un estruendo en la calle, salió corriendo y se topó con una polvareda blanca inmensa delante de su vivienda. La estampa era idéntica a la del 19 de julio en la calle del Sol. «Habían tirado el edificio de al lado, cortaron las vigas de roble que hacían de contrafuerte, porque eran paredes medianeras que daban servicio a los dos portales, y toda la fachada se vino abajo», relata. Donde antes había un tabique nació un ventanal que dejó a la vista de todos el interior de las viviendas. Y todo sin una grieta que avisara de lo que se les venía encima. Su mujer, que estaba en el comedor, de los nervios, en vez de correr hacia la calle subió hasta la buhardilla.

«No sabes lo que se siente hasta que te pasa. Lo peor de todo fue que nos trataran como a una colilla» Mari Luz Martínez. Incendio de Tetuán

Después de un mes en los apartamentos Aránzazu a costa del Ayuntamiento, cuando se comprobó que no había peligro de colapso y que se podía comenzar la rehabilitación, los propios vecinos fueron los que tuvieron que construir el nuevo tabique. «De nuestro bolsillo hasta que denunciamos a la dueña del portal de al lado y la Justicia nos dio la razón», detalla. De aquel tiempo, se queda con el respaldo que encontró en vecinos: «Cuando iban mis hijos al bar de Siso -a pocos metros de su portal- nunca les cobraba. Y también mi jefe se portó muy bien. Estuve 15 días sin trabajar para cuidar delante de casa que nadie entrara a robar y después pagó todo el material de la obra».

Mari Luz, su familia y muchos de los afectados del incendio de Tetuán se alojaron en el Hostal Picos de Europa. Cuando escucha el testimonio de Javi, siente envidia: «Nosotros no tuvimos ese apoyo de la gente del barrio. Pero sobre todo no lo notamos del Ayuntamiento, que fue el responsable de aquello». No lo dice ella, sino una sentencia judicial que apunta que tras la explosión de gas inicial los bomberos tenían que haberse mantenido en el lugar por si había un fuego latente que finalmente se produjo. «Nos dijeron que íbamos a salir para una noche y ya no volvimos más. Ese fuego latente fue el que provocó el incendio y acabó con una vivienda por la que habían luchado mi abuela y mis padres para que yo tuviera una vida tranquila», lamenta mientras contiene la lágrima.

«Antes del derrumbe intentamos arreglarlo, pero algunos dueños no querían y al final fue declarado en ruina» Fernando Jiménez. Prado de San Roque, 8

Pelea legal

«Sólo sabes lo que se siente cuando lo vives. Y lo peor de todo fue que nos trataron como una colilla». En la «lista de desprecios» que echa en cara al Consistorio, Mari Luz señala las prisas de los Servicios Sociales para echarles de las viviendas provisionales, que sólo recibieron una ayuda económica de 150 euros, que el Ayuntamiento no organizó ninguna reunión y todos los encuentros fueran a instancias de los afectados, que el alcalde y el concejal de Urbanismo dejaron de ir a las reuniones «porque decían que siempre hablábamos de lo mismo y ya estaban aburridos»... Por eso, «en vista de lo que ha pasado», a los vecinos de la calle del Sol les recomienda que luchen hasta el final.

En Tetuán, cuando el Consistorio fue condenado por su responsabilidad, recibieron 3 millones de los 9 en que tenían valorados los daños. Ahora, vive de alquiler y no tiene su casa de toda la vida, pero sí la satisfacción de que «al final no se rieron de mí» y que gracias a su pelea el Ayuntamiento tiene ahora un protocolo de actuación que «parece que ha funcionado bien con los afectados de El Sol».

En cambio, Fernando Jiménez, expropietario de una vivienda en el número 8 de Prado de San Roque, no recibió «ni un céntimo». Antes de ver cómo se venía abajo la casa donde había nacido -como Mari Luz en la suya-, el edificio fue declarado en ruina. No fue una sorpresa. No hubo negligencias ni se tocaron muros de carga que hicieran temblar las paredes, pero el resultado fue el mismo: a la calle. «Los cuatro vecinos que todavía vivíamos allí intentamos hacer una reforma porque el inmueble ya estaba muy deteriorado, pero había algunos propietarios que se negaban. Un arquitecto municipal nos dijo que nos iban a ayudar, pero dejaron pasar el tiempo y al final lo único que hicieron fue declarar la ruina», recuerda.

En su caso, tuvieron dos meses para mentalizarse y buscar un sitio en el que dormir con algo más de margen, pero la sensación en el momento del derrumbe fue la misma. Él no quiso marcharse del barrio: «Estamos con una hipoteca y un solar vacío. Además, tenemos que pagar cada seis meses 160 euros cada propietario al Ayuntamiento para que limpie las malezas. Lo pasan por el banco y ni avisan». Por problemas de salud, no ha tenido ocasión de pasar por delante del edificio de El Sol, pero como Mari Luz y Javi, se imagina por lo que estarán pasando los afectados. «Perfectamente. A mí también me pasó».

«Me tocó Tetuán y ahora El Sol. Parece que me persigue la ruina»

La familia de Manolo Piró perdió su casa hace nueve años en el incendio y ahora vuelve a estar, de forma temporal, desalojada. «Una vez, otra... Espero que no falte una tercera»

Lo de Manolo Piró ya es mucho más que una mera cuestión de mala suerte: «Me tocó el incendio de Tetuán hace nueve años y ahora me toca lo de la calle El Sol. Parece que me persigue la ruina y la desgracia». Lo dice con resignación, pero también con cierta deportividad. Sobre todo, porque parece, a tenor de la valoración que han realizado los técnicos en su vivienda, que allí no se han producido grandes daños. La suya no está entre las cinco familias que el pasado 19 de julio perdieron el hogar en el que vivían en el portal número 57.

Cuando se disponía a salir de casa para pasear con el perro le avisaron de que había riesgo de derrumbe. Y el riesgo se convirtió en realidad. «Yo todavía no he entrado. Ayer entraron a recoger algunas cosas y me han dicho que en principio mi piso, que está en el primero, no se ha visto afectado. Al parecer no hay ni grietas. Ya veremos», señala con cierto alivio. Después de la experiencia vivida en el incendio de Tetuán, cuando los bomberos y el 112 llamaron a su puerta para que abandonara lo antes posible el inmueble se temió lo peor. Porque la sucesión de acontecimientos fue casi idéntica. «Todos fuera y ya no volvimos a entrar nunca», recuerda.

Después de perder el piso que tenían en propiedad, Manolo estuvo cinco años residiendo en la calle Peña Herbosa. Cuando la arrendataria necesitó el apartamento, se trasladó al Sol con su mujer, su hijo y la familia de su hija –el marido de esta y el hijo de ambos–. Y ahora, temporalmente –espera– vive en la acera contraria. Desde el piso que han arrendado por mediación de unos amigos hasta que los técnicos les digan que pueden volver a casa puede ver los andamios del inmueble siniestrado.

«Yo veía que allí entraban máquinas muy grandes, que excavaban y que había unos ruidos enormes para una simple reforma. Parece que tanto en un caso como en el otro ha habido negligencias», afirma Manolo, pero también destaca que la respuesta de las instituciones públicas ha sido muy distinta en esta ocasión.

Frente al abandono que sintieron cuando ocurrió el incendio, confirma que esta vez los protocolos han funcionado bien. Por lo menos hasta ahora. Como no es propietario, no está participando en las reuniones que se están produciendo entre los afectados y el Ayuntamiento, pero señala que todos están remando en la misma dirección para que se esclarezcan las causas del derrumbe. Por ejemplo «esas cosas raras que ocurrieron con las licencias y las denuncias». «Normalmente tardan semanas en darte un permiso y aquí parece que se dieron de un día para otro...», apunta.

Lo dice mientras conversa con Mari Luz Martínez, la que fuera su vecina en Tetuán, a la que no veía desde hace años. Ella no se cansa de insistirle en que no dejen de pelear para conocer quiénes han sido los culpables del derrumbe. «Ya tenemos un abogado y parece que está muy comprometido», responde.

Cuando los técnicos confirmen que no hay peligro en la estructura del edificio y los operarios terminen de apuntalar el inmueble y se arreglen todos los desperfectos, la familia Piró volverá al 57 de la calle del Sol. Ese es el deseo. «Nos ha pasado una vez, otra... Espero que no falte una tercera...».

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